La ayuda exterior de EE.UU.

En noviembre pasado The Washington Post informaba de que una mayoría de estadounidenses piensa que el 28% del presupuesto federal se dedica a la ayuda exterior, lo que haría a ésta superior a los gastos de defensa o a los de salud pública y seguridad social. Bien es verdad que salvo las excepciones de algunos Estados de la costa Este, Grandes Lagos y California, donde las vanguardias culturales, científicas y artísticas son admiradas y copiadas por el resto del mundo, la América rural que tan bien retrata la excelente película “Nebraska” (ahora estrenada en España), la de los Estados agrícolas de las llanuras centrales, se alimenta culturalmente de televisión y cerveza, vota a ciegas al partido republicano y expresa un olímpico desdén por todo lo que viene de fuera. No se le pueden exigir opiniones más elaboradas, si no son sobre las estrellas del fútbol “americano” o las cualidades de sus vehículos y camionetas.

Es esa América profunda la que más rechaza la ayuda exterior que se financia con sus impuestos y la que, como informó con sorpresa The Christian Science Monitor, quería rebajar la citada ayuda a un 10%, ignorando que esta cifra es diez veces superior a la ayuda real, cuya verdadera cuantía es solo de un 1% del presupuesto.

Chase Madar, abogado y periodista neoyorquino, ha profundizado en esta cuestión y ha descubierto que el principal beneficiario de la ayuda exterior de EE.UU. “no es un territorio empobrecido, poblado de niños hambrientos, sino una nación rica, con un PIB per cápita similar al promedio de la Unión Europea y superior a los de Italia, España o Corea del Sur”.

Además, el país tan espléndidamente tratado ha venido dedicando esa ayuda, casi exclusivamente militar desde 2008, a lo que podría llamarse una colonización a estilo siglo XIX. A finales de los años 40 del pasado siglo expulsó a una población autóctona de 700.000 habitantes de las tierras que reclamaba; en 1967 se apoderó de otros territorios contiguos que ha venido colonizando con casi 650.000 nuevos pobladores; ha troceado el país ocupado, lo ha sembrado de controles militares y de carreteras para uso exclusivo de los colonos y está construyendo un muro de 700 km cuyos efectos violan la legislación internacional.

“Limpieza étnica” sería el nombre, duro pero muy apropiado, para la expulsión de ciudadanos de sus casas y tierras por no pertenecer a la tribu adecuada, escribe Madar. Expresión que se aplicaría, sin duda alguna, en caso de ser el pueblo judío el que sufriera esta situación. Pero ocurre que Israel es precisamente el país que la lleva a cabo, gracias a la generosa ayuda estadounidense, y que son los palestinos los que padecen sus efectos.

Tanta o más preocupación suscita el hecho de que la ayuda de EE.UU. a Israel sea esencialmente militar: gases lacrimógenos, cazabombarderos, bombas dirigidas, misiles y helicópteros llegan a Israel desde EE.UU. en concepto de ayuda exterior. También EE.UU. ayuda a Palestina y, desde la llegada de Obama a la presidencia, lo hace con algo más de una cuarta parte de lo que dedica a Israel, aún así más del doble de lo que recibía en tiempos de Bush. Con esto se financia, entre otras cosas, la formación de las fuerzas palestinas de seguridad, a las que un mando militar de EE.UU. describió como “el tercer brazo de la seguridad de Israel”.

La desinformada opinión de EE.UU. tiende a ver a ambos bandos como iguales. Un conocido jurista comparó el papel de Washington con el de “un adulto que vigila un patio donde pelean con navajas unos pandilleros”, olvidando que uno de los bandos utiliza piedras, armas portátiles y cohetes variados mientras que el otro posee armas nucleares y el más moderno arsenal bélico proporcionado por la única superpotencia militar mundial.

Madar opina que armar a Israel es para los medios de comunicación estadounidenses “parte del orden natural del universo, tan indiscutible como la fuerza de la gravedad”; y que la cobertura que dan al conflicto árabe-israelí es como la novela de Agatha Christie en la que un narrador que en primera persona observa y describe fríamente los acontecimientos resulta ser el asesino.

Esa ayuda es un obstáculo para alcanzar la paz y una hipoteca estratégica y de seguridad para Washington. Los mandos militares que han dirigido las operaciones en Oriente Medio han sufrido los efectos del ilimitado apoyo de EE.UU. a Israel pues, como afirmó un general, “los árabes moderados que podían estar con nosotros no lo hacían por nuestra falta de respeto hacia los árabes palestinos”.

Los recientes esfuerzos de John Kerry para reiniciar las conversaciones de paz están, en consecuencia, condenados al fracaso o a nuevos aplazamientos sin fecha límite. Mientras el Congreso y la Casa Blanca sigan garantizando el flujo perpetuo de ayuda militar a Israel, su Gobierno no cambiará la política que adopta con los palestinos. Josh Ruebner, escritor y analista político estadounidense, ha escrito: “Si no fuera por el apoyo de EE.UU. a Israel, el conflicto hubiera sido resuelto hace mucho tiempo”. Quizá esto peque de cierto optimismo, pero es evidente que, de seguir todo como está, no hay solución razonable a la vista.