Los caudillos iluminados

Por estas fechas hace dos años salieron de Irak las últimas tropas de EE.UU., siguiendo los pasos de los demás ejércitos aliados que ya habían abandonado el país, tras contribuir a su invasión y posterior ocupación, incluido el contingente español. Ocho años antes había comenzado la arrogante invasión de las tierras mesopotámicas bajo el conocido lema Shock and awe, cuya mejor traducción a nuestra lengua sería “Fuerza abrumadora” (aplastante o apabullante, a gusto del lector).

Se trataba de aplicar la doctrina militar concebida en la Universidad de Defensa de EE.UU. a finales de los años 90, cuya finalidad era alcanzar con rapidez el dominio de la situación terrestre mediante la acumulación masiva de fuerza militar incontestable y su aplicación violenta y concentrada. La más potente superpotencia jamás conocida iba a poner en práctica sus propias teorías estratégicas, basadas en su superioridad militar, para lograr los objetivos políticos propuestos. Así lo creían en la Casa Blanca y en el Pentágono.

El resultado no ha podido ser peor. Hoy Irak está sumido en una guerra de facciones enfrentadas; explotan bombas en sus ciudades e innumerables ciudadanos mueren a diario como resultado de la violencia terrorista. Nada de esto ocurría bajo la tiranía de Sadam Hussein. Fue necesaria la ocupación aliada del país para convertir a Irak en un fructífero semillero de terroristas islámicos y en un campo de pruebas para sus tácticas más comunes: secuestros, coches bomba, asaltos, explosivos de confección casera y toda la panoplia terrorista que hoy no conoce fronteras.

Muchos soldados del extinguido ejército iraquí a las órdenes de Sadam, irreflexivamente disuelto por los invasores al comienzo de las operaciones, se han alistado en el ejército fantasma del supuesto Estado islámico de Irak y Siria. Atrás quedan los años en que Irak fue un peón de la estrategia de EE.UU. para frenar la influencia de Teherán en la zona. Tras la catastrófica ocupación de Irak, el país se ha convertido en aliado de Irán.

Fueron muchos los errores estratégicos de EE.UU. a raíz de los atentados del 11-S, que condujeron a tan negativa situación. Como ya expuse entonces, afrontar con una guerra un acto de terrorismo fue la raíz de todo lo que vino después. EE.UU. no sufrió aquel día el ataque de un ejército enemigo sino el terrorismo de un puñado de fanáticos. No pretendían derrotar a EE.UU. sino lograr un objetivo muy común del terrorismo: reclutar adeptos para su causa en todo el mundo, mostrar la vulnerabilidad del enemigo e inducirle a responder de modo desproporcionado, a fin de sumar a su causa a los pueblos (en este caso, los islámicos) todavía reacios a tomar partido.

Tras los atentados, Ben Laden esperaba la invasión de Afganistán y la propaganda favorable que esto le supondría cuando en todo el mundo las televisiones difundieran el sufrimiento del pueblo afgano, invadido y atacado. Pero lo que no esperaba era el regalo adicional de la invasión de Irak, que nada había tenido que ver con el asunto y que, por su mayor relevancia como Estado, habría de tener muy amplias repercusiones en el mundo musulmán, reforzando la teoría sustentada por Al Qaeda de que Occidente emprendía un cruzada contra el Islam.

Muy poco después del 11 de septiembre de 2001, Bush se reunió en la Casa Blanca con sus más inmediatos colaboradores y, según Richard Clarke, el jefe de la oficina antiterrorista, tuvo lugar esta conversación:

Bush: “Sé que tenéis mucho que hacer, pero quiero que, lo antes posible, veáis si Sadam hizo esto…”

Clarke: “Pero, Sr. Presidente, al Qaeda lo hizo.”

B: “Ya lo sé, ya lo sé. Pero mira a ver si Sadam está implicado. A ver si hay algún indicio…”

C: “De acuerdo, así lo haremos otra vez”, intentando mostrarse respetuoso y cooperativo. Y siguió: “Pero, como usted sabe, hemos buscado ya si algún Estado patrocina a Al Qaeda, sin encontrar ningún vínculo con Irak. Irán sí interviene algo, como Pakistán, Arabia Saudí y Yemen”.

B: “Investigad a Sadam”, insistió tercamente Bush y abandonó la reunión.

Pocos días después le dio una orden verbal a Rumsfeld, el Secretario de Defensa: “Prepara un plan para invadir Irak. Hazlo fuera de los canales normales y hazlo creativo, para que no tengamos que darle mucha cobertura”. Daba así los primeros pasos de su ansiada guerra total contra el terror.

La obcecación de los dirigentes iluminados por una idea compulsiva suele ser nefasta para su país y para el resto del mundo. La misma cerrazón con la que Hitler aniquiló frente a Stalingrado sus mejores tropas, inspirado por su creencia en una predestinación infalible, llevó a Bush a embrollarse en el avispero de Irak, del que EE.UU. hubo luego de salir precipitada y deshonrosamente, y del todavía surgen los venenosos aguijones que hieren por doquier sin que se vea solución al estropicio cometido. Pero no se culpe solo a los caudillos iluminados: en su entorno suelen trabajar asesores y consejeros, de muy alto nivel, cuya obligación es la de prevenirles contra los errores propios de quienes se creen infalibles, porque han sido cegados por el ejercicio del poder.