Paz en la guerra

Ciertos perspicaces comentarios suscitados por mi anterior columna sobre la falsa “tregua” que hace ahora cien años detuvo temporalmente las hostilidades de la 1ª Guerra Mundial (“Aquella Navidad de 1914”, 11-12-2014) me mueven a explorar otros aspectos de este asunto. Uno de ellos es el de las razones por las que se conmemora estos días el citado acontecimiento, mientras que desde siempre y sistemáticamente se han venido ignorando sucesos de parecida naturaleza ocurridos durante la misma guerra.

Aquella irrupción de la paz en la guerra (aparte de evocar la novela homónima de mi paisano Unamuno, publicada 17 años antes) es el origen de diversas celebraciones en los países más directamente afectados por el hecho rememorado: Bélgica, Francia, Reino Unido y Alemania.

Se han inaugurado museos y exhibiciones, y hasta se ha organizado en Bélgica un torneo de fútbol entre equipos de los países citados, en recuerdo de un breve simulacro de partido que aquel día jugaron soldados británicos y alemanes en la castigada tierra de nadie.

En las escuelas del Reino Unido se ha repartido un “paquete educativo” con fotos, narraciones, preguntas de test, cuadernos de estudio y hasta frases a practicar en varios idiomas: “¿Cómo es tu trinchera? ¿Nos encontramos a mitad de camino? ¿Puedo hacerte una foto?”. También se ha emitido un sello conmemorativo.

Todo esto, al fin y al cabo, no hace sino seguir el camino ya trazado por anteriores libros, poesías, canciones, películas y hasta una ópera estrenada en EE.UU. en 2012, que ganó el premio Pulitzer a la composición musical, en los que a su modo se narra lo ocurrido en aquella Navidad de 1914 en las trincheras europeas.

Durante los cuatro años venideros abundarán las conmemoraciones de otros hechos acaecidos durante la guerra. Pero no es probable que se resalten, pública y oficialmente como ahora sucede con la “tregua”, algunos acontecimientos que también supusieron la irrupción del ansia de paz en una atmósfera saturada de guerra, donde el belicismo era adorado y exaltado.

En los primeros meses de 1917, en el frente oriental soldados rusos y alemanes hincaron en tierra sus bayonetas y se reunieron pacíficamente entre las líneas de trincheras, abandonando la lucha. El general ruso Brusilov declaró: “No hay medio alguno que obligue a la tropa a combatir”. El agregado militar inglés en Moscú informó de que un millón de combatientes rusos habían desertado, simplemente regresando a sus hogares. El deseo de paz había irrumpido con fuerza en el frente del Este y reprodujo, a una escala mucho mayor, la tregua navideña de 1914.

En las últimas semanas de la guerra se inició la descomposición del ejército alemán. No desertaron las vanguardias, pero en la retaguardia los soldados abandonaron el servicio o se negaron a incorporarse. Al comenzar otoño de 1918, se cree que estaban refugiados en Berlín unos 40.000 desertores.

Tampoco habrá conmemoraciones de los motines que aquejaron al ejército francés, tras varias cruentas e inútiles operaciones que lo diezmaron irracionalmente. En la primavera de 1917, tras un sangriento ataque fracasado, miles de soldados se negaron a combatir. Hubo un grupo de desertores que asaltó un tren y en él huyó a París. Ningún general francés se atrevió a ordenar nuevos ataques durante aquel año.

Es por todos sabido que lo que se suele conmemorar en plazas, avenidas, edificios públicos y monumentos es la guerra y sus protagonistas: desde el parisino Arco del Triunfo (con los nombres de las batallas ganadas por Napoleón y los más de 500 generales franceses) hasta las innumerables tumbas al “soldado desconocido”, cementerios militares o monumentos a “los caídos”, esparcidos por todo el mundo. Como curiosa y rara excepción, cabe recordar que existe un “monumento a la paz” erigido en El Salvador.

¿Cómo se explican, entonces, las actuales celebraciones en torno a aquella breve irrupción navideña de la paz en plena guerra mundial? Porque si solo de la paz se tratara no se podría ignorar al socialista francés Jean Jaurès, asesinado pocos días antes de estallar la guerra por oponerse a ella. Ni a la revolucionaria Rosa Luxemburgo, apresada por lo mismo en Alemania. O al filósofo británico Bertrand Russell, que pasó seis meses en una cárcel londinense por el mismo motivo. O al líder socialista de EE.UU. Eugene Debs, encarcelado por oponerse al reclutamiento y que en 1920, todavía en prisión, obtuvo casi un millón de votos como candidato a la Presidencia.

No es difícil entender la diferencia: la “tregua” de 1914 no puso en entredicho la perdurable hegemonía de la guerra; no rompió la disciplina militar (participaron jefes y oficiales, aunque no generales); tuvo poca duración y en unos días las ametralladoras, los lanzallamas y la artillería habían recuperado la supremacía. Y, sobre todo, nunca más se repitió. Puede ser recordada estos días porque no puso en peligro nada de lo que entonces era esencial y lo sigue siendo ahora. Además -aunque parezca secundario- los actos conmemorativos de estos días producirán algunos ingresos adicionales en los países que los organizan, ahora que las economías europeas andan de capa caída.