El nuevo enemigo: Putin

El diario El País abría su edición del pasado lunes con un titular en portada a página entera: “Crimea se abraza a la Rusia de Putin”. Un lector inquisitivo se vería inclinado a preguntarse si es que existen otras Rusias, que no sean la de Putin y que le hubieran pasado inadvertidas, o si es que la única Rusia que conoce es “la de Putin”, con el sentido que el diccionario atribuye a la preposición “de”, denotando “posesión o pertenencia”.

Eliminados por absurdos ambos supuestos, es evidente que al titular de ese modo una crónica de la insuperable Pilar Bonet se estaba añadiendo un claro matiz opinante a lo meramente informativo; hubiera bastado algo así como “Crimea vota su anexión a Rusia”. Es el mismo tipo de matiz que, en tiempos pasados, se introducía al referirse a “la España de Franco” en lugar de simplemente a “España”.

El proceso que ha conducido a esta distorsión, ahora tan habitual, ha sido largo. En noviembre del pasado año el presidente Yanukovich decidió no picar en el anzuelo tendido por la Unión Europea (UE), en forma de tratado comercial, y mantener sus lazos con Rusia, con lo que las revueltas populares cobraron desmedida intensidad y creció la violenta represión gubernamental. El presidente ruso empezó a ser mostrado en los medios occidentales como el malo de la película desde que un mes después ofreciera al legítimo Gobierno de Kiev unas ventajosas condiciones económicas con las que pretendía inclinar de su lado la balanza política ucraniana.

A partir de ahí es bien conocida la escalada de violencia y la abierta intervención en el conflicto de EE.UU. y la UE, cuyos representantes visitaron y elogiaron a los rebeldes, contribuyendo a agravar la división del pueblo ucraniano entre prooccidentales y prorrusos. División que es el resultado de una larga y compleja historia en la que el pueblo ha sido la principal víctima, sufriendo las hambrunas de la época estaliniana, la brutal invasión de la Alemania nazi o los traslados masivos de algunas poblaciones allí residentes.

La UE estaba jugando con fuego en sus esfuerzos por atraer a Ucrania al bloque occidental, a sabiendas de que el más velado ofrecimiento de incorporación a la OTAN era algo que Moscú (con Putin o sin Putin) no podría aceptar jamás. ¿Es que solo Washington se reserva el derecho de establecer “líneas rojas” que otros países no deben cruzar?

La insistente demonización de Putin obedece a la sempiterna conveniencia de disponer de un enemigo claro y bien identificado. No como el actual terrorismo, que una vez muerto Ben Laden se ha convertido en una hidra cuyas cabezas nadie es capaz de localizar, con lo que el fracaso del antiterrorismo resulta inevitable. Algunos medios de comunicación occidentales exultan ante el nuevo enemigo. Digamos, en favor del diario antes aludido, que en su edición del pasado martes reproducía la opinión del catedrático de Derecho Internacional Antonio Remiro que, aislándose de la epidemia antiputin que nos aqueja, reconocía la validez de algunos argumentos rusos y afirmaba que “Occidente cosecha lo que ha sembrado”, pues al “perpetrar en Kosovo una independencia ilegal” perdió la credibilidad para dirigir reproches a Putin.

También en El País, un día después, otro catedrático de Derecho Internacional, Xavier Pons, aun negando validez al proceso secesionista consumado en Ucrania con el apoyo de Moscú, nos recordaba que “el Derecho Internacional ni reconoce ni prohíbe la secesión y se limita a reconocer las efectividades políticas que se presenten”. Según él, los intereses geopolíticos de las grandes potencias son los verdaderos determinantes (como en Kosovo) y sus papeles resultan a menudo intercambiables, en detrimento de la legalidad internacional.

Esas “efectividades políticas” son, en mi opinión, una doble puerta, que puede conducir, por un lado, a acuerdos y soluciones negociadas y, por otro, a la continuación de la política por otros medios, según la fórmula de Clausewitz. Esta última posibilidad parece por el momento descartable. Como se leía en el semanario estadounidense The Nation del pasado 10 de marzo, “El capitalismo impedirá una guerra fría en Ucrania”, porque “los hombres europeos de negocios no tienen interés en que se deteriore la situación internacional por culpa de Ucrania”. Entre ellos están las industrias de armamento europeas (suecas y francesas, en este caso) que seguirán suministrando a Rusia comme d’habitude.

Es indudable que los actuales acontecimientos en Ucrania aumentarán la brecha entre EE.UU. (con sus satélites europeos) y Rusia. Muchos son los que obtendrán ganancias de la actitud tomada por “la Rusia de Putin”: los dirigentes políticos y militares con tendencias belicistas a ambos lados del Atlántico; los partidarios acérrimos de la OTAN; los que propugnan el rearme y la instalación de sistemas antimisiles en Europa del Este; y los que en EE.UU. reprochan a Obama la reducción de los gastos de defensa, entre otros muchos. Esto, sin olvidar el inquietante auge de las ideologías pronazis en Kiev y el probable efecto de contagio a otros países de esta crítica región, propiciados por la actitud adoptada por EE.UU. y la UE ante el conflicto ucraniano. Nos esperan tiempos de zozobra.