Ciencia y tecnología

Agotados en una amistosa tertulia los asuntos de actualidad (ébola, tarjetas opacas, derecho a decidir, etc.) se llegó después a una coincidente opinión sobre la ciencia en general, como algo sumamente loable porque extiende las fronteras del conocimiento, ayuda a entender el mundo en que vivimos y abre caminos para el bienestar de los seres humanos. Hubo más discrepancia sobre la tecnología, que a menudo lleva a la especulación, a los negocios turbios, al capitalismo depredador, a la comercialización de productos innecesarios o incluso de las ideas que la ciencia va poniendo a su disposición.

Thomas Midgley era un ingeniero industrial estadounidense de quien un escritor británico de divulgación científica, Bill Bryson, dijo que “el mundo habría sido un lugar más seguro si se hubiera quedado en eso”, en simple ingeniero, y no le hubiera dado por investigar aplicaciones industriales para la química. Hizo dos descubrimientos por los que ha pasado a la historia de la tecnología. En palabras de un escritor estadounidense especializado en medio ambiente: “produjo más impacto en la atmósfera que cualquier otro organismo vivo en la historia de la Tierra”.

En 1921 descubrió que un compuesto de plomo, añadido a la gasolina, aumentaba la eficacia de los motores de explosión. Ya se sabía que el plomo era neurotóxico y que en grandes cantidades daña el cerebro y el sistema nervioso central de modo irreversible. No le importó mucho. Desarrolló la llamada “gasolina con plomo”, con la que antes del año 2000 (en que fue prohibida en la UE) tan inconscientemente llenábamos los depósitos de nuestros automóviles.

El plomo era utilizado sin precaución alguna en aquellos primeros años del siglo XX: enlatado de alimentos, cañerías y depósitos de agua, pesticidas, etc. Todo hubiera seguido igual a no ser por un científico que trabajaba en un campo muy ajeno a todo esto: la datación de rocas geológicas para descubrir, de una vez por todas, la verdadera edad de la Tierra. Utilizaba un isótopo del plomo, midiendo la desintegración del uranio natural, y no lograba entender por qué todas sus muestras se contaminaban por el plomo atmosférico: contenían unas 200 veces más de lo que era de esperar.

Otro científico, Clair Patterson, también de EE.UU., decidió abordar el problema. Empezó a sospechar que el plomo atmosférico procedía de los tubos de escape en un país que se motorizaba aceleradamente. Decidió comprobar los niveles de plomo en la atmósfera en años anteriores a 1923, que fue cuando se adoptó el tetraetilo de plomo añadido a la gasolina.

Unos sondeos en el hielo de Groenlandia, extrayendo testigos de la capa helada, mostraron que antes de la fecha citada apenas había plomo en la atmósfera y que su presencia aumentaba constantemente desde entonces.

Patterson inició una cruzada personal contra el plomo atmosférico y sus peligrosos efectos en la salud, lo que le convirtió en enemigo de la industria. Esto le acarreó innumerables contratiempos: perdió los fondos para sus investigaciones y la empresa Ethyl -fabricante del aditivo de plomo- se ofreció a patrocinar una cátedra en el prestigioso Instituto Tecnológico de California, donde él trabajaba, si “le obligaban a Patterson a hacer sus maletas”. (Esta empresa aún insistía en 2001 en que “no se ha demostrado que la gasolina plomada sea un riesgo para la salud humana”).

Patterson se mantuvo firme contra las presiones que tuvo que soportar pero, gracias a sus esfuerzos, en 1970 se aprobó en EE.UU. la Clean Air Act (Ley del aire limpio) y para 1986 se había retirado en ese país toda la gasolina con plomo. En poco tiempo se redujo en un 80% el nivel de plomo en la sangre de los estadounidenses, aunque el daño sigue: soportan 625 veces más plomo que sus antepasados del siglo anterior.

El segundo descubrimiento de Midgley, en los años 30 del pasado siglo, fue nada menos que el gas CFC, hoy llamado “de efecto invernadero”, utilizado en acondicionadores de aire y pulverizadores, uno de los principales causantes del cambio climático. Un científico lo ha calificado como “el peor invento del siglo XX”. Los gases CFC se prohibieron en EE.UU. en 1974, pero seguirán destruyendo la capa de ozono durante muchos años más.

Midgley murió antes de enterarse de esto. Enfermó de polio, ideó un artilugio con poleas para mover su cama y en 1944 murió estrangulado por los cordones que lo accionaban: la tecnología se había cobrado una señalada víctima.

Claro está que no toda la tecnología es tan perversa como los descubrimientos de Midgley; también facilita nuestra vida diaria hasta extremos que a veces pasan inadvertidos: escribo este comentario en mi ordenador casero y llega por email a la redacción. Esto no implica que el comentario sea mejor o peor, sino que el autor trabaja más eficazmente desde que hace ya algunos años se deshizo de la Olivetti, el tipex y el fax. (¡Que en su tiempo también habían reemplazado a la estilográfica y al sobre con su sello postal!)

Es inevitable que la frontera entre ciencia y tecnología siga creando polémica: la física teórica de las partículas subatómicas nos ayuda a avanzar en el conocimiento de la materia de la que estamos hechos, pero también contribuyó a crear los explosivos nucleares con los que podríamos dejar de existir de un día para otro. Es el destino de nuestra especie, que tenemos inscrito en los genes.