¡Vivan las ‘caenas’!

Son muchas las cosas procedentes de EE.UU. que han sido tan bien asimiladas por nuestra cultura al paso de los años que hoy nos parecen consustanciales con ella, como ocurre en otros países europeos. Algunas son inocuas, como los crucigramas, que nacieron en la prensa neoyorquina, los pantalones tejanos o bluyines (neologismo ahora añadido al diccionario de la RAE) y hasta la fiesta del halloween, que por su origen celta fue exportada a EE.UU. por los emigrantes irlandeses, de donde la hemos importado con toda su parafernalia comercial, aunque con ello hayamos enviado al baúl de los recuerdos a nuestro candoroso y tradicional Día de los inocentes.

No todo lo que de allí importamos tiene naturaleza tan lúdica o inofensiva como los tres casos citados. Chase Madar es un abogado residente en Nueva York, escritor y periodista, colaborador asiduo en varios medios internacionales. Acaba de publicar un interesante ensayo sobre algo que preocupa en amplios sectores de la sociedad estadounidense: la creciente criminalización de la vida cotidiana de los ciudadanos o, como titula él mismo, The Over-Policing of America (Los excesos policiales en EE.UU.), y subtitula Police Overkill Has Entered the DNA of Social Policy, que podría traducirse como “La exageración policial ha penetrado en el DNA de las políticas sociales”.

Dada nuestra probada capacidad asimilativa de todo lo foráneo, conviene saber de qué va la cosa, sobre todo cuando nuevas leyes o modificaciones de las existentes podrían apuntar en España en una dirección no muy distinta a lo que Madar critica en su país. Así comienza el texto: “Si todo lo que usted posee es un martillo, todas las cosas le empezarán a parecer clavos. Y si el único instrumento son la policía y los tribunales, antes o después todos y todo será abordando como si fuera delincuencia. Este es, cada vez más, el modo americano de vivir, un camino que implica ‘resolver’ los problemas sociales (e incluso lo que no son problemas) enviando la policía, generalmente con resultados desastrosos. [Es algo que] hubiera sido impensable hace solo una generación”.

Según Madar, la intervención policial empieza ya en la vida de los más jóvenes ciudadanos. Eso le ocurrió a un niño de siete años en una escuela del barrio neoyorquino del Bronx, detenido e interrogado durante varias horas, acusado de robar 5 dólares a un compañero de clase, de lo que al fin resultó inocente. Cuando la madre fue a recogerlo, lo halló aterrorizado y esposado a la pared. La foto que sacó fue portada del New York Post (30 enero 2013) y ha dado la vuelta al mundo. “De la escuela a la cárcel”, sugiere Madar, indicando que los métodos policíacos para tratar con los niños -como hacerles pasar todas las mañanas por un detector de metales- crean las bases psicológicas de la criminalización, sin que por ello se evite la violencia en las aulas, como se comprueba fácilmente.

Pero los jóvenes crecen y, ya adultos, corren el peligro de ser también detenidos si un policía de paisano sospecha que alguien carece de las pertinentes licencias para su negocio y procede a esposarle delante de sus clientes, como le ocurrió en Columbus a la propietaria de una tienda especializada en bodas. O a un cultivador de orquídeas de 65 años, cuya casa fue espectacularmente rodeada y asaltada por policías en uniforme de combate, registrada a fondo sin miramientos y él enviado a prisión, después de que un policía, también de paisano, le comprara unas flores y éstas le fueran entregadas sin la documentación debida. Madar recoge otros ejemplos en distintos ámbitos de la sociedad: viajes, inmigración, cibernética, sexo, discriminación racial y social, familia… para terminar preguntándose “¿Vivimos de verdad en un Estado policial?”. Hay cada vez más ciudadanos que anteponen la seguridad a todo lo demás, según varias encuestas. Para garantizar aquélla, la Universidad estatal de Ohio ha adquirido un vehículo de combate acorazado MRAP, como los utilizados en Afganistán, comprado al Pentágono como material obsoleto, del que se dice que puede resistir “disparos, minas, explosivos improvisados y combatir en ambiente nuclear, biológico y químico”. Un jefe de policía lo justifica: “En una era de ataques terroristas contra EE.UU. y asesinatos en las escuelas, la policía necesita todo lo que pueda conseguir. Ese vehículo disuadirá a los narcotraficantes y a quienes fueran a recurrir a la violencia”.

Es un caso claro de militarización de los servicios policiales, sean estatales o privados, que en esto en EE.UU. se hacen hoy pocas diferencias. Sospechar que hay delincuentes por todas partes produce un aumento de la población tras las rejas; el índice de encarcelados es en EE.UU. el mayor del mundo, según Madar: “el triple que en la antigua Alemania Oriental”. Si se trata de negros, “unas cinco veces mayor que el de la URSS en la época de los gulag”. Esto convierte a las cárceles privadas en un provechoso negocio en expansión.

Si un individuo contratado por una empresa privada de seguridad está autorizado a registrarle y a detenerle a usted, atareado ciudadano en sus compras navideñas, solo porque sospecha que usted es un potencial delincuente, se están dando los primeros pasos hacia lo que denuncia Madar. Y si, además, usted piensa que de ese modo se garantiza su seguridad personal, porque así se hacen las cosas en EE.UU., debería unirse en espíritu a aquellos españoles que al grito de “¡Vivan las caenas!” se engancharon a la carroza del llamado Rey Felón en su regreso triunfal al trono del Palacio Real madrileño. No tendrá más seguridad, pero sí más cadenas.