La mitología de las armas

Los planes de EE.UU. para ejecutar una operación de ataque a Siria y la tensión internacional que esto ha desencadenado obedecen, a mi entender y entre otras causas, a que Obama se ha dejado atrapar por lo que se puede llamar la “mitología de las armas”. Lo hizo cuando estableció una “línea roja” en el uso de armas químicas por el Gobierno de Damasco, línea que si era traspasada le obligaba a utilizar la fuerza militar si no quería ser tachado de débil por sus enemigos políticos y dañar el prestigio de la superpotencia americana. Sin otras salidas viables, enredado en su propia decisión, su problema ahora ya no es decidir si atacará, sino cuándo y cómo lo hará, cuestión a la que se dedican con entusiasmo los medios de comunicación.

Bien es verdad que ser deslumbrado por la mitología de las armas no es exclusivo del presidente de EE.UU. y de los que hoy le apoyan en sus decisiones, incluyendo una cierta opinión pública que, como afirmaba un prestigioso periodista y escritor francés en “El País” del pasado lunes, considera que “no hacer nada sería aceptar la banalización de las armas químicas”. Hasta los organismos internacionales más influyentes han venido cayendo sistemáticamente en la trampa de esforzarse por decidir qué armas son prohibidas y cuáles son, por el contrario, legales. Las razones que aducen son a menudo coyunturales y basadas en la opinión pública del momento, como ocurrió con las llamadas “bombas de racimo”: fueron prohibidas porque dejan sobre el terreno artefactos explosivos que un niño puede confundir con un juguete. En este caso se trata, evidentemente, de una razón humanitaria. No todas lo son.

¿Por qué es lícito matar destrozando un cuerpo humano con la retorcida y ardiente metralla violentamente proyectada por un explosivo (también químico, cómo no) y, por el contrario, se prohíbe hacerlo difundiendo gas sarín en el entorno? ¿Por qué las armas nucleares forman parte del arsenal de algunas potencias, que en ellas basan sus estrategias definitivas, si sus efectos son más letales que la combinación de cualquier otro tipo de arma? Y si en Ruanda fueron asesinadas en 1994 más de 800.000 personas, utilizando “machetes, azadas, hachas y cuchillos”, ¿no es fácil entender que cualquier instrumento puede ser un “arma de destrucción masiva”, según el modo como se utilice? Estos son los espejismos producidos por la mitología de las armas, con los que tan fácil es deslumbrarse.

Como viejo artillero he podido reflexionar algo sobre este asunto. Entre 1500 y 1800 se produjo la que el historiador británico Geoffrey Parker ha llamado “revolución militar” (véase la indispensable obra del mismo título en Ed. Crítica, Barcelona 1990), basada en el desarrollo de la artillería. Desarrollo que, además de revolucionar el arte de la guerra, incidió decisivamente en la política al poner en manos de los reyes un arma que les dio el poder definitivo para avanzar hacia el absolutismo.

Cervantes no fue ajeno al hecho, y en boca de Don Quijote dice: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención”. Y justifica su rechazo a las nuevas armas porque “un infame y cobarde brazo [el que dispara el arma de fuego] quite la vida a un valeroso caballero [con] una desmandada bala [que] corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos”. Así pues, Cervantes consideraba una vileza abatir a distancia a los nobles caballeros que espada en mano afrontaban los riesgos del combate cuerpo a cuerpo. Si de él hubiera dependido, las armas de fuego habrían sido declaradas ilegales, no por motivos humanitarios, como las bombas de racimo, sino por razones de honor militar.

No solo Cervantes abominó del fuego artillero. Más de medio siglo antes Ariosto, en “Orlando furioso”, tras preguntarse cómo “pudo encontrar lugar en el corazón humano una invención tan salvaje”, atribuía a la artillería haber “destruido la gloria militar y haber arrebatado el honor a la profesión de las armas”. Corriente de opinión a la que no vaciló en unirse Quevedo, que en su silva denominada “Execración contra el inventor de la Artillería” considera “indigno de las voces de la fama” el uso de “la llama en cóncavo metal, máquina inmensa”: el cañón “derribará la torre y la muralla, vencerá la batalla y dejará burladas mil confianzas en armas bien templadas”.

Si Ludovico Ariosto, Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo hubieran sido voces relevantes en alguna institución internacional de su época, tenga el lector por seguro que los cañones y demás armas de fuego hubieran sido entonces considerados armas prohibidas porque destruían conceptos tan sagrados como el honor y el valor personal. Aún hay quien formula hoy análogo reproche al uso de los drones, tan apreciados por Obama. Es otra cara de la misma mitología.

En esas estamos y es descorazonador leer al periodista francés antes citado que, deslumbrado por la mitología de las armas, apoya “unos ataques aéreos limitados y breves, destinados por tanto a no tener sino un alcance simbólico”. ¡Extraña simbología! que no tendrán tiempo de descifrar las inevitables víctimas colaterales de esos ataques, porque bombas y misiles serán símbolos para los gobernantes de los países que con las armas se esfuerzan en promover sus propios intereses, pero sus víctimas no suelen tener voz en los discursos triunfales de la posguerra: todo lo más, un cementerio militar y algunos monumentos conmemorativos.