La guerra también empezó en Kiel

Apenas son citados en las guías turísticas los dos canales marítimos excavados en las costas europeas en el último decenio del siglo XIX. El canal de Corinto, en Grecia, y el de Kiel, en Alemania, fueron abiertos con el mismo propósito que el canal de Suez, el más veterano de todos: acortar las rutas marítimas comerciales, con las consiguientes ganancias en tiempo y dinero que esto implicaba.

El canal de Corinto, por su poca anchura, solo es usado por la navegación de cabotaje, que evita tener que bordear las costas del Peloponeso; pero en torno al canal de Kiel hay bastante más que hablar, precisamente al hilo del centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial.

La razón inicial para construirlo fue también de índole económica, ya que los buques que navegan entre el mar Báltico y el del Norte abrevian su recorrido en unas 250 millas náuticas, al no tener que rodear la península de Jutlandia. Fue inaugurado por el Káiser Guillermo II en 1895. Pronto se impuso la idea de ensancharlo para que pudieran utilizarlo los más pesados buques de guerra; de ese modo, la flota alemana del Báltico podría desplazarse con rapidez al mar del Norte, donde estaba en juego la creciente rivalidad naval con Inglaterra.

Ambas potencias mantenían una pugna en torno al dominio de los mares, donde era hegemónica la armada de su majestad británica: Britannia rules the waves. Winston Churchill, entonces ministro de Marina, sugirió un entendimiento con Alemania para frenar la costosa carrera naval. Argumentó que para Inglaterra una potente flota era algo esencial, dada la extensión de su imperio, pero para Alemania “era un lujo innecesario”. Esto no fue bien recibido en el palacio de Potsdam, donde no se aceptaba una posición de inferioridad militar respecto a ninguna otra potencia.

En la pugna por crear imperios que venía enfrentando a las potencias desde el siglo XIX, Alemania había llegado con cierto retraso, y aunque poseía colonias en África y Oceanía, no estaban tan orientadas a la explotación económica como las británicas o las francesas. Para Alemania, el imperio colonial era más un símbolo de poder que una fuente de riquezas a explotar. Pero la tensión naval se incrementaba en torno al canal de Kiel, que, como hoy ocurre con el de Panamá, empezó a ser ensanchado, no para aumentar su tráfico comercial sino para dar paso a los grandes acorazados de la época, los dreadnoughts, que se habían convertido en los estandartes del prestigio de las naciones.

En los círculos gubernamentales y diplomáticos europeos parecía inevitable que iba a estallar una guerra, lo que aumentaba el temor de Alemania a ser rodeada. Von Schlieffen preveía un conflicto simultáneo con Inglaterra, Francia, Rusia e incluso Italia: “El peligro parece gigantesco”, escribió, con la total aprobación del Káiser.

Por otro lado, el comercio internacional no ponía reparos a los intercambios internacionales sin fronteras, y el turismo y los viajes mantenían vivos los vínculos entre todos los países europeos. Aún más: casi todos los jefes de Estado estaban emparentados entre sí y el Káiser se carteaba con el Zar en términos de amistosa intimidad.

En estas circunstancias, en junio de 1914 se celebró la regata anual del Elba, la llamada “semana de Kiel”, con brillantes festejos náuticos. Un escuadrón de buques británicos participó como huésped distinguido. Marinos de ambas escuadras convivieron en buena armonía e intercambiaron regalos. El historiador Martin Gilbert narra que el día 26, el Káiser, con el uniforme de almirante de la armada británica, título concedido por el rey de Inglaterra, subió a bordo del acorazado King George V, y dada su condición de máxima autoridad naval a bordo se permitió burlarse de un consejero de la embajada británica en Berlín, que había embarcado tocado con sombrero de copa: “Si lo vuelvo a ver, se lo aplastaré. No se llevan sombreros de copa en los buques de guerra”, exclamó, para regocijo de los presentes.

El día 27 por la tarde hubo una recepción en el acorazado británico en honor de los marinos alemanes. El citado diplomático escribió: “Me impresionó la gran cordialidad existente entre los alemanes y nuestros marinos”. Al día siguiente tuvo lugar una regata en la que participó el yate del Káiser y que fue seguida atentamente por ingleses y alemanes. Durante ella el Káiser recibió un telegrama: el archiduque Francisco Fernando, heredero al trono de los Habsburgo, a quien había visitado pocos días antes, había sido asesinado en Sarajevo junto con su esposa. La regata fue suspendida, los festejos anulados y el Káiser regresó apresuradamente a su palacio de Potsdam.

El 25 de julio el primer acorazado alemán atravesó el ensanchado canal de Kiel, mostrando que la flota alemana podía navegar libremente entre el Báltico y el mar del Norte. Toda confraternización a bordo entre marinos de ambos países había concluido. Hubo que esperar a la Navidad de ese año para que intentos parecidos brotaran en las trincheras de los soldados de tierra. Después, ya no hubo más tentativas de cordialidad. En la medianoche del 4 de agosto de 2014, cinco imperios estaban enfrentados entre sí. La guerra impuso su ley y la muerte se cernió sobre los campos de batalla.