Papá y mamá muestran sus pistolas

Un libro especialmente concebido para niños y jóvenes ha suscitado polémica en EE.UU. Para explicar este asunto, conviene empezar recordando que el idioma inglés crea con facilidad nuevos significados mediante la simple yuxtaposición de palabras.

La expresión open carry es algo más que dos vocablos juntos que, respectivamente, significan “abierto” y “portar”. En el país donde existe el mayor número de ciudadanos armados, open carry significa llevar consigo un arma no oculta, bien visible por los demás, durante las tareas habituales de la vida cotidiana. Es también el nombre del movimiento popular que apoya y difunde esta costumbre.

Como saben bien los lectores, los Estados “Unidos” están muy unidos en algunas cosas: por ejemplo, todos los senadores (dos por Estado), sin excepción, han apoyado las atrocidades israelíes en Gaza. También son mayoría los ciudadanos que creen que los yacimientos petrolíferos del planeta están al servicio de su país y no son pocos los que se creen el pueblo elegido por Dios para propagar la libertad y la democracia, aunque para ello haya que arrasar algún país, como Vietnam o Irak.

Pero en otros asuntos cada Estado funciona a su aire: tienen sus propias banderas, sus ejércitos (llamados “Guardia Nacional”) y un sinfín de leyes que se aplican solo dentro de las fronteras estatales. Seis Estados (más el distrito federal de Columbia) prohíben a los ciudadanos portar abiertamente armas de fuego; doce lo autorizan, aunque el ciudadano carezca de licencia de armas; tres requieren cierto tipo de permiso (que también autoriza a llevar armas ocultas); y otros diecisiete Estados, aunque en general no lo prohíben, establecen algunas limitaciones, como en Illinois, donde solo puede exhibirse un arma de fuego dentro del propio domicilio (incluyendo jardín y patio trasero).

Para explicar todo esto se publicó My Parents Open Carry (traducible como “Papá y mamá muestran sus pistolas”) escrito con la esperanza, según sus autores, “de dar una visión básica del derecho a poseer y portar armas, así como de la costumbre, cada vez más popular, de no llevarlas ocultas”. El señuelo comercial invita a conocer a Brenna Strong, de 13 años, a su papá Richard y a su mamá Bea, durante las compras y los esparcimientos de un sábado “típico”, en el que lo menos típico es que ambos progenitores exhiben en el cinturón sendas pistolas “para su defensa personal” (self-defense).

Entre otras cosas, el libro enseña a los niños cuatro normas básicas:

1) Maneja el arma siempre como si estuviera cargada;

2) Nunca apuntes un arma contra nada que no desees destruir;

3) Comprueba bien tu objetivo y todo lo que haya detrás;

4) No pongas el dedo en el gatillo hasta que hayas apuntado bien y estés listo para disparar.

(Aunque, como enseguida se verá, haya razones para abominar de este ejemplar de literatura infantil, si en abril de 2012 sus papás se lo hubieran leído al pequeño Froilán, la entonces familia real española se hubiera ahorrado un susto: “no hay mal que por bien no venga”).

Una conocida crítica literaria estadounidense escribió: “Siempre he propugnado que ningún asunto debería ser tabú en la literatura infantil. Pero al leer este libro me he tenido que tragar mis palabras”. Una editora de libros infantiles mostró su pasmo, recordando que en EE.UU. la mitad de las muertes infantiles por arma de fuego se produce en el hogar y 10.000 niños mueren o son hospitalizados anualmente a causa de un disparo. La editorial, por el contrario, lo atribuye a la falta de información sobre el asunto y no al culto a las armas y su proliferación incontrolada.

La portada del libro es significativa (el lector puede encontrarla en http://www.myparentsopencarry.com/): una familia de ojos azules y pelo rubio mira sonriente a la cámara mientras los papás exhiben sendas pistolas en el cinturón. ¡La familia feliz! en la que la niña ya no tendrá problemas -una vez leído el libro- para explicar por qué sus padres van armados: la defensa personal es un derecho de cada persona y las armas individuales son el mejor instrumento para preservarlo.

Pero imaginemos el pasmo de los lectores potenciales si la familia mostrada no fuera típicamente blanca: por ejemplo, si fuera “afroamericana”. (Estúpido eufemismo que, en pura lógica, obligaría a llamar “euroamericanos” a los de raza blanca, puesto que los verdaderos americanos, los que ya vivían en el continente antes de que blancos y negros pusieran pie en él, son los nativos que habían poblado América procedentes de Asia). Lo que se propugna es que los que deben ir armados son los blancos, ya que un arma en manos de ciudadanos de otra raza es siempre motivo de desconfianza.

Muy difícil se presenta para Obama resolver el embrollo formado por tres problemas: la persistente discriminación racial, como estos días se comprueba en los barrios de San Luis; la creciente militarización de la policía y, para completar el panorama, la sacralización de las armas personales de la que es muestra el libro comentado. Ni drones ni portaaviones podrán resolverlo, según la fórmula ahora habitual en la Casa Blanca.