África en el ojo del huracán

La única base militar de EE.UU. en África, reconocida oficialmente como tal por el Pentágono, es Camp Lemonnier, situada en Yibuti, el estratégico Estado a caballo entre el mar Rojo y el golfo de Adén. En el año 2002 se estableció allí el mando de la CJTF-HOA, conglomerado de siglas -muy al gusto de las fuerzas armadas de EE.UU.- que esconde el nombre de “Fuerza de tarea combinada conjunta del Cuerno de África”. Su área de operaciones alcanzaba desde las islas Seychelles, en el océano Índico, hasta Eritrea, en el mar Rojo, pasando por Tanzania, Uganda y Etiopía, entre otros países. Pero la llamada área de interés (un subterfugio para ampliar su zona de responsabilidad) abarcaba desde las islas Mauricio y Madagascar, Mozambique y la República Democrática de Congo, hasta alcanzar Sudán, Egipto y Yemen, sin olvidar la República Centroafricana y Chad, recientes escenarios de conflictos en vías de agravamiento.

Las fuerzas especiales de EE.UU. empezaron a actuar también desde 2004 en países aún más alejados de Yibuti, como Nigeria, Senegal y Mali. En 2008 se celebró en el Cuartel General de EE.UU. en Europa la 4ª Conferencia anual de algo con nombre todavía más complejo: la “Asociación (Partnership) de contraterrorismo transahariano y Operación Enduring Freedom para el Transáhara”. Todo ello quedó pronto subsumido en el llamado “Mando de EE.UU. para África” (AFRICOM), que puso bajo control del Pentágono el único continente que hasta entonces no tenía asignado un mando específico. Instalado en Stuttgart (Alemania), ante la resistencia de muchos países africanos a albergarlo en su territorio (se llegó a estudiar la alternativa de Rota, en España, no descartada aún definitivamente), su crecimiento y desarrollo han ido paralelos a la proliferación de grupos terroristas africanos, así cómo a un aumento en el número y gravedad de sus agresiones.

Para EE.UU. la situación alcanzó un punto crítico cuando el 11 de septiembre de 2012 un grupo vinculado a Al Qaeda, llamado Ansar al-Sharia, atacó las instalaciones de EE.UU. en Bengasi, asesinando al embajador y tres funcionarios. Pero el torbellino levantado en África después de la caída de Gadafi se ha acelerado y ha ampliado su radio de acción. El colapso de Mali y varios golpes de Estado han hecho crecer la inestabilidad en el Sahel y en el Sáhara. Un jefe del AFRICOM declaraba en marzo pasado que el problema se extendía hacia el noroeste africano. El órgano oficial del Centro de combate contra el terrorismo, dependiente de la Academia militar de West Point, publicaba el pasado mes de mayo que “los yihadistas están reclutando abiertamente jóvenes militantes que envían a campos de entrenamiento en las montañas fronterizas con Argelia”.

La intervención francesa en Mali fue respondida con el ataque a la planta de gas de Amenas, que produjo la muerte de casi 40 rehenes. Organizado por un veterano instruido por EE.UU. durante la guerra contra la URSS en Afganistán, fue la primera de una serie de agresiones de réplica a las intervenciones occidentales en el noroeste de África. La guerra de Mali forzó el regreso de algunas bandas terroristas a sus países de origen, como Libia o Nigeria, aumentando la violencia en esos países.

El Secretario de Estado John Kerry ha declarado que “las alegaciones verosímiles de que las fuerzas nigerianas de seguridad están cometiendo graves violaciones de los derechos humanos, contribuyen a agravar la violencia y a fomentar el terrorismo”. Es un esquema ya viejo, que viene repitiéndose en todos los países donde la “guerra contra el terror”, que patentó Bush, ha despreciado las leyes humanitarias y soslayado los derechos humanos.

El nuevo jefe de AFRICOM, general David Rodriguez, ha alertado sobre nuevos peligros, incluyendo el tráfico de estupefacientes en África Occidental y el aumento en los alijos de heroína procedentes de Afganistán y Pakistán, a través del océano Índico; puntualizó: “En el Sahel, el comercio de cocaína y hachís es facilitado por Al Qaeda en el Magreb islámico, y beneficia directamente a este grupo terrorista”.

El resumen es desalentador. Un analista estadounidense constata que “tras un decenio de invertir los dólares de los contribuyentes en acciones antiterroristas y estabilizadoras en toda África, el continente ha experimentado cambios profundos desde que nuestras fuerzas armadas empezaron a operar desde Camp Lemonnier, pero no son los cambios que EE.UU. buscaba”.

A medida que EE.UU. abandona Afganistán, Obama puede sentirse impulsado a proyectar sobre África un mayor esfuerzo militar. Pero no hay que profundizar mucho en la historia reciente para temer que tampoco así se logren éxitos. Desde los atentados del 11-S, las decisiones del Pentágono han venido contribuyendo a reforzar la diáspora universal del terror: basta contemplar el Iraq de hoy. El mismo fenómeno puede repetirse en África, donde los grupos terroristas, que han ido creciendo tras las sucesivas guerras de EE.UU., cruzan libremente las fronteras y hacen del continente un lugar más inestable y peligroso que lo que era antes de que los primeros soldados de EE.UU. pusieran pie en Yibuti hace ya 11 años.