El retorno de los combatientes

Apenas llama ya la atención la noticia de que en alguna base militar (generalmente de EE.UU.) un veterano que luchó en Irak o en Afganistán ha sufrido un repentino acceso de enajenación mental y acto seguido ha desencadenado un mortal tiroteo que a menudo termina en suicidio. El último suceso de este tipo ocurrió el pasado 2 de abril en Fort Hood (Texas), una de las mayores bases del ejército estadounidense, y dejó cuatro muertos (incluido el causante) y casi una veintena de heridos.

Según informaba el diario regional The Dallas Morning News, el soldado estaba siendo tratado de estrés postraumático, aunque el diagnóstico no era definitivo. El general jefe de la base declaró que sufría problemas de depresión y había pedido ser tratado de cierto tipo de trauma cerebral. Sin previo aviso, abrió fuego indiscriminado en varios edificios de la base, que recorrió en un vehículo hasta que en un aparcamiento se le enfrentó una mujer policía militar; alzó las manos pero enseguida extrajo una pistola con la que se disparó en la cabeza.

Los incidentes causados por el retorno a la vida civil de los excombatientes, a causa de los problemas de su readaptación, no son una novedad (ya preocuparon a la ciencia médica al concluir la Primera Guerra Mundial) pero tras las guerras de Irak y Afganistán han cobrado especial relevancia en los medios de comunicación.

La cuestión se planteó también con crudeza concluida la guerra de Vietnam, pero ésta fue una guerra del todo impopular y los que en ella lucharon hubieron de sumar al estrés propio del combate la desalentadora percepción de que su sufrimiento no había sido valorado por los conciudadanos. Fue una guerra especialmente “sucia” y no era fácil analizarla como antecedente para lo que vendría después. Sin embargo, un crítico de cine escribía en 1985, con amargo humor, que “el personaje del excombatiente demente es algo tan típico y común que uno puede imaginarse a los hijos de los veteranos de Vietnam temblando entre las sábanas y preguntándose si su papi les deseará las buenas noches con un beso o con una sierra rotatoria”.

Después, en Irak y Afganistán ya no luchaba un ejército de reacios conscriptos sino las fuerzas profesionales del Estado, bien instruidas, dotadas y preparadas. A pesar de eso, en el primer decenio del presente siglo el índice de suicidios entre los veteranos alcanzó cifras alarmantes, así como las enfermedades mentales y los trastornos de depresión e inadaptación al regresar al hogar.

Los estudios realizados para ayudar a la reinserción de los soldados hacen hincapié en el sentimiento de culpabilidad tan común en los supervivientes, relacionado con la “solidaridad del grupo” inculcada en todo combatiente, sin la que las más cruentas acciones bélicas serían imposibles. Es esa disposición “a morir por otra persona, una forma de amor que ni las religiones son capaces de inspirar”, como escribe Sebastian Junger (Guerra, Crítica 2011) al describir el espíritu de compañerismo de todo guerrero. Culpabilidad no solo por seguir viviendo mientras el compañero moría ante sus ojos, sino también por recordar algo que hizo o que dejó de hacer en momentos críticos, y que ya no puede remediarse.

También influye negativamente el hecho de que el soldado que regresa percibe en ocasiones que tiene poco en común con las personas con las que vuelve a convivir, que en nada se parecen a sus antiguos compañeros con los que estuvo tan estrechamente unido. Esta sensación a veces degenera en hostilidad general hacia los demás, incapaces de entenderle y con los que no puede compartir sus recurrentes fantasmas. Como complicación adicional, es consciente de que durante su ausencia su familia, sus amistades, todo lo que era su mundo siguió activo sin su participación, lo que le inculca una sensación de superfluidad.

No es ajena a este problema la idea básica de que quien ha sido deliberadamente preparado para matar y ha conocido el poder absoluto que confiere un arma de fuego en sus manos corre el peligro de interiorizar esa sensación. Así aleccionaba Patton a sus soldados en Italia: “[Si un enemigo se presenta ante vosotros rindiéndose] tenéis que matarlo. Traspasadlo entre la 3ª y la 4ª costilla. Decídselo a vuestros hombres. Deben tener el instinto asesino. [El enemigo] nos reconocerá como matadores y los matadores son inmortales”. Desde 1943 hasta hoy las cosas han cambiado poco: “El que no puede matar fríamente a un prisionero, no tiene cabida en las fuerzas especiales”, se lee en un manual en vigor para las tropas de élite.

¿Es la familiaridad de los veteranos con las armas de fuego la que hace posibles incidentes como el antes mencionado? Haber matado “legalmente” en el campo de batalla ¿puede crear un peligroso hábito para la convivencia civilizada entre ciudadanos? ¿Es la ciega disciplina militar la que, al adiestrar al individuo para la guerra, lo convierte en un asesino potencial? Todo esto son cuestiones abiertas sobre las que psicólogos y militares trabajan sin encontrar una respuesta definitiva. Ésta, sin embargo, es de apabullante sencillez: “la guerra” es la única causa del problema. Mientras sea un instrumento aceptado al servicio de la política de los Estados o de los grupos que luchan por el poder, seguirá habiendo excombatientes traumatizados por la experiencia bélica, que en un momento de enajenación siembren en derredor la muerte y la desolación que conocieron en el campo de batalla.