¿Otro engaño histórico?

A principios del pasado mes de junio tuvo lugar en Israel una reunión del gabinete de seguridad para tratar sobre los intercambios de prisioneros y un proyecto de ley que prohibiría cualquier perdón a los terroristas. Asistió el jefe del Mossad, Tamir Pardo, que intentó convencer a los ministros para que no aprobasen esa ley, pues en su opinión limitaría mucho la capacidad de maniobra del Gobierno en casos de secuestro e impediría estudiar otras soluciones para afrontar potenciales crisis.

Pardo adujo el ejemplo de las 200 niñas secuestradas en Nigeria por Boko Haram y, al discutir con el ministro de Economía, cuyo partido apoyaba el citado proyecto, le espetó: “¿Qué haría usted si dentro de una semana tres niñas de 14 años fueran secuestradas en alguna de las colonias? ¿Diría que hay una ley que nos impide liberar a los terroristas [para rescatarlas]?”. Esto fue publicado por Barak Ravid en Haaretz el 15 de junio.

El jefe del Mossad no convenció a los ministros y la ley siguió el trámite ordinario hacia la aprobación. Pero la sugerencia de Pardo se hizo realidad casi exactamente como la había expuesto: justo una semana después, tres muchachos israelíes, residentes en un asentamiento cisjordano, fueron secuestrados y luego asesinados, aunque esto último no se supo hasta varios días después.

Días durante los cuales, nada más denunciada su desaparición, Israel acusó a Hamás del secuestro sin prueba alguna y desencadenó una vasta operación de arrestos y encarcelamiento de sus miembros en Cisjordania. Luego, tras descubrirse el asesinato de los jóvenes, hizo llover fuego y metralla sobre Gaza, matando a la población civil, aniquilando familias enteras y destruyendo sus viviendas e infraestructuras, incluso instalaciones hospitalarias, brutal castigo que continúa implacable al escribir estas líneas.

La dificultad de entender algunos hechos y encajarlos en un contexto político racional tiene antecedentes históricos. En julio de 1870, Bismarck modificó trapaceramente un telegrama enviado por el Káiser Guillermo I, redactándolo de modo que hizo inevitable el comienzo de la guerra franco-prusiana, que alumbró el nuevo Imperio Alemán (segundo Reich) y fue antecedente y prólogo de la Primera Guerra Mundial.

En febrero de 1898, el acorazado estadounidense Maine hizo explosión, por causas aún hoy no comprobadas, mientras visitaba el puerto de La Habana. Sin prueba alguna, los diarios de los magnates Hearst y Pulitzer atizaron furiosamente la opinión pública contra España, y en abril del mismo año estalló la Guerra entre España y EE.UU., que venía a satisfacer los intereses de la emergente potencia americana.

En agosto de 1964, un falso incidente naval entre patrulleras norvietnamitas y buques de la armada de EE.UU. sirvió de pretexto al presidente Johnson para obtener del Congreso el permiso para actuar militarmente contra el Gobierno de Hanoi, acelerando la intervención norteamericana en Vietnam. La mano oculta de la CIA estuvo detrás de todo ello, como se supo después. Abundan, pues, en la Historia las fullerías de los dirigentes mundiales: un caso más reciente fue la invasión de Irak en 2003, con el falso pretexto de destruir un armamento inexistente, decidida en íntima reunión por Bush, Blair y Aznar.

Es bien conocido el hecho de que algunos acontecimientos de gran relevancia obedecen a causas que solo llegan a conocerse muchos años después. Las sospechas, sin embargo, brotan en las primeras horas tras un suceso de difícil explicación. Así ocurre con el caso comentado, que parece perjudicar a una de las partes implicadas (a Israel, que sufre el secuestro y muerte de tres ciudadanos) cuando en realidad la beneficia: permite a Netanyahu desencadenar un brutal ataque que sirve a los intereses de su política.

Es verdad que, en todo lo relacionado con la ocupación israelí de Palestina, las sombras de la duda suelen ser habituales. Cada vez que el Gobierno israelí se encuentra en un laberinto, algo sucede que le ayuda a salir de él: si Washington presiona a Tel Aviv para frenar la expansión de los asentamientos ilegales, un terrorista suicida crea el caos y la cuestión pasa a segundo plano; cuando la comunidad internacional acorrala a Israel por sus reiteradas violaciones de los derechos humanos, otra bomba explota oportunamente o Hamás dispara un cohete. La secuencia está bien comprobada.

Ahora, cuando parecía que el entendimiento entre las dos facciones palestinas -Hamás y Al Fatah- aseguraba una mejor gobernabilidad en Cisjordania y Gaza, el secuestro citado hunde a Palestina en el caos. ¿En qué se basó la rápida constatación de que Hamás era responsable del hecho? Nada tenía que ganar con él y sí mucho que perder. Tampoco responde al modo de actuar de sus terroristas; por el contrario, el Estado Islámico de Irak y el Levante reclamó la autoría del secuestro, sin obtener apenas crédito.

No se puede afirmar que haya sido el Mossad el organizador del incidente; hay otros aspirantes, como los grupos escindidos de Hamás. Pero una misión de todos los servicios secretos, que es la de crear las circunstancias que faciliten las acciones de su Gobierno, induce a sostener una razonable duda mientras el asunto no sea debidamente aclarado.