Un héroe y un patriota

El pasado 10 de octubre se estrenó en el Festival de Cine de Nueva York el documental Citizenfour, dirigido por Laura Poitras, productora y directora cinematográfica estadounidense, galardonada con el premio Pulitzer entre otras distinciones. El protagonista es Edward Snowden, el famoso whistleblower que denunció los abusos de espionaje de la National Security Agency (NSA).

Es sabido que en el mundo de habla inglesa los audaces individuos (periodistas, escritores, informáticos, funcionarios, soldados, etc.) que arriesgan su situación personal al desvelar bochornosos secretos de Estado son conocidos como whistleblowers, literalmente: “los que tocan el silbato”.

En EE.UU., donde nació el vocablo, un whistleblower se define como “un empleado o funcionario que denuncia a su jefe o superior porque cree razonablemente que éste ha cometido un acto ilegal”. No es fácil traducir esta palabra a nuestro idioma: soplones, delatores, chivatos, acusicas añaden un equívoco sentido despectivo. Denunciantes o informadores son términos más exactos, pero no reflejan el coraje y el riesgo implícitos en la acción. Quizá “tirar de la manta” sea la expresión más aproximada recogida por el diccionario de la RAE, en cuyo caso “tiramantas” podría ser el neologismo correspondiente. Dejemos que la Academia resuelva el asunto.

Spencer Ackerman, crítico cinematográfico de The Guardian, escribió el pasado 11 de octubre: “Citizenfour ha debido ser un documental de enloquecedor rodaje. Trata de la dominante vigilancia global, una acción digital omnipresente que se extiende sin visibilidad, por lo que sus escenas tienen lugar en tribunales, salas de audiencia y hoteles. Pero el virtuosismo de Laura Poitras, su directora y arquitecta, hace que esos 114 minutos chisporroteen con la energía nerviosa de una revelación”.

Cuando Poitras se reunió con Snowden (al que hasta entonces solo conocía por el nombre clave de Citizenfour) en un hotel de Hong Kong, éste le dijo: “Probablemente me involucrarán enseguida; pero que eso no le impida seguir adelante”. Al preguntarle si le compensaba el riesgo que corría, le dijo que él sabía cosas que deberían conocer los ciudadanos de EE.UU.

Puedo probar -afirmó- que el director de la NSA mintió al Congreso cuando, bajo juramento, al ser interrogado por un senador sobre si era verdad que la NSA recopilaba datos de millones o cientos de millones de ciudadanos, respondió: “No deliberadamente”. A la luz de lo que luego se ha sabido, la respuesta correcta hubiera sido: “Sí; y deliberadamente”.

Pero lo que más movió a Snowden a “tocar el silbato” fue la autorización dada a los funcionarios de la NSA para espiar mediante un plan preconcebido. Los que estábamos autorizados para ello, dice Snowden, “podíamos ver en nuestros ordenadores vídeos de drones de lo que hacían en privado las familias en Yemen, Afganistán o Pakistán”. Eso fue lo que me hizo saltar, añadió.

Citizenfour es la última película de una excelente trilogía de la misma directora sobre la guerra contra el terror. En My Country, My Country, un doctor iraquí, cuya familia y pacientes han sufrido los avatares de la guerra, decide presentarse a las elecciones de 2005 para ayudar a su país. Pero el partido suní con el que colaboraba se retiró y él sufrió el desengaño de ser rechazado por el pueblo al que quería servir.

En The Oath, un taxista yemení, cuñado del conductor de Osama Ben Laden, detenido cinco años en Guantánamo, es absuelto y devuelto a Yemen. Como en la película anterior, ésta deja abierto un enigmático final tras narrar las patéticas vivencias de los protagonistas.

Tampoco Citizenfour tiene un final claro. Snowden viajó de Hong Kong a Moscú, desde donde pensaba volar a un país latinoamericano, acogido como refugiado. Pero EE.UU. canceló su pasaporte y Snowden sigue en un limbo legal en Moscú. Desde allí declara con firmeza que sus revelaciones se debieron a que los políticos que debían controlar los abusos de la administración “habían abdicado de sus responsabilidades” para proteger a los ciudadanos frente a un extraordinario abuso de la confianza pública, con el pretexto de la seguridad nacional.

Snowden es tachado de fanático o exaltado por los que él ha desenmascarado, pero la templanza y la penetrante inteligencia que muestra en el documental no permiten sostener tan distorsionada imagen. Se revela como un “objetor a la guerra”: a la guerra que algunos sectores del Gobierno de EE.UU. han declarado al derecho a la privacidad personal, que la Constitución del país declara proteger. Esa libertad personal es la que muestra el documental en la habitación del hotel de Hong Kong, donde Snowden, seguro de sí mismo y de sus actos, muestra su sentido del humor y su ironía, despreocupado por lo que haya de venir después.

El triunfo de Snowden consiste en que él ya no es necesario: ha revelado la verdad, se ha sacrificado por sus conciudadanos y serán éstos los que deberán proseguir el camino iniciado. El documental es un testimonio del pasado para mejorar el futuro: Snowden es un héroe y un patriota en el sentido más genuino de ambas palabras.