Réquiem por la privacidad

No es preciso ser un experto informático para saber que las comunicaciones por internet utilizan a veces procedimientos de cifrado para evitar que los textos que circulan por la red puedan ser observados por personas ajenas, sean éstas delincuentes o funcionarios del Estado. Aunque se puede utilizar el cifrado a voluntad del usuario con los programas informáticos habituales, mediante certificados de fácil adquisición, esto no suele ser necesario en los mensajes ordinarios, y la mayoría de los que utilizamos el correo electrónico lo hacemos “en claro”, por utilizar la expresión común de los criptógrafos para aludir a los textos no cifrados.

Pero el creciente número de personas que utilizan internet para sus transacciones bancarias ordinarias, aún sin saberlo ellos mismos, lo hacen mediante mensajes cifrados automáticamente. El pequeño candado que aparece en la pantalla en algunos casos, o la letra “s”(secure) que se añade al código http, nos indica que lo que enviamos y recibimos ha sido cifrado y, por tanto, está protegido en condiciones normales. Eso sucede, por ejemplo, con la declaración telemática del IRPF ante la Hacienda pública y en otras transacciones de compraventa con operaciones de pago o cobro. Gracias a esta garantía de privacidad se realizan cibernéticamente muchas actividades habituales de la vida cotidiana.

Pero lo que hasta ahora parecía inviolable y asegurado por la legislación y por la tecnología lleva camino de dejar de serlo. Dos acreditados diarios, el estadounidense The New York Times y el británico The Guardian, han publicado que tanto la ya famosa NSA (National Security Agency) como su equivalente británico el GCHQ (Government Communications Headquarters) se han confabulado para romper y descifrar los citados sistemas criptográficos. Ambos diarios han comprobado, en contacto con las citadas agencias, que lo publicado no favorecería a sus posibles “enemigos”, facilitándoles el cambio de sus sistemas de cifrado para eludir la omnipresente vigilancia de los nuevos espías. Estos que ya no se juegan la vida infiltrándose en la KGB soviética o en la temible Stasi germano-oriental, sino que se dedican a vigilar a los ciudadanos corrientes, con mucho menos riesgo, mayores recursos y toda la protección de sus Estados.

Un documento secreto del GCHQ fechado en 2010 revela: “Durante el pasado decenio, la NSA ha dirigido un esfuerzo agresivo desde múltiples frentes para penetrar en las tecnologías de cifrado más utilizadas en internet”. En consecuencia, “enormes cantidades de datos cifrados de internet que antes eran descartados son ahora utilizables”.

Un criptógrafo de Harvard ha declarado lo que todos sabemos: “La criptografía es la base de la confianza en la red”. Y añade: “Socavando deliberadamente la seguridad cibernética, en un miope intento por escucharlo todo, la NSA está minando el verdadero tejido de internet”.

Snowden denunció la intromisión de la NSA en las comunicaciones privadas mediante el programa PRISM, con un coste de unos 20 millones de dólares al año; pues bien, el nuevo programa revelado ahora por la prensa internacional costará 255 millones anuales para “comprometer activamente a las empresas de tecnología informática, en EE.UU. y en el extranjero, e influir o forzar el diseño de sus productos comerciales”. No solo se ha encontrado la forma de penetrar en las “cuatro grandes” (Hotmail, Google, Yahoo y Facebook), sino que también se trata de crear “vulnerabilidades” en los programas comerciales de cifrado, conocidas solo por la NSA e ignoradas por los usuarios, a los que en algún documento interno se define como “adversarios”.

¿Por qué apenas protestamos por esta megavigilancia a la que estamos sometidos? Esas prácticas de espionaje doméstico, por las que en el pasado se recriminaba a los “países del Este” y que tanto repugnaban a los libres y democráticos ciudadanos occidentales ¿han venido para quedarse definitivamente entre nosotros? Si la revelación del régimen de vigilancia que se extiende por el mundo es noticia destacada ¿no lo es más la falta de reacción popular ante lo revelado?

¿Es el miedo que se inculca en los ciudadanos el que inhibe una respuesta ante este persistente ataque a la libertad y a la privacidad? ¿O es el cobarde respeto ante la supuesta omnipotencia de temibles agencias estatales que todo lo saben sobre uno, todo lo pueden y carecen de límites en sus desmanes? El nuevo enemigo de la libertad y la privacidad es casi invisible y apenas influye en nuestras vidas, porque el hecho de que en secreto se vayan rellenando fichas y expedientes que contienen todo sobre nosotros nos pasa inadvertido. ¿Es que hemos olvidado lo difícil que en la Historia ha sido crear y conservar sociedades libres?

Adenda: Si el futuro que este comentario deja entrever no satisface al lector, le recomiendo que vea “El espíritu del 45″, el último filme de Ken Loach sobre la construcción y la destrucción del Estado de bienestar en el Reino Unido, bastante de lo cual es directamente aplicable a nuestra desdichada España. Y donde se percibe que la capacidad de indignación de los ciudadanos puede ser la única salida practicable a una situación cada vez más deteriorada.