Carta desde Ramala

Querido lector:

Me llamo Safa y soy mamá de tres niñas, Zeena, Yasmín y Leena. Vivo en Ramala [la capital de Cisjordania] pero nací en Gaza. Escribo esta carta el domingo [13 de julio] por la noche, tras un largo y sangriento día, uno más. Quiero que sepas lo que es esto y lo que mi familia me cuenta sobre lo que pasa en Gaza.

Con 18 años dejé Gaza en 1994 para ir a la universidad de Birzeit [cerca de Ramala], justo un año después de la firma de los acuerdos de Oslo [que en 5 años deberían poner fin al conflicto palestino-israelí]. Ahora tengo 38 años y la ocupación de Palestina no ha concluido. Cuando me casé en 2002, mis padres no pudieron venir a mi boda. Mi hija mayor no llega a los 9 años y nunca ha podido visitar a sus abuelos en Gaza.

Como la mayoría de los palestinos, no podemos obtener permiso para viajar entre Gaza y Cisjordania. En marzo pasado conseguí uno porque mi padre estaba muy enfermo. Solo era válido para una semana y solo me dejaban llevar conmigo a una hija, así que tuve que ir con Leena, de cinco meses. ¡Una sola semana en nueve años!

No soy la única. Miles de palestinos están separados de sus familias a causa del muro y de la clasificación personal según el tipo de documento de identidad. Hay documentos distintos para Gaza, Cisjordania y Jerusalén, y a muchos palestinos no se les autoriza a viajar de una zona a otra, aduciendo siempre vagos “motivos de seguridad”.

Gaza está siendo ahora arrasada por el ejército israelí, como bien sabrás por los medios de comunicación. Me acuesto todas las noches pensando que esta pesadilla terminará al día siguiente. Pero cada vez que suena el teléfono se me encoge el corazón temiendo que sean malas noticias de mi familia. Menos mal que hasta hoy han sobrevivido.

Mis padres viven en la planta baja de un edificio de tres pisos, y mis dos hermanos ocupan los pisos superiores. Durante los bombardeos todos se refugian en casa de mis padres, suponiendo que estarán más seguros; también van algunos vecinos y otro hermano que vive fuera. Creen que es mejor vivir y morir juntos. Les llamo varias veces al día y aunque me hacen creer que están bien, siento en sus voces el miedo, la inseguridad, la amargura y la desesperanza.

Estoy destrozada, sobre todo pensando en los niños, que no entienden lo que pasa ni por qué están siendo atacados. Mamá me dice que es como si un tsunami se hubiera abatido sobre el barrio. Pero yo creo que si hubiera sido un tsunami, la comunidad internacional entera se hubiera volcado en su ayuda. No sucede así.

No entiendo cómo Israel se defiende asesinando familias. Si como ocupante tiene el derecho a defenderse ¿por qué se nos niega a nosotros, como ocupados, el mismo derecho? ¿Por qué, tras veinte años de negociaciones, no podemos vivir como un Estado independiente? ¿Por qué Israel desobedece las resoluciones de la ONU, sin que nadie se lo impida? ¿Es que la legislación internacional no es válida en Israel?

Y, sobre todo, me pregunto: ¿cuándo podrán conocer mis hijas a sus abuelos? Son muchas preguntas pero creo que para todas ellas hay una sola respuesta: EE.UU. no tiene interés en que la paz y la justicia lleguen a Palestina. Porque EE.UU. ocupa Palestina tanto como Israel. Le suministra armas, le apoya en la ONU y evita que ésta condene las atrocidades genocidas que Israel perpetra contra el pueblo palestino. La situación solo cambiará si EE.UU. adopta una posición firme contra las continuas violaciones israelíes de los derechos humanos.

Dormiré esta noche en casa, pero mi corazón está en Gaza. Creo que si reflexionas sobre las pérdidas humanas y materiales de ambos lados, tú también sabrás dónde está tu corazón. Y obrarás conforme él te dicte.

(Fin de la transcripción).

Un testimonio personal como el anterior ayuda a completar la poliédrica imagen de este conflicto transmitida por los medios de comunicación. Debo el texto anterior a la meritoria y desinteresada actividad de la asociación californiana Jewish Voice for Peace (Una voz judía para la paz), que se esfuerza por dar a conocer al mundo las más detestables políticas del Gobierno de Israel, precisamente porque desea defender la imagen del pueblo judío.

En su pagina web (http://jewishvoiceforpeace.org/) declara estar “inspirada en la tradición judía de trabajar conjuntamente por la paz, la justicia social, la igualdad, los derechos humanos y el respeto a la legislación internacional, y lograr que la política exterior de EE.UU. se ajuste a estos principios”.

Se opone a todo fanatismo y opresión, sea antijudío, antimusulmán o antiárabe. Forma parte de ese vasto (y tan desconocido) grupo de organizaciones no gubernamentales que tenazmente, y a menudo enfrentándose a sus propios conciudadanos y a su Gobierno, se esfuerzan por ayudar a traer al mundo la delicada y ansiada semilla de la paz. Lo que no es poco mérito en una humanidad cada vez más regida por la codicia financiera y que sigue adorando a las armas como medio para resolver los conflictos.