El eterno fantasma de las armas nucleares

Una de las consecuencias del largo proceso que ha permitido alcanzar un acuerdo internacional sobre el programa nuclear iraní ha sido el estrechamiento de vínculos entre Israel y Arabia Saudí (que ya venían siendo dos peones básicos de la política estadounidense en la zona), sin olvidar a los Emiratos Árabes Unidos, en cierto modo satélites de Arabia. Todos ellos han sumado su oposición al acuerdo y la han expresado a su manera, aunque coincidiendo en una repulsa común de la política de Obama.

Pasemos por alto el anómalo y ya familiar hecho de que la superpotencia americana se apoya, para su política en Oriente Medio, en dos países que también tienen algo de anómalos: el Estado judío de Israel, que incumple sistemáticamente las normas que rigen para los demás sin sufrir las consecuencias de su repetida insolencia, y la gerontocracia teocrática que gobierna Arabia Saudí, cuya riqueza en recursos naturales le permite soslayar descaradamente el respeto a los más elementales derechos humanos, sin ser vilipendiada por ello. Pero sabido es que la política hace extraños compañeros de cama y los intereses priman sobre cualquier otra consideración.

Lo cierto es que el programa nuclear iraní ha quedado paralizado, aunque no haya tenido que destruir centrifugadoras -como deseaba Netanyahu- y pueda seguir enriqueciendo uranio, como cualquier otro país. Además, al menos durante los próximos seis meses, Irán no podrá sorprender al mundo con una bomba nuclear. Un aspecto satisfactorio para la comunidad internacional es el establecimiento de un serio régimen de inspecciones, a cargo de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, que hará imposible que Irán se aproxime a la fabricación de su primera bomba sin que Naciones Unidas lo advierta anticipadamente.

Lo más difícil está aún por venir: son los seis meses de negociaciones para concertar los términos definitivos del programa nuclear iraní, ya que el acuerdo ahora alcanzado es solo una solución temporal con objeto de desactivar la actual crisis. Las perspectivas son poco alentadoras, porque en el fondo de este asunto subyace el problema de la proliferación nuclear en la zona, iniciada por Israel y agravada luego por India y Pakistán. La razón última del embrollo reside en que las potencias que ahora tratan de frenar a Irán son las que han confirmado, ante toda la comunidad internacional, el hecho de que los miembros del “club nuclear” poseen privilegios políticos vedados a todos los demás, lo que de por sí constituye una incitación permanente a sumarse a él.

A complicar más la cuestión ha contribuido Arabia Saudí con la amenaza de iniciar por su cuenta un programa nuclear, con ayuda de Pakistán, dado que considera el acuerdo como una rendición en toda regla de EE.UU. a la voluntad de Teherán. Esto apuntaría a un peligroso futuro donde las armas nucleares de Irán (chiíes) y las de Arabia Saudí (suníes) reavivarían la competición política en la zona. Esto pondría los pelos de punta a Netanyahu, cuya sistemática negatividad al reciente acuerdo e inapelables exigencias para garantizar la seguridad de Israel más allá de cualquier límite razonable, son factores de permanente inestabilidad y aumentan la desconfianza general.

Por el momento, no obstante, parece alejarse el temor a una aventurada acción de Israel, bombardeando por su cuenta las instalaciones nucleares iraníes con ese peculiar estilo cuyas habilidades ya mostró en Irak en 1981 y en Siria en 2007. Esta vez, una acción análoga tendría una repercusión tan negativa en la comunidad internacional, que apoya el acuerdo ahora alcanzado, que en la práctica constituiría un suicidio político. Israel necesita a EE.UU. más que a la inversa, a pesar de que el poderoso grupo de presión judío siga ejerciendo desproporcionada influencia en la política estadounidense. El conocido dilema de Netanyahu -la elección entre la bomba iraní o el bombardeo de Irán-, parece perder validez, ya que la bomba iraní de momento se aleja hacia el futuro.

El problema está aún lejos de una solución definitiva, y es el pueblo iraní el que, por efecto de las sanciones todavía activas, sufre las consecuencias de la desequilibrada situación internacional, creada y sostenida en torno a las armas nucleares por los Estados que las poseen y no están decididos a prescindir de las ventajas que su posesión otorga.

Para terminar, sorprende la insistencia de algunos comentaristas en desconfiar de la “buena fe” del Gobierno iraní. ¿Por qué recelar solo de Irán? ¿Es que la buena fe de EE.UU., Israel, Rusia o Europa se da por descontada? Aún más: ¿es que es habitual la buena fe en las relaciones internacionales? Por ejemplo, y sin ir muy lejos, ¿hubo buena fe en la descolonización española del Sahara Occidental?

Aquella división del mundo propiciada desde Washington, señalando a unos países como el “eje del mal”, por contraposición a los “buenos” (los fieles aliados), parece haber penetrado tanto en el pensamiento occidental que cuesta recordar que todos los Estados, en el fondo, actúan de acuerdo con unos principios bastante similares de estrategia política. Esta es la realidad que enseña la Historia y que ayuda a vencer los prejuicios que impiden valorar la realidad con la deseable objetividad.