Los atinados presentimientos de Galdós

La lista de los problemas serios, acuciantes y de enrevesada sintomatología que hoy aquejan a España es evidente para todos los lectores. No voy a repetirla aquí, pues otras plumas los vienen comentando ampliamente en estas páginas digitales y son materia obligada en los medios de comunicación.

Es todavía más preocupante para los españoles la sensación de que los gobernantes carecen de ideas claras para abordarlos, y mucho menos para darles solución, puesto que algunos son irresolubles en las condiciones actuales de la política nacional.

Parecen sufrir una incapacidad para plantearlos de modo racional, aplicando la lógica aprendida en las clases de matemáticas elementales, que enseña que antes de resolver un problema es necesario plantearlo correctamente. La continua sucesión de medidas y contramedidas, políticas y judiciales (también económicas y de otra índole) que apresuradamente son puestas en vigor, a modo de parches parciales para resolver cuestiones concretas, multiplica la preocupación ciudadana.

Algunos síntomas son tan claros que facilitan el diagnóstico. Un alto cargo municipal de una de las principales ciudades españolas se permitió contestar de este modo a una pregunta que se le hizo en una rueda de prensa que él mismo había convocado: “¡Porque me da la gana! ¿Es suficiente respuesta? ¿O se la tengo que aclarar?”.

No fue inmediatamente cesado en sus funciones por el partido al que pertenece, a pesar de que no hay posible justificación a su desplante. En un par de frases exhibió que la esencia básica de la democracia no había calado en él ni en su partido. Está en el puesto que ocupa por haber sido elegido por los ciudadanos de cuyos impuestos percibe el sueldo. A ellos debe todas las explicaciones que se le soliciten y, por descontado, con ellos está obligado a mostrar atención y el mínimo de educación social exigido para la vida pública; todo lo contrario de su chulesca y extemporánea salida, propia de un insolente mandamás.

La carencia de una auténtica cultura democrática está en el origen de muchos de los problemas que nos aquejan, como es la pérdida de credibilidad que afecta a amplios sectores de la clase política. Pero esto es algo que nos viene de lejos. Cuando ejercía un amplio poder dentro de su partido, un conocido político proclamó: “El que se mueve no sale en la foto”, para mostrar que quien tuviera ideas propias en el seno de su partido, no coincidentes con la postura oficial, tenía pocas posibilidades de hacer carrera en él.

Lo más grave de este caso es que tal opinión procedía de quien, desde su destacada posición en la política española, había contribuido a aprobar una constitución que exige a los partidos políticos poseer “estructura interna y funcionamiento democráticos”. Curioso sentido de la democracia en alguien que, por otra parte, desde junio de 1977 ha venido ejerciendo ininterrumpidamente como diputado.

No hace falta buscar más ejemplos, aunque éstos son abundantes y están repartidos en el abanico político español, para sospechar que uno de los más graves defectos que aquejan a nuestro país es la asimilación imperfecta de la democracia. Esto no es de extrañar porque desde tiempo inmemorial las oligarquías han venido gobernando España bajo uno u otro disfraz.

En 1912, Benito Pérez Galdós escribía: “Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto”. Añadía: “No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica…”.

Deseando que el régimen político en el que vivía, “atacado de tuberculosis ética”, fuese sustituido por otro “que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental”, y mirando a un futuro que es ya nuestro presente, el escritor grancanario dejó dicho: “Tendremos que esperar como mínimo 100 años más para que en ese tiempo ‘si hay mucha suerte’ nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente…”.

Hay que reconocer, pues, que uno de los principales defectos estructurales españoles, que incide directamente en los problemas ya citados, solo puede solucionarse en el campo de la educación ciudadana. El atraso con el que en 1978 salimos a codearnos con otras democracias más asentadas no es algo que se resuelva solo con un puñado de leyes ni recurriendo a los tribunales de justicia o a las fuerzas del orden.

Es un problema de cultura nacional, de solución a largo plazo, donde personas “más sabias y menos chorizos”, es decir, educadas y formadas en la democracia, vayan reemplazando lo existente. Más de un siglo después de la denuncia galdosiana, parecidos fantasmas nos amenazan. Son los que han hecho nacer a Podemos, han amalgamado la irritación popular y han desestabilizado un edificio apoyado sobre cimientos corroídos. Plantear correctamente el problema es condición indispensable para abordar su resolución.