Vienen a por mi, pero es demasiado tarde

Discutir sobre las ventajas o inconvenientes de la globalización es algo que no suele conducir a nada. Hay quien se queja de que al comprar un bote de pimientos “del Piquillo” descubre en la etiqueta que han sido cultivados en Chile y se siente algo estafado. Otro compra en un mercadillo una prenda de vestir que le cuesta veinte veces menos que su equivalente en un comercio elegante, gracias a que ha sido fabricada también en Bangladés. En otro plano, salta a la vista la injusticia que implica globalizar el capital y sus beneficios, pero que impide “globalizar” a las personas que buscan trabajo y mejores condiciones de vida en otro país. Sin ahondar más en el asunto, es claro que la globalización es cosa que beneficia a unos pocos -a los de siempre- y perjudica a otros.

Snowden puso de manifiesto ante todo el mundo que la globalización también abarca a los servicios de información: a los de EE.UU. sobre todo, ya que él trabajó para ellos, pero también a los de otras potencias que no quieren ser menos que el gran amigo americano. Revelaciones filtradas a la prensa internacional el mes pasado mostraron que la famosa National Security Agency (NSA) captó y recopiló en el mes de marzo 97.000 millones de “elementos de inteligencia”, espiando en las redes informáticas de todo el mundo. Ha leído bien, amigo lector: cada elemento de inteligencia puede ser un correo electrónico, una página web consultada, un texto enviado o cualquier actividad como las que usted y yo realizamos a diario al abrir nuestros ordenadores.

El sistema tiene un nombre familiar: boundless informant, es decir, el “informador sin fronteras”. Es un nombre muy apropiado para la llamada “comunidad de inteligencia” de EE.UU., para la que el planeta carece de límites y donde las conexiones de internet son los tentáculos que abarcan el mundo. Un mapamundi creado por la NSA, que representa la cobertura del espionaje universal, fue publicado el pasado 11 de junio en el diario The Guardian y clasifica a los países según la intensidad de la vigilancia informática a la son sometidos. El récord lo ostenta Irán, del que se extraen 14.000 millones de esos “elementos” al mes; le siguen Pakistán (13.500), Jordania (12.700), Egipto (7.600) e India (6.300).

Sin tener acceso directo a la NSA no se puede conocer con exactitud las cifras de otros países, como la que correspondería a España, pero el código de colores del mapa permite deducir que nuestro país ocupa un lugar secundario en lo que respecta a la curiosidad de la NSA. Ésta dedica más esfuerzos a espiar a sus propios ciudadanos, a China, Alemania, Arabia Saudí, Siria, Kenia, Turquía, Afganistán, e incluso a Rusia, Brasil, Francia y el Reino Unido, que a los pacíficos, sufrientes y resignados ciudadanos que habitan la piel del toro, estos días achicharrada de calor.

Los denostados regímenes totalitarios del pasado siglo también aspiraban a conocer los entresijos de sus ciudadanos, así como los de países satélites o aliados a la fuerza. Las diversas policías secretas se esforzaban por saber todos los detalles de la vida de las personas utilizando métodos más brutales y menos refinados que los de la NSA: espías infiltrados en las empresas e incluso en las comunidades de vecinos, grabaciones secretas de las conversaciones, torturas, prisión, destierro, para disponer de unos ficheros completos que permitirían al Estado ejercer un poder total sobre sus ciudadanos. La Unión Soviética fue el ejemplo más notable, a causa de su empeño en controlar imperialmente los diversos y heterogéneos Estados que la componían, así como los países con los que se hermanaba en el extinto Pacto de Varsovia.

Nadie sospecharía que algo parecido se esté fraguando en la sombra de los sistemas informáticos, que también permiten conocer las actividades más privadas de las personas y conservar sobre ellas ficheros que revelen sus actividades: desde el cajero automático donde extraen su dinero hasta los viajes que realizan o los diarios que leen. La distinción entre el totalitarismo del siglo XX y la globalización del XXI se empieza a hacer borrosa.

En EE.UU. se ha autorizado a la policía a tomar muestras del ADN de los detenidos, si el delito perpetrado se califica como muy serio. Aunque el argumento utilizado es el de una mejor identificación de los individuos, la realidad es que un dato tan íntimo como es la distribución de sus genes pasará a engrosar los ficheros personales. ¿Acaso la temible Stasi no hubiera deseado hacer lo mismo cuando controlaba la vida de los alemanes en la RDA?

Ha llegado el momento de considerar falsa la idea de que “quien nada tiene que temer no debe desconfiar de la invasión de su privacidad”, porque a cambio vivirá más seguro. Cuando la privacidad de cada ciudadano pasa a ser transparente para el Estado, es el ciudadano el que abdica de sus más elementales derechos y el que después no tendrá argumentos para rebelarse cuando los ficheros personales se utilicen en perjuicio suyo. Como escribió Bertolt Bretch: “Ahora vienen a por mí, pero es demasiado tarde”.