¿Cuándo llega el fin de una guerra?

El anónimo historiador de cabecera de Senaquerib, rey de Asiria y de Babilonia en el siglo VII a.C., describía lo sucedido en un enfrentamiento entre los feroces guerreros asirios que su señor capitaneaba y las tropas del rey de Elam, en el que los carros de batalla de ambos ejércitos chocaron con inaudita violencia: “A los jefes de los caldeos [aliados de los elamitas], el pánico que les produjo mi ataque se apoderó de ellos como un demonio. Abandonaron sus tiendas para salvar la vida, aplastando [con sus carros] los cadáveres de sus soldados. Aterrorizados, dejaron escapar ardiente orina y vaciaron en los carros sus excrementos”.

Muchos siglos después, en un cuestionario realizado durante la 1ª Guerra Mundial para conocer mejor los efectos del miedo sobre los combatientes, se reveló que más de un 25% de ellos había vomitado y una proporción algo menor había perdido el control total de sus esfínteres en situaciones de peligro. Algunos años después, durante la invasión de Normandía, unos soldados americanos destacados en vanguardia hallaron a un sargento paracaidista colgando de un árbol en el que se había enganchado su paracaídas. Tenía una pierna fracturada y el color de sus pantalones revelaba una situación similar a la de los jefes caldeos. Se sentía tan avergonzado que suplicó a los soldados que no se le acercasen, a pesar de la urgente necesidad que tenía de ser descolgado y atendido. Éstos le lavaron con cuidado y le cambiaron la ropa para que pudiera ser evacuado al puesto de socorro sin sentirse humillado.

Como escribió el historiador californiano Paul Fussell “la verdadera guerra nunca sale en los libros”. Ese es el tipo de guerra que, ahora hace unos cien años, puso en circulación una expresión inglesa (shell shock, traducible como “choque causado por las explosiones”) que realzaba el contraste entre el sentimiento heroico inculcado en la formación del soldado y la instintiva reacción orgánica de su cuerpo ante el miedo. Así lo expresaba el Manual del Oficial de EE.UU.: “El valor físico es poco más que la capacidad de controlar el miedo físico que todo hombre normal siente; la cobardía no consiste en tener miedo sino en dejarse arrastrar por él”. Y añadía: “¿Que es lo que impide al soldado ceder ante el miedo? Muy sencillo: su deseo de conservar la estima de sus amigos y compañeros… El orgullo vence al miedo”.

El siempre refrenado y a veces desmedido esfuerzo mental que todo combatiente desarrolla durante los enfrentamientos bélicos reaparece en ocasiones en lo que los psicólogos han dado en llamar “estrés postraumático”. Es un problema que hoy afecta a un número creciente de antiguos soldados en las últimas guerras y que preocupa sobre todo en los países que, como EE.UU. y, en menor amplitud, el Reino Unido, han desplegado tropas en varios conflictos internacionales. En este último país crece ahora la preocupación por el aumento de las enfermedades mentales que aquejan a los veteranos de las guerras de Irak y Afganistán.

John Ellis escribió en The Sharp End: “En la guerra, las bajas psiquiátricas son tan inevitables como las causadas por las balas o la metralla”. Por su parte, el general Richard Dannatt, que fue jefe del Estado Mayor General británico, declaró: “No hay duda de que el combate, sea en Irlanda del Norte, en las islas Falkland [Malvinas], en la guerra del Golfo, en Bosnia y en cualquier otro sitio producirá siempre bajas psiquiátricas. Nuestras operaciones en Irak y Afganistán han aumentado mucho su número”. También reconoció que en la cultura moderna, en la que cada uno tiende a “salir adelante por sí mismo”, es fácil que los excombatientes se conviertan en asesinos o suicidas.

La organización británica Combat Stress (CS) alerta sobre un aumento del 57% de los veteranos de Afganistán que solicitan tratamiento. Y aunque en Irak las operaciones concluyeron hace ya cinco años, han aumentado también en un 20% los que piden ayuda. El comodoro Cameron, director de CS, afirma que son muchos los antiguos combatientes que reviven el horror que experimentaron durante su estancia en la línea de combate: “Día tras día, luchan contra unas ocultas heridas psicológicas que a menudo llevan a la destrucción de sus familias”.

Combat Stress cumple ahora su 95º aniversario y ha atendido a los veteranos de todas las guerras desde la 2ª G.M. Considera que suelen transcurrir 13 años de promedio desde que se licencian hasta que buscan auxilio psicológico; en su mayoría pertenecen al Ejército de Tierra. Las organizaciones británicas de apoyo a los excombatientes se preparan para afrontar una futura oleada de nuevos pacientes, aquejados de depresiones o estrés, ahora que la guerra de Afganistán llega a su fin.

Pero hay que preguntarse: ¿cuando llega realmente a su fin una guerra? Nunca cuando acaban las hostilidades o se firma la paz o se concierta el repliegue de las tropas. La guerra continúa viva en el plano mental de muchos antiguos soldados y sigue produciendo bajas entre los que intervinieron en ella y en muchas otras personas relacionadas con ellos. Esto deberían tenerlo presente los diplomáticos y políticos que, a lo largo de la Historia, se han atribuido la gloria de haber puesto fin a algún conflicto que, sin embargo, habrá seguido produciendo víctimas durante muchos años. La guerra siempre ha sido así y no conviene ignorarlo.