Chapucería y corrupción

Tras el costoso éxito de la importación a Europa del virus del ébola, a cargo del sector sanitario de la “marca España”, operación que ha tenido lugar durante la racha más dura -la de las tarjetas opacas de Caja Madrid- del pertinaz temporal de corrupción en que estamos sumidos, es imposible no advertir la estrecha relación existente en nuestro país entre la chapucería y la corrupción.

Dejemos a los analistas de las ciencias sociales estudiar esta cuestión, pero no es difícil sospechar que ambas cualidades de eso que algunos llamaron el “meollo de la raza” proceden de un tradicional desprecio por la seriedad y la formalidad, por el trabajo bien hecho y rematado, por la labor concienzuda y cuidadosa. Se une a ello la falta de preocupación por lo que es de todos, por el dinero público, y el sentido patrimonial con que algunos administradores en los distintos niveles del Estado contemplan lo público como si fuese algo familiar y privado. Como colofón añádase el “sostenella y no enmendalla”, fórmula que salvaba la honra de nuestros hidalgos del Siglo de Oro y que en muchos casos parece seguir en vigor.

Los que nacimos poco antes de la Guerra Civil hemos tenido tiempo suficiente para conocer la persistencia de la chapuza nacional. Sin embargo, hasta después de la Transición apenas podíamos saber detalles sobre la corrupción, asunto oficialmente suprimido en los medios de comunicación, salvo cuando era atribuible a personas “no adictas” al Régimen, para exponerlas a la vergüenza pública.

Ahora, por el contrario, la información sobre la corrupción está al alcance de todos los españoles y la irritación que causa a medida que se escarba en sus más sucios recovecos parece ocultar a veces la insistente afición nacional por la chapucería. Ésta ha vuelto a asomar su rostro, de modo harto peligroso, en los tres recientes episodios relacionados con el virus del ébola.

Entre los numerosos testimonios de personas implicadas en esta cuestión, merece la pena leer la carta publicada por un enfermero en la página web de la “Asociación Madrileña de Enfermería”, donde se describen pormenores relativos a la hospitalización en el Carlos III de Madrid del primero de los misioneros repatriados.

Al narrar la improvisada operación, escribe: “Así, durante toda la tarde del 6 de agosto y a toda prisa, personal de ambos hospitales [La Paz y Carlos III] fueron dotando de medios dicha planta [la que apresuradamente se reabrió en el segundo de ambos hospitales]. Dándose casos curiosos en los que enfermeras del hospital La Paz transportaban en sus propios vehículos material carente en el Carlos III.” Carencia debida, hay que recordar, a que este hospital había caído bajo la guadaña de los recortes sanitarios impuestos por la Comunidad de Madrid.

Con bastante más visión de conjunto que algunos de sus superiores, el enfermero acusa: “Ante la carencia de personal en el Hospital Carlos III por los motivos antes citados, las Direcciones de ambos hospitales determinan que personal de la UCI de la Paz sea enviado al Carlos III. Y es aquí donde debido a la improvisación y la falta de criterio se comete otra negligencia más, enviando a un personal sin formación alguna en Riesgos Biológicos a tratar a un paciente afecto de una de las infecciones más peligrosas conocidas declarada por la OMS a nivel mundial como Emergencia en Salud Publica. (Aquí conviene recordar que existe una unidad específica con formación para tratar estos casos: la Unidad NBQ o la Unidad Militar de Emergencias UME)”.

El alto nivel de chapucería alcanzado se resume en el último párrafo: “Para finalizar solo queda por recalcar que en todo este asunto hay mucha improvisación y mucha actitud temeraria por parte de los que de verdad, de verdad… NO van a estar delante del virus mirándole a la cara. Escuchemos a los que están en la primera línea de fuego, que algo tendrán que decir”.

Chapucería que ya no debería sorprender a casi nadie. Es la misma que conocí en un centro hospitalario de Madrid, hace unos años, cuando ante una avería en el sistema de seguridad de la planta de radioterapia, que activaba la alarma sin causa aparente, el responsable ordenó su desactivación para seguir trabajando sin protección. Solo se activaba cuando llegaba una inspección, que muy poco debía inspeccionar porque era desconectado en cuanto concluía.

Chapucería y corrupción se realimentan mutuamente. Así, no es extraño usar materiales de poca calidad que permiten aumentar los beneficios a costa del deterioro anticipado de la obra, a menudo cobrada con facturas falsas y sobrepreciadas. Lo que no es óbice para que el contratista remunere dadivosamente a los responsables de la adjudicación, en espera de posteriores entendimientos beneficiosos para ambas partes.

Chapucería y corrupción en estado puro, cuya supervivencia solo puede ser achacada a que los diversos organismos y agencias de control y fiscalización están también infectados por el mismo virus, que en este caso es de origen puramente nacional y no importado desde África.

NOTA: La carta del citado enfermero puede leerse en: http://amenfermerianoticias.wordpress.com/2014/08/10/carta-de-un-enfermero-existe-un-riesgo-mayor-que-el-ebola-y-esta-tras-el-cristal/