Luchas de nacionalismos

No son pocos los ciudadanos judíos de Israel que creen firmemente que las transformaciones producidas en la Cisjordania ocupada, como consecuencia de la continua creación de nuevas colonias, son algo normal y rutinario que en nada entorpece el proceso de paz nominalmente en marcha desde que hace dos decenios se firmaron los acuerdos de Oslo.

Sin embargo, esos mismos ciudadanos consideran con igual firmeza que los contactos que la Autoridad Palestina pretende establecer con diversas agencias de Naciones Unidas son un acto de mala fe y de patente falta de voluntad para aceptar una futura paz. A esto suman la sospecha de que, si una mayoría de los Estados integrados en la ONU se sigue oponiendo a la construcción de nuevas colonias y apoya el derecho palestino a abrirse camino en las organizaciones internacionales con vistas a su futura independencia, todo ello obedece básicamente al antisemitismo dominante en Occidente.

Pero desde que se firmaron los citados acuerdos, y durante lo que se sigue considerando el período intermedio que debería preceder a la solución definitiva del problema, la población judía en Cisjordania ha crecido más de tres veces, esto sin tener en cuenta a Jerusalén Oriental. Crecimiento que se compagina muy mal con la supuesta voluntad del Gobierno israelí de alcanzar una viable solución biestatal y que se suma al hecho de que solo en 2013 el ritmo de crecimiento de las colonias ha superado el 150%. ¿Sobre qué mosaico deslavazado e inconexo de piezas territoriales puede construirse un Estado soberano?

Los que intentan engañarse sobre esta evidente realidad, suelen aducir que las colonias no constituyen en sí mismas un obstáculo para la paz, y ponen como ejemplo la retirada de los asentamientos ilegales judíos en Gaza en 2005 y anteriormente en el Sinaí egipcio, tras el tratado de paz de 1979.

Pero, como recientemente ha escrito Chemi Shalev en el diario israelí Haaretz, este argumento apenas se sostiene. Se evacuaron 7000 colonos del Sinaí septentrional y unos 9000 de Gaza, en comparación con los 140.000 que están viviendo en las afueras de Jerusalén Oriental en los bloques de colonias que Israel considera ya propios. Pero esto no es todo: la mayoría de los que residían en el Sinaí y Gaza carecían de las fuertes vinculaciones ideológicas y religiosas que distinguen a los actuales colonos, ya que esas regiones nunca fueron parte de la tierra bíblica que Jehová entregó a su pueblo favorito. Y por último, no conviene olvidar que aquellos colonos evacuados en los ejemplos antes citados carecían del sólido apoyo que tienen los actuales colonos, tanto entre las fuerzas armadas y el Gobierno como también en la mayoría de la opinión pública.

Así pues, la opinión dominante en Israel no solo no percibe el insuperable obstáculo que la incesante expansión de las colonias ilegales supone para un futuro acuerdo de paz, sino que rechaza incluso la idea de que la situación actual, al dificultar seriamente una fórmula biestatal que resuelva este problema, conducirá ineludiblemente a una “realidad binacional” y a una “tragedia judía de alcance histórico”, como ha declarado el enviado especial del Secretario de Estado John Kerry la pasada semana.

Es el mismo Kerry cuyo anterior desliz, ya comentado en estas paginas, al suponer que un estado judío que englobase al pueblo palestino sería pronto un “Estado de apartheid“, suscitó la indignación y provocó un revuelo entre los dirigentes israelíes. Pero la realidad es difícil de ocultar: el director del diario religioso y conservador Makor Rishon (por cierto, propiedad del magnate Adelson, el de la frustrada operación Eurovegas) ha escrito que si Israel se convirtiese en un Estado de apartheid “dejaríamos de existir y todas las elucubraciones rabínicas de poco nos servirían. John Kerry dijo que temía que ocurriera esto, nos sentimos ofendidos y él tuvo que disculparse. Pero Kerry tenía razón”.

Shalev opina que “los palestinos también han hecho lo suyo para sabotear las conversaciones de paz, pero esto solo refuerza la idea de que los pesimistas de ambas partes han arrastrado la solución biestatal al borde de la desaparición”. Esto le permite citar atinadamente a Orwell: “Todo nacionalista es capaz de los más flagrantes engaños, a la vez que se siente sólidamente en posesión de la verdad, porque es consciente de que está al servicio de algo que le es muy superior”.

Y como las luchas entre nacionalismos no son una exclusiva de las bíblicas tierras palestinas, a pesar de que es allí donde están causando graves padecimientos a un pueblo, podríamos bien aprovechar la cita orwelliana para aplicarla a las pugnas entre los nacionalismos (español, catalán, etc.) que también forcejean en el viejo ruedo ibérico.