Trampas escolares con misiles nucleares

De un curso que realicé en EE.UU. recuerdo a un instructor que utilizaba un curioso método para que los alumnos sacáramos buenas notas en los exámenes, con lo que él mejoraba su calificación personal y se ahorraba conflictos con sus superiores. Cuando durante las clases aludía a algún asunto que iba a convertirse en pregunta del próximo test, golpeaba dos veces con el puntero en el suelo. No hacía falta más y los alumnos entendíamos bien su lenguaje simbólico.

Lo tomábamos a broma, pues se trataba de una asignatura secundaria que apenas afectaba al desarrollo del curso. No cabe duda de que si se utilizase un procedimiento análogo en asuntos de mayor trascendencia, el resultado podría ser calamitoso, al atribuir a los recién titulados de cualquier rama o especialidad unos conocimientos de los que carecen. La repercusión de tal engaño dependerá, claro está, de la actividad en cuestión: si los alumnos siguen un curso de jardinería no es lo mismo que si se trata de especialistas en el lanzamiento de misiles nucleares.

Esto es precisamente lo que ha denunciado un reciente artículo del International New York Times, donde se revelan unas trampas similares nada menos que entre los especialistas de misiles del Air Force Global Strike Command, (Mando de Ataque Global de la Fuerza Aérea), la rama de las fuerzas aéreas de Estados Unidos que controla los misiles intercontinentales y los bombarderos nucleares en los que se basa la estrategia final de disuasión o ataque del Pentágono.

Cuando se descubrió que en una base de lanzamiento de misiles treinta y cuatro oficiales habían hecho trampa en el test mensual de aptitud, los jefes superiores expresaron indignación por el hecho, pero casi nadie se sorprendió. Engañar en los test rutinarios ha venido siendo habitual durante años. Antes de entregar las respuestas a sus jefes, el instructor aconsejaba al examinando: “Vuelve a mirar la pregunta cinco” “Cuidado con la diez”. Se trataba de que, en una escala de 100, ninguno obtuviera calificación inferior a 90, para que todo continuara funcionando como era de costumbre.

Los oficiales “misileros” (missileers es como son conocidos en el argot militar) aducen que el engañar en los exámenes se debe a las serias consecuencia de no superarlos, entre las que se puede encontrar la obligación de permanecer un tiempo adicional de vigilancia en el interior de las estrechas cápsulas subterráneas desde donde se lanzan los misiles: “Los castigos por cualquier imperfección son tan severos, que inducen a los miembros de los equipos a trabajar juntos para que nadie falle”. Otras pruebas que han de ser superadas periódicamente, como los ataques simulados contra ciudades, están protegidas contra cualquier trampa. Un oficial explicaba: “Te destroza la vida confundirte en una pregunta, y además no tiene ninguna repercusión práctica el fallar alguna respuesta, por lo que todos nos ayudamos unos a otros”.

La historia es repetitiva: todos hacen trampa y, al ascender al escalón superior, aseguran que “no habrá tolerancia alguna frente a los engaños”, a la vez que miran a otro lado cuando éstos se producen por costumbre. Es algo tácitamente admitido por todos.

También ha salido a la luz el hecho de que entre las fuerzas de misiles reina cierto ambiente de desmoralización que ha ido creciendo al paso del tiempo. Destacados en lugares aislados e inhóspitos, se sienten olvidados tanto por sus jefes como por la opinión pública. Aunque manejan el más letal armamento del arsenal militar de EE.UU., con el que cualquier error puede tener consecuencias catastróficas, el foco de la atención pública ha ido desplazándose hacia los instrumentos de la guerra antiterrorista, los drones y las fuerzas de operaciones especiales.

Algunos de ellos piensan que están malgastando su tiempo a la espera de una guerra que nunca va a ocurrir. Desde el fin de la Guerra Fría, las misiones de disuasión nuclear han pasado a segundo plano dentro de la Fuerza Aérea de EE.UU. “Se nos había dicho que la disuasión nuclear garantizaba la seguridad de EE.UU. -comentó un misilero retirado-, pero con ocasión de los ataques terroristas de septiembre de 2001 me pasé cuatro días encerrado en la cápsula de lanzamiento, viendo en la televisión los efectos de los atentados. No solo fuimos incapaces de impedir la agresión sino que no pudimos hacer nada después”. Resulta difícil entender cómo los misiles nucleares podrían haber evitado los atentados; y más absurdo aún creer que el terrorismo podía castigarse con un ataque nuclear.

Trasladar lo ocurrido en EE.UU. a otros países también nuclearizados -Rusia, China, Francia, Reino Unido, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte- obliga a recordar que nuestra civilización ha creado un monstruo de no fácil control y enorme capacidad destructiva que, como el dinosaurio de Monterroso, “todavía estará allí” cuando despertemos, si alguna vez lo hacemos. No solo el cambio climático puede acabar con la humanidad a largo plazo, pues ésta posee también armas, siempre listas para entrar en acción, con las que es capaz de aniquilarse a sí misma en un plazo mucho menor.