Una guerra sin fin

En octubre pasado, un coronel retirado e historiador estadounidense escribía en The Washington Post que lo que se ha venido llamando 3ª guerra de Irak se ha transformado en el 14º teatro de operaciones del Medio Oriente Ampliado, tras la intervención de EE.UU. en Siria para “degradar y finalmente destruir” (en palabras de Obama) a los combatientes del llamado Estado Islámico.

Conviene recordar que el Medio Oriente Ampliado es un seudotérmino geográfico nacido en EE.UU. Desde la lejanía -geográfica ¿y cultural?- con la que Washington contempla a esos países, se considerara como un todo al vasto territorio que de oeste a este se extiende entre Marruecos y Pakistán y, de norte a sur, abarca desde Bosnia hasta Sudán.

Al igual que “Medio Oriente” y otras expresiones similares, es un nombre heredado del colonialismo. Desde una perspectiva puramente geográfica, la citada región está compuesta por el Magreb, el Máshrek (esto es, respectivamente, el poniente y el levante del mundo árabe), más la región del Golfo y parte del subcontinente indio.

El citado artículo recopila la lista, cronológicamente ordenada, de las intervenciones militares de EE.UU. en la zona desde 1980: Irán (1980, 1987-1988), Libia (1981, 1986, 1989, 2011), Líbano (1983), Kuwait (1991), Irak (1991-2011, 2014-), Somalia (1992-1993, 2007-), Bosnia (1995), Arabia Saudí (1991, 1996), Afganistán (1998, 2001-), Sudán (1998), Kosovo (1999), Yemen (2000, 2002-), Pakistán (2004-) y, por último, Siria (2014-) que ocupa el decimocuarto lugar.

Desde 1980 no ha habido ningún presidente de EE.UU. que no haya invadido, ocupado, bombardeado o combatido en algún país de esa región. Pero durante la última Asamblea General de la ONU, en septiembre pasado, Obama aludió a un “ciclo de conflictos en Oriente Medio” y a la violencia entre las comunidades musulmanas “que es la fuente de mucha desgracia humana”, atribuyéndola a las guerras y campañas de terror entre suníes y chiíes.

No recordó las intervenciones militares de EE.UU., que tanto han contribuido a esa “desgracia humana”; por el contrario, decidió seguir agravándola al anunciar las nuevas operaciones en Siria e Irak, que complican aún más el complejo entramado de rivalidades étnicas y religiosas que ensangrienta la zona.

Tampoco recordó que ese “ciclo de conflictos” tiene raíces en EE.UU., la potencia que ha inundado de armas a los países de la zona. Desde mediados del presente año, entre el Departamento de Estado y el Pentágono se ha promovido la venta a los Emiratos Árabes Unidos de lanzacohetes de artillería y vehículos acorazados; a Líbano, helicópteros de ataque; a Turquía, misiles antiaéreos; y a Israel, misiles aire-aire; más la ayuda concedida a los ejércitos de Egipto, Kuwait y Arabia Saudí. Todavía hace un par de meses, en EE.UU. se han firmado contratos para vender misiles Hellfire a Arabia Saudí, Catar, Irak y Jordania.

No son solo los soldados y las armas lo que contribuye a la “desgracia humana” denunciada por Obama; de poco servirían si no existiera una gran infraestructura que facilita la guerra. Lo explica David Vine, profesor de Antropología de la American University, en un libro de próxima publicación, subtitulado: “Cómo las bases militares de EE.UU. dañan a EE.UU. y al mundo” (Base Nation: How U.S. Military Bases Abroad Harm America and the World).

Desde 1980, el Medio Oriente Ampliado está cubierto por una densa red de bases militares estadounidenses, solo superada por la que se desplegó en Europa durante la Guerra Fría. Es un aspecto que se da por sobreentendido y apenas se cita en los medios de comunicación, pero que ha permitido a los ocupantes de la Casa Blanca, como escribe Vine, “desencadenar nuevas guerras que forzosamente, como todas las anteriores, están abocadas a abrir nuevos ciclos de reacción y provocar aún más guerras”.

Muestra también cómo la presencia de las bases “genera radicalismo y sentimientos antiamericanos”, excita la militancia terrorista y fomenta los ataques contra ciudadanos e intereses de EE.UU., como ya ocurrió en Líbano en 1983, cuando un atentado suicida asesinó a 240 marines. A menudo sirven de apoyo a regímenes totalitarios y represivos, de los que implícitamente EE.UU. se hace cómplice.

El citado artículo de The Washington Post se titulaba así: “Incluso si derrotamos al Estado Islámico, perderemos la guerra principal”. Según el autor, Andrew J. Bacevich, si Obama aprendió de su predecesor que invadir y ocupar países en esa región del mundo no soluciona nada, su sucesor deberá saber que atacar con drones o comandos especiales es igualmente inútil. La razón es que “la fuerza militar de EE.UU. nunca ha sido la respuesta adecuada frente las dolencias del mundo islámico”. Bacevich cree que cuando termine esta 14ª campaña, la 15ª estará a punto de empezar: quizá en otro país, como Jordania, o como reiteración de anteriores intervenciones, en Libia, Somalia o Yemen.

En España se dice que “la letra, con sangre entra”, como pintó Goya en uno de sus lienzos. Pero no debería ser necesario verter tanta sangre para que EE.UU. y sus más fieles aliados aprendan de los errores anteriores.