El arte como instrumento de paz

Israel y Líbano han compartido una historia reciente de sangre, muerte y destrucción, si bien en proporciones distintas para ambos países, pues el primero solía ser el atacante y el segundo, el atacado. En 1982 la violencia de la invasión y ocupación israelí del pequeño país mediterráneo alcanzó el ápice del horror, aunque Israel dio a esa guerra el nombre en clave de “Paz para Galilea”. La resistencia a la invasión aumentó el prestigio de los chiíes, sobre todo Hezbolá, fundada durante la contienda; radicalizó el terrorismo y sembró los gérmenes de las venganzas y represalias que duran hasta hoy. Las llamadas “matanzas” de Sabra y Chatila son una de las más vergonzosas páginas de la historia mundial del oprobio.

Por aquel entonces, en la ciudad de Saida (la milenaria Sidón) se difundió lo que después se convertiría en una leyenda. Durante la invasión, corrió la voz de que un piloto israelí se había negado a bombardear el objetivo asignado, una escuela secundaria, y descargó las bombas sobre el mar. Se dijo que la familia del piloto procedía de la antigua comunidad judía de Saida, lo que habría motivado su desobediencia. Al fin, la escuela y todo lo que la rodeaba acabaron en ruinas, pero la fábula perduró.

Un libanés natural de Saida, el polifacético artista Akram Zaatari, cuyo padre fundó y trabajó en la citada escuela, se interesó por la leyenda del piloto objetor. Ahora la ha desarrollado en la 55ª edición de la Bienal de Venecia, en una exposición titulada “Carta a un piloto objetor”. Lo que le indujo a hacerlo fue su entrevista con el piloto en cuestión. Supo que su familia no procedía de Saida, lo que quitaba fantasía al hecho, pero despertó en Zaatari el impulso hacia un pacifismo artístico -o un arte pacifista-, con el que ha configurado su participación en el pabellón libanés, abierto en Venecia hasta el 24 de noviembre.

El piloto explicó a Zaatari que había estudiado arquitectura, y que de la estructura del edificio que tenía que destruir dedujo que solo podía ser un hospital o una escuela. Le dijo también que desde niño soñaba con ser un pájaro, por lo que se alistó como piloto a pesar de que los aviones no le atraían como armas de guerra. Con todo eso, Zaatari ha construido su exhibición. Sobre una pared se proyecta un video de 45 minutos; en otro monitor se visualiza el bombardeo continuado de Saida en una película muda; entre ambas se instala una sola butaca en terciopelo rojo donde se invita a sentarse a los visitantes. Se crea así un salón cinematográfico individual, y a la vez un sillón donde aislarse para evocar la memoria de aquella guerra.

Le ahorro al lector interesado un viaje a Venecia, remitiéndole a los cinco fragmentos consecutivos del video en cuestión subidos a YouTube:

La proyección se inicia con dos manos -las del autor- que pasan con cuidado las páginas de una edición antigua de “El pequeño príncipe”. Después se alternan fotos familiares de época. Las mismas manos trazan sobre una hoja de papel el esbozo de una escuela y la silueta de un avión. Se alternan viejas fotos familiares con noticias relacionadas con la guerra de 1982 y fragmentos del diario personal de Zaatari, que vivió de niño la invasión. Hay simbólicas evocaciones de la vida diaria con un jardinero que poda un seto de la escuela, hormigas en vivo movimiento en contraste con inmóviles estatuas.

Se muestra la actividad de los muchachos en la actual escuela, que fue reconstruida años después, sobre el zumbido de los drones y las pasadas de aviones de combate, que presagian explosiones inminentes. Dos chicos trepan al tejado, desde el que se domina la ciudad, y con los cuadernos de deberes hacen aviones de papel. Uno de los jóvenes -que representa al mismo Zaatari- maneja una grabadora, carga su cámara de fotos y escucha a Françoise Hardy cantar Comment te dire adieu, la evocadora y nostálgica melodía de la época. Un texto mecanografiado expone: “Una semana después de iniciada la invasión del Líbano en 1982, un piloto de la aviación israelí, llamado Hagai Tamir, voló sobre la escuela secundaria de Saida y se negó a obedecer la orden de bombardearla“.

Arte moderno, cine de ensayo cargado de significados no fácilmente perceptibles, que sitúa al espectador entre dos narraciones visuales complementarias, para introducirle en la mente del piloto objetor y trasladar esa sensación a los conflictos de hoy: Siria, Palestina…

Con “Carta a un piloto objetor”, Zaatari nos recuerda que un simple acto de rechazo a la guerra hace tres décadas sigue teniendo validez hoy. Entre los comentarios sobre el filme publicados estos días se hace un paralelismo con las “Cartas a un amigo alemán”, de Albert Camus, donde éste escribe: “Y me gustaría poder amar a mi país sin dejar de amar la justicia“. Casi 80 años después de que Picasso exhibiera en París su famoso “Guernica”, otra afamada exposición internacional de arte alberga en su seno un ejemplo de la abominación de la guerra y una incitación a la lucha por la paz.