La ciberguerra de Obama

El diario británico The Guardian publicó el mes pasado que Obama había ordenado, en una directiva presidencial secreta, que los principales responsables de la seguridad nacional redactasen una lista de posibles enemigos a los que habría que considerar objetivos en la guerra cibernética. Esa directiva, nunca antes difundida en los medios de comunicación, fue cursada en octubre de 2012 y define los nuevos aspectos de la guerra, entre los que destacan dos: las operaciones ofensivas y las defensivas, orientadas ambas a obtener “efectos cibernéticos”. Unas nuevas siglas -a las que tan aficionado es el mundo militar de EE.UU.- se añadirán a los glosarios oficiales del Pentágono, empezando por los dos tipos de operaciones antes aludidos, que se conocerán a partir de ahora como OCEO y DCEO respectivamente.

Para que el lector compruebe por sí mismo cómo esta nueva guerra abandona los habituales espacios terrestres, navales y aéreos donde los seres humanos se han destrozado entre sí a lo largo de la historia, pero sigue manteniendo las más vetustas raíces de la guerra tradicional, veamos como define la directiva a las OCEO: “Son las operaciones, así como los programas o actividades con ellas relacionados, que no se aplican a la protección de la red ni a la recolección de datos cibernéticos ni a la DCEO, pero que se llevan a cabo por el Gobierno de EE.UU. o a su servicio, en el ciberespacio o a través de él, y cuyo propósito es producir efectos cibernéticos fuera de las redes de dicho Gobierno”. Solicito del lector la paciencia suficiente para aguantar la congénita pesadez de los textos legales del Pentágono, porque es necesario ahora aclarar a qué “efectos” se alude.

Aquí no se trata de ocupar ciudades o territorios, ni destruir escuadras o bombardear fábricas y ferrocarriles. Una lectura del tedioso texto oficial nos descubre que los efectos de la guerra cibernética son “la manipulación, perturbación, prohibición, degradación o destrucción de los sistemas de ordenadores, informáticos o de comunicaciones, sus redes y las infraestructuras físicas o virtuales controladas por los sistemas de ordenadores o de información, o los datos contenidos en ellos”.

Además es bueno saber que, según expone la directiva con no velado optimismo, las OCEO pueden ofrecer “posibilidades excepcionales y originales [unconventional] para alcanzar los objetivos nacionales de EE.UU. en todo el mundo, con ninguna o muy escasa advertencia previa al adversario, y con efectos potenciales que van desde un daño ligero [subtle, "sutil", es la palabra utilizada] a muy severo”.

Nunca un Premio Nobel de la Paz había puesto su firma en un documento que revela tan extraordinario interés en las nuevas formas de guerra; esto habrá de tenerlo en cuenta el Comité que concede el premio, por si fuera aconsejable una ampliación de los honores que a Obama le corresponden, una vez comprobado el hecho de que la nueva guerra militariza uno de los pocos espacios libres que iban quedando. (Cuándo se militarizarán las profundidades subterráneas del planeta es algo sobre lo que los analistas ya empiezan a especular, sin dejar de lado la posibilidad de militarizar también la actividad cerebral humana).

Es evidente que la directiva presidencial es un paso más en la carrera universal armamentista, y también es fácil deducir que los demás países no se quedarán a la zaga y procurarán buscar el modo de utilizar esas “posibilidades excepcionales y originales” para alcanzar sus propios objetivos, sirviéndose de los procedimientos que sus tecnologías les permitan. Así pues, la excepcionalidad y originalidad de que ahora cree gozar el Pentágono se irán pronto al traste, pues enseguida serán muchos los Estados que crucen sus espadas (en este caso, sus bites) en el cada vez más frecuentado ciberespacio.

Si a esto se une el escándalo provocado por las filtraciones de Snowden sobre el espionaje universal que la NSA ejerce sobre la vasta red internáutica, los usuarios de internet (como quien esto firma y envía a República.com a través de los cables, ondas e hilos por los que los lectores pueden después leer el contenido) tendremos que aceptar que esa guerra está rozando ya la entrada de nuestras comunicaciones domésticas.

Claro está que no sufriremos los efectos de ninguna OCEO -nadie, por sepamos por ahora, piensa destruir nuestros humildes aparatos informáticos- pero sí es cierto que estamos afectados por la DCEO, ya que todo lo que escribimos, leemos o consultamos en la red queda registrado entre los innumerables zetabitios (véase “El espía universal“, en este mismo diario del 14 de junio pasado) cuidadosamente guardados en las gigantescas entrañas informáticas de la NSA, con vistas a su posterior empleo en la guerra cibernética, sea DCEO u OCEO.

La historia muestra cómo los conflictos iniciados en ámbitos que al principio parecen limitados, como la exigencia de aranceles comerciales o derechos de paso, pueden acabar desencadenando sangrientas y prolongadas guerras. No hace falta ser un experto para sospechar que un enfrentamiento iniciado por algunas bravuconerías en el espacio cibernético llegue a derivar en acciones más violentas, en una escalada desde la ciberguerra hacia la guerra “de siempre”, la de bombas y cañones, muerte y destrucción.