El ‘califato’: ¿legado de Bush y Cheney?

El llamado ‘califato’ islámico, que estos días trae al retortero a gobernantes y analistas políticos además de extender una nueva guerra santa por tierras mesopotámicas, es resultado obligado de aquella aventurera política militar del Pentágono, en los tiempos de Dick Cheney, y de la arrogante ignorancia de quien ocupaba la Casa Blanca: el iluminado George W. Bush.

El paseo militar aliado por Irak en 2003 arrasó Bagdad, desmanteló el ejército iraquí y las estructuras de gobierno del país, que se llenó de bases militares extranjeras, y aceleró los sueños de un largo y duradero dominio político de Occidente sobre Oriente Medio, incluyendo sus recursos petrolíferos. El fracaso final de la aventura creó en Irak un acusado vacío de poder que inevitablemente atrajo a un sinnúmero de grupos extremistas que aspiraban a llenarlo.

Cuando Bush y Cheney desencadenaron la guerra global contra el terrorismo, Al Qaeda tenía unos pocos campos de entrenamiento en Afganistán y ciertos apoyos repartidos por el mundo. Ahora, tras las fracasadas guerras en Irak y Afganistán y el no menos inútil bombardeo de Libia, y tras años de ataques (con drones o sin ellos) contra varios países orientales, los grupos que proclaman la yihad han arraigado en Pakistán y Yemen, se extienden por África y el llamado ejército del Estado Islámico (EI) ocupa ya vastas zonas en Siria e Irak, donde avanza dejando tras de sí un rastro de sangre y violencia y haciendo añicos los restos del colonialismo europeo: las fronteras y los Estados artificialmente creados por Francia e Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial.

Obama ordenó ataques aéreos para frenar el avance del EI en el Kurdistán iraquí y evitar la pérdida de su capital, Erbil, y ha mostrado su voluntad de hacer lo mismo si Bagdad es amenazada. Sorprende que la política de Washington en Siria vaya en sentido opuesto a la que aplica en Irak, pues el principal enemigo del EI es allí el Gobierno de El Asad, que EE.UU. también desea derribar. El embrollo se complica al constatar que Europa, con el apoyo (sobre todo financiero) de Arabia Saudí y algunos estados petroleros del Golfo, pretende también derrocar a El Asad, en lo que coincide con el EI y otras fuerzas yihadistas que operan en Siria.

La política de Obama conduce, pues, a combatir al ejército del EI en Irak y luchar a su lado en Siria; o dicho de otro modo, a sostener el Gobierno iraquí y atacar al Gobierno sirio con ayuda del EI. Lo que se consigue en último término es que los combatientes del supuesto califato jueguen con dos barajas y transfieran efectivos entre uno y otro país según les convenga. Algunos misiles antiaéreos entregados por las potencias occidentales a los yihadistas opuestos a El Asad han reaparecido en manos de los invasores de Irak, amenazando a la aviación de EEUU que allí actúa.

La causa de esta confusa situación es que EEUU y otros países occidentales siguen considerando a Al Qaeda como el principal enemigo a derrotar. Si algún grupo yihadista se declara enemigo de Al Qaeda -como ha sucedido en Siria-, puede llegar a ser apoyado e incluso rearmado por Occidente.

El origen del problema está en que Al Qaeda se ha transformado, pasando de ser una organización, mejor o peor estructurada, a convertirse en una idea, un credo religioso, un banderín de enganche. Lleva consigo la aspiración a un Estado islámico que imponga la sharia, donde la mujer permanezca subyugada y la guerra santa tenga también como enemigo al chiismo, esos herejes cuya destrucción exige el islam. Propugna también el fanatismo religioso que induce al terrorismo suicida.

Pero muchos Gobiernos occidentales prefieren imaginar a Al Qaeda como un ‘mini-Pentágono’ (expresión que tomo prestada a Patrick Cockburn) con su cadena de mando, lo que facilitaría localizarla y destruirla -aunque se reconstruyese después- pero contra la que seguiría siendo razonable hacer la guerra. Sin embargo, un movimiento ideológico que brota espontáneamente en distintos lugares y asume variadas máscaras en cada momento es un enemigo contra el que muy pocos estados mayores desearían planificar una guerra. Obama se colgó las medallas por la muerte de Osama Ben Laden, pero ésta apenas tuvo repercusiones en los grupos yihadistas, que desde entonces se han multiplicado y extendido.

Lo aquí comentado sería imposible sin una financiación abundante y continuada que, según muchos indicios, procede de Arabia Saudí y ciertos Estados del Golfo. Otros Gobiernos, como el de Pakistán, han apoyado el nacimiento y desarrollo del yihadismo. Pero entre ellos hay importantes aliados y socios (políticos y comerciales) de EEUU, que condicionan su política exterior tanto como Israel. En un telegrama de 2009 revelado por WikiLeaks, la Secretaria de Estado Hillary Clinton señalaba que los donantes saudíes eran la principal fuente de financiación del terrorismo suní en todo el mundo; en otro cable de la misma época se definía la política exterior saudí como ‘anti-chiismo’. No faltaron, pues, avisos anticipados. Pero, como en ocasiones anteriores, para EEUU y sus aliados resulta más práctico apoyar al aliado que perderse en los vericuetos de la justicia, la moralidad o los derechos humanos a los que tanta retórica dedican.