Las guerras de la frustración

El 12 de octubre de 2001, con motivo del comienzo de la guerra en Afganistán como respuesta a los ataques terroristas del 11-S contra EE.UU., en las páginas de Estrella Digital -el antecesor de este diario- escribí lo siguiente: “Es fácil desencadenar la violencia bélica contra un país de ínfimo rango militar como Afganistán. Pero, como dijo Colin Powell, el actual secretario de Estado norteamericano, cuando dirigía desde el Pentágono la Guerra del Golfo [la de 1990-91, motivada por la invasión iraquí de Kuwait], ‘si el recurso a la fuerza militar se hace a impulsos de la frustración y sin objetivos claramente propuestos, el resultado final puede ser peor que la situación inicial’”.

Y así fue, porque Afganistán entró en una espiral de guerras y violencia que contribuyó a reforzar el terrorismo y propagarlo por el mundo, como fácilmente se observa hoy.

Al citar a Colin Powell no pretendía poner a este general a la altura de Clausewitz o de Sun Tzu, dictando normas de alta estrategia al prevenir del riesgo que corre un Estado cuando recurre a la guerra “a impulsos de la frustración”. Fue un sensato militar, fiel a su Gobierno, que como Secretario de Estado en febrero de 2003 tuvo que asumir el papelón de convencer al Consejo de Seguridad de la ONU de que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva.

Utilizó para ello unas falsas pruebas, arregladas por la CIA, que él calificó de “irrefutables e innegables”. No tuvo mucho éxito inicial entre los miembros del Consejo, aunque sí logró el entusiasta apoyo de Ana de Palacio, la representante de España como miembro no permanente del Consejo y ministra de Asuntos Exteriores de Aznar. Éste, un mes después, apoyaría en la vergonzosa reunión de las Azores la decisión de Bush de atacar a Irak saltándose la legalidad internacional.

Lo que hoy observamos en Oriente Medio, con motivo de la ofensiva internacional desencadenada contra el Estado Islámico (EI), es también una guerra motivada por una frustración general de múltiples orígenes. Quizá el principal sea la acuciante necesidad de “hacer algo”, que angustia a algunos Gobiernos occidentales, ante la brutalidad exhibida por los combatientes del EI. ¿Qué hacer? se preguntan, con tal de que sea algo que no repita los errores de anteriores intervenciones pero que muestre una firmeza disuasoria ante el terrorismo.

Frustración aún mayor porque algunos Gobiernos afrontan en breve compromisos electorales a los que conceden más importancia que lo que les pueda ocurrir a los pueblos mesopotámicos y sus vecinos, enzarzados en un conflicto de múltiples actores y muy enrevesados motivos, donde cualquier intervención irreflexiva puede acarrear consecuencias imprevisibles y complicar una situación ya de por sí enmarañada.

Conviene también tener presente la sensación de confianza en sí mismos que a algunos Gobiernos les producen las aventuras militares en el extranjero, así como el efecto político de agitar graves amenazas, lo que hace más fácil acallar las disensiones internas debidas a otros problemas.

Fruto de tan anómalo planteamiento de la guerra es la decisión de resolverla desde el aire. Unos cuantos Estados de la vasta coalición (un documento oficial de EE.UU. cita a los 60 países que la componen) contribuyen con sus aviones a bombardear a las tropas del Estado islámico y sus instalaciones y recursos logísticos. Incluso entablan pueriles competencias: el Reino Unido ha aumentado hasta ocho sus cazas participantes, para no dejarse ganar por Dinamarca, que contribuye con siete, según se lee en The Guardian Weekly.

Pero si no hay botas que pisen el terreno y operaciones terrestres que desalojen por la fuerza a los invasores, las operaciones aéreas podrán aumentar el prestigio de los gobernantes que las ordenan y facilitarles el próximo éxito electoral, pero no van a ganar la guerra.

Como recordaba un activista kurdo en la disputada ciudad siria de Kobani, “cuando mueren cinco combatientes del EI después de un bombardeo, ellos envían cincuenta más”. Y, naturalmente, si una posición es destruida desde el aire, pronto será reconstruida en otro lugar más protegido y guarnecida por nuevos voluntarios.

Un conflicto que afecta ya muy directamente a Siria, Irak, Israel, Irán, a un pueblo sin Estado -los kurdos- y a dos países de la OTAN -EE.UU. y Turquía-, y sobre el que se trenzan nuevas y antiguas rivalidades económicas, religiosas y culturales, no encontrará solución en la guerra, ni aunque ésta se desarrollara como propugnaba el citado Colin Powell cuando dirigía la primera guerra del Golfo: aplicando una potencia sin límites y con la mayor velocidad posible.

Las armas occidentales sembraron el caos en Mesopotamia y regiones contiguas, en sus fallidos esfuerzos por destruir unas armas de destrucción masiva que no existían y por implantar una democracia en la que ni siquiera creían quienes recurrieron a la guerra. La lista de desastres que aún pueden abatirse sobre las tierras que vieron nacer las primeras civilizaciones de la Historia está por escribir. Y todo indica que una vez más se escribirá con la sangre vertida en nuevas guerras, producto inevitable de la frustración.