Valorando a los pueblos

Es bien sabido que los pueblos buscan y rebuscan motivos por los que sentirse orgullosos de su identidad, a veces para reflejarlos en frases o eslóganes pegadizos, como el “Soy español, español, español”, tan reproducido hoy en pegatinas y camisetas, aunque en su enunciado no incluya motivo alguna que justifique tan insistente afirmación.

Más frecuente suele ser resaltar hechos históricos o batallas famosas sobre los que asentar la satisfacción personal o colectiva; en España algunos recuerdan con orgullo Lepanto, Pavía o los Tercios de Flandes y gozan evocando la Reconquista; en otros países se habla de Austerlitz, Waterloo o Trafalgar, o se recuerda a Ayacucho, Verdún, El Alamein, Stalingrado o Normandía; y hay quien todavía se complace citando Cannas o las Termópilas. Las variantes son casi infinitas. También algunos pueblos se han enorgullecido por los megatones de sus misiles o el número de soldados, tanques o aviones listos para el combate, aunque esto parece haber pasado un poco de moda.

No solo se refleja el orgullo de los pueblos en sus hechos de armas, ya que bastantes naciones recuerdan con legítima admiración a sus artistas, sean Fidias, Miguel Ángel o Dante, Cervantes, Shakespeare, Goya o Dostoyevski. Añadamos, para completar esta panoplia de motivos que levantan el ánimo de los que más fácilmente se conmueven, los triunfos de los equipos de fútbol, baloncesto, etc., y de los jugadores o deportistas cuyas acciones a veces contribuyen a entusiasmar a pueblos cariacontecidos por desdichas económicas, políticas o incluso militares, que de todo ha habido.

No obstante, hay modos más acertados para reflejar el estado real de los pueblos, que se ciñen al presente y descartan glorias pasadas, a menudo ficticias. A menos de remontarse a la época de Diógenes, un indigente que lea a Homero bajo las columnas del Partenón encontrará en ello poca satisfacción personal si no tiene asegurada la cena ni la cama para esa noche. De estos aspectos trata precisamente el llamado “Índice de progreso social”, cuya edición de 2014 ha sido publicada recientemente.

Este índice mide el grado de atención que los Gobiernos prestan a las necesidades sociales y ambientales de sus ciudadanos, valorando tres apartados:

1) Necesidades humanas básicas: nutrición y asistencia médica básica; agua y saneamiento; vivienda; seguridad personal.

2) Fundamentos del bienestar: acceso a conocimientos básicos; acceso a información y comunicaciones; salud y bienestar; sustentabilidad del ecosistema.

3) Oportunidades: derechos personales; libertad personal y de elección; tolerancia e inclusión; acceso a la educación superior.

No hay espacio en este comentario para explicar cómo se mide cada parámetro, aunque el lector interesado puede consultarlo tecleando en Google: “social progress index”. Pero sí añadiré algo sobre los resultados del último estudio.

Tres países destacan sobre los demás: Nueva Zelanda, Suiza e Islandia, que puntúan brillantemente en los tres apartados. Sin grandes batallas en su historia, sin formar parte de la élite cultural mundial ni de la deportiva (salvo el afamado rugby neozelandés), son los tres países más avanzados socialmente. Es decir, allí donde la sociedad ha evolucionado más en la mejora del bienestar de sus ciudadanos.

La primera decena del ranking se completa con cinco países europeos (Holanda, Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca), uno americano (Canadá) y otro oceánico (Australia), aunque en ellos hay menos equilibrio entre los tres aspectos analizados. Por ejemplo: si Australia destaca por sus Oportunidades, Dinamarca lo hace en Necesidades humanas. Nótese, por otra parte, que los cinco países escandinavos están incluidos en la primera decena. ¿No tendrá esto algo que ver con el peso que ha tenido históricamente en ellos el Estado redistribuidor de riqueza y nivelador de desigualdades?

El siguiente pelotón de esta carrera está formado por 13 países: Austria, Alemania, Reino Unido, Japón, Irlanda, EE.UU., Bélgica, Eslovenia, Estonia, Francia, España, Portugal y República Checa, por este orden. Incluye algunos de los más importantes por población y producto interior bruto, pero en ellos las diferencias entre los tres apartados se hacen a veces notables. Si Japón destaca en Necesidades humanas, pierde puntos en Tolerancia e inclusión, mientras EE.UU. puntúa mal en Oportunidades aunque se halla a la cabeza en Acceso a la educación superior. Por su parte, España puntúa aceptablemente en Necesidades y no tanto en Oportunidades y Fundamentos. Como era de prever, la lista de los 132 países valorados se cierra con 27 Estados africanos incluidos entre los últimos 30.

Aunque poco útil para camisetas o pegatinas, ni para excitar valores patrios, este índice es el indicador real de la satisfacción de los ciudadanos, que debería ser la principal preocupación de los Gobiernos, aunque a veces éstos adormezcan el espíritu crítico de las gentes con los sueños de glorias pasadas e imperios extinguidos en los que nunca se ponía el sol.