¡Rusia es culpable!

El Gobierno de Moscú se propuso enviar una misión de ayuda humanitaria “sin escolta militar” (como hubo de puntualizar ante las primeras muestras de desconfianza) al este ucraniano, para aliviar la suerte de su población, de la que un gran número de habitantes ha huido ya, en penosas condiciones, buscando refugio en territorio ruso. La sugerencia suscitó una rápida y contundente reacción negativa “en Bruselas”: es decir, tanto entre las autoridades civiles de la Unión Europea como en el cuartel general de la OTAN.

Antes de considerar siquiera las condiciones de envío de la ayuda (cooperación con la Cruz Roja Internacional, inspección de los 280 camiones que del convoy, control en los puntos de paso fronterizo, tipo y cantidad de los productos transportados, etc.), el Secretario General de la Alianza Atlántica respondía ya con el inveterado reflejo otánico de la suspicacia, tan anclado en el ADN de esta organización durante los largos años de la guerra fría. Declaró, sin la menor sombra de duda, que es muy probable que Rusia pretenda intervenir militarmente en las zonas rusófilas del este ucraniano y puntualizó que “el Kremlin” [palabra que encierra todavía míticas resonancias prebélicas desde la época de Stalin] no está retirando las tropas establecidas en las proximidades de la frontera con Ucrania.

Parece tratarse del mismo cálculo de probabilidades que hizo temer a la OTAN la irrupción de los carros de combate soviéticos allanando la Europa occidental, en una apabullante guerra relámpago que pondría a los europeos a los pies de Moscú. Esta fue la amenaza que hizo nacer a la Alianza Atlántica y la mantuvo viva, activa y convertida en el factor determinante de la política europea de defensa. La misma amenaza que impulsó durante decenios a las corporaciones armamentistas de Occidente, en su acelerada y beneficiosa carrera para superar a la URSS.

Los alumnos de las escuelas de Estado Mayor europeas estudiábamos obligatoriamente la defensa contra la previsible invasión oriental. Los españoles, dadas las limitaciones presupuestarias para viajes y salidas de prácticas desde Madrid, solíamos frenar con éxito a las divisiones acorazadas soviéticas en las aromáticas lomas de la Alcarria; en algunas ocasiones, cuando el presupuesto era más generoso, nos atrevíamos a hacerlo en los abruptos valles pirenaicos del Alto Aragón, apoyando y acogiendo en nuestras líneas a las derrotadas tropas francesas, arrolladas por los blindados soviéticos.

Ni qué decir tiene que no se ha descubierto todavía, en los archivos que la desaparición del Pacto de Varsovia permitió consultar, prueba alguna de que la extinta Unión Soviética tuviera intención de llegar hasta Lisboa con sus ejércitos. Más bien, todo lo contrario: la lógica política racional (no la militarizada, claro está) apuntaba a que bastante tenía “el Kremlin” con mantener el statu quo europeo y el cinturón de países satélites que protegían el núcleo duro de la vieja Rusia, secularmente atacado desde los cuatro puntos cardinales.

Las circunstancias por las que hoy atraviesa Europa dan a la OTAN un nuevo ánimo, tras algunas actuaciones anteriores muy poco lucidas, de las que Afganistán es el colofón inconcluso que se prefiere olvidar. “Rusia es (otra vez) culpable”, se proclama en Bruselas, parafraseando, sin saberlo, a Serrano Suñer, aquel ministro de Asuntos Exteriores de Franco que lanzó a España a guerrear contra el comunismo por medio de la División Azul.

Ahora, para la Unión Europea y para la OTAN “Putin es culpable” y todo vuelve a encajar con facilidad: hay un enemigo visible y sus actos parecen responder a lo que de él se espera; además, reside en “el Kremlin”, lo que simplifica mucho las cosas, y no en Waziristán, Yemen o Somalia, como esos otros camaleónicos enemigos barbudos a los que ni EE.UU. ni la OTAN encuentran el modo de derrotar.

Dureza con Putin: es la consigna. Sanciones, palabras agresivas… guerra fría, en fin. Olvidemos los resultados del anterior periodo de relaciones cooperantes: el control de armamentos, el estrechamiento de vínculos comerciales entre Europa y Rusia, la cooperación en los tribunales internacionales o el arreglo de críticos problemas, como en Kosovo. Ahora toca endurecer las posturas y hacer sonar los tambores de la guerra fría.

Rusia es menos enemigo que la desaparecida URSS, y si la cosa funcionó entonces más fácil resultará ahora, razonan algunos. Pero antes había mecanismos de control y contención, teléfonos “rojos” y áreas de entendimiento. Se perdió la costumbre y ahora se cruzan graves acusaciones entre ambos bandos: cargos de terrorismo (contra los sublevados prorrusos) y de genocidio (contra el gobierno de Kiev).

El recelo y la desconfianza son la respuesta a toda decisión del bando opuesto. Y se olvida la mejor enseñanza de la guerra fría: la moderación y la contención recíprocas alejan a la guerra “caliente” más que cualquier amenaza basada en la fuerza militar. Esperemos que las conversaciones a sostener por el “grupo de Minsk” entre Rusia, Ucrania y la OSCE alejen el fantasma de una nueva guerra fría. Pero costará tiempo y mucho esfuerzo recuperar unas relaciones positivas entre ambos bandos.