Hacia la guerra sucia permanente

Desde que Obama se alzó al trono de la Casa Blanca, ha ido armando un trípode sobre el que se apoya su política exterior. Sus tres pies son: los servicios secretos de espionaje e información; la llamada “aviación privada” del presidente: los aviones de ataque sin piloto o drones; y los comandos operativos de las fuerzas especiales. Política exterior que se desarrolla bajo el influjo obsesivo y dominante de la “guerra contra el terror” que impuso su antecesor en la presidencia y del que él no ha logrado librarse, si es que en realidad lo ha deseado alguna vez.

El trípode está perfectamente conjuntado: los servicios de información proporcionan datos de los presuntos terroristas y éstos van siendo eliminados a medida que se presentan las oportunidades, sea al “estilo Ben Laden”, es decir, mediante un asalto ejecutado por las fuerzas especiales, sea mediante los misiles de un drone controlado a distancia. El sistema parece funcionar con fluidez, según se leía en The Washington Post en octubre de 2012: “El asesinato selectivo es ahora tan rutinario que el Gobierno de Obama ha dedicado gran parte del año pasado a codificar y racionalizar los procesos en los que se basa”.

Parte de esa racionalización fue el desarrollo de la llamada “matriz de eliminación” (disposition matrix), una tabla donde se ordenan sistemáticamente los nombres de los supuestos terroristas y los recursos a utilizar para su neutralización. Es el modo de definir al enemigo en esta nueva guerra; un enemigo inagotable y eterno, porque ni Obama ni Bush han sabido todavía puntualizar con claridad los parámetros de la guerra contra el terror, ni hay visos de que nadie sea capaz de aclarar esta cuestión en un futuro inmediato.

Un funcionario dedicado a ella lo explicó así: “No podemos matar a todos los que pretenden hacernos daño. Pero es una parte indispensable de nuestro trabajo… No esperamos alcanzar en diez años un mundo donde todos se den la mano y proclamen que aman a EE.UU.” Se necesitarán más de diez años, es lo que viene a decir. Se agradece la franqueza con que a veces se expresan algunos de los que ejercen el poder en ese país, cosa a la que tan poco acostumbrados estamos los españoles.

El jefe de la CIA participó a fondo en el refinamiento del proceso: “El sistema funciona como un embudo, que recibe información de media docena de agencias y se afina tras varios niveles de revisión”; la matriz refinada es presentada por la CIA al presidente, que es quien personalmente decide las acciones a ejecutar.

Así pues, el embudo empieza en lo que estos días viene siendo motivo recurrente de discusión: el espionaje omnicomprensivo de las comunicaciones que tienen lugar en cualquier lugar del mundo y bajo cualquier forma o medio de transmisión. Tenga en cuenta el lector que ahora solo estoy refiriéndome a la fracción del embudo que conduce a la eliminación física del sospechoso. El resto de la información (nadie pensaría que la Sra. Merkel iba a ser atacada por un drone tras ser espiadas sus conversaciones telefónicas) se encamina por otros conductos menos violentos pero no menos eficaces para los intereses del país que maneja, casi en exclusiva, este tinglado. Digamos, de paso, que la exclusividad del sistema estadounidense no le impide utilizar los servicios de inteligencia de los demás Estados, en función de los intereses comunes que les unan.

Poco nos importan a los demás ciudadanos, ni en EE.UU. ni en el resto del mundo, las disquisiciones en las que se abisman los políticos estadounidenses al tratar de definir qué es una amenaza, cuándo es inminente, quién puede amenazar y cómo puede hacerlo, con el fin de determinar, en consecuencia, quiénes son los que han de ser fulminados por el rayo justiciero que dispara el citado embudo en forma de drones o de comandos especiales. Una colección de razonamientos disparatados ha surgido por tal motivo, como este: “Designar a un dirigente operativo [nombre oficial para aludir a los terroristas potenciales] como capaz de representar una amenaza inminente de ataque contra EE.UU. no nos exige disponer de pruebas claras de que en un futuro inmediato atacará a nuestro país”. Dicho de otro modo: se puede calificar a cualquier persona de peligro inminente, con tal de que un par de suposiciones, prendidas con alfileres, le señalen como tal.

Las filtraciones de Snowden sobre la vasta red de espionaje manejada por EE.UU. y el Reino Unido, y con la que han colaborado los servicios de inteligencia de otros países aliados, solo señalan el punto inicial de unas actividades que llevan a la humanidad por un camino descendente en el orden moral; una cadena de venganzas y asesinatos, más propia de una mafia organizada que de un Estado de derecho. La guerra contra el terror se está convirtiendo en una guerra sin fin, perpetua. Y, lo que es aún peor, amenaza con transformarse en la guerra sucia por excelencia, dados sus métodos operativos, los insospechados recursos tecnológicos puestos a su disposición y los vacíos legales por donde se mueve. Esto no es solo responsabilidad de EE.UU.: todos los Estados y todos los pueblos participan en ella en algún grado, porque crece la tendencia a cerrar los ojos cuando se agita el amenazante espantajo del terrorismo universal y eterno.