Una psicología del terrorismo

En la estela del atentado terrorista de Boston, y a causa de lo anómalo de los antecedentes de ambos ejecutores (ver “Los terroristas anómalos”, 26-abril-2013)), son bastantes los que intentan ahora descubrir en el campo de la psicología los motivos que les indujeron a perpetrarlo. De este modo se intenta lavar la mancha caída sobre los complejos, costosos y omnipresentes servicios de seguridad de EE.UU., que se dejaron colar un sangriento gol, sin haber sido capaces de prevenirlo. Lo que iba a ocurrir no estaba incluido entre los modelos de terrorismo que habían teorizado en profundidad, y la sorpresa fue total. Lo que no fue óbice para que los terroristas fuesen localizados y anulados en 24 horas. Pero dado que prevenir es más eficaz que curar, es natural que se apliquen todos los recursos disponibles para descubrir el origen del fracaso y evitar que algo parecido vuelva a ocurrir.

Los variados análisis psicológicos publicados en medios occidentales parecen volar en las alturas teóricas de la alta psicología oficialmente reconocida y abundan en complejas elucubraciones que a menudo añaden más confusión al asunto. De ahí que pueda resultar útil la psicología práctica, pie a tierra, practicada y experimentada en Chechenia y por chechenos.

Almut Rochowanski fue funcionaria de Naciones Unidas y contribuyó a crear en 2004 la organización Chechnya Advocacy Network (CAN, Red de apoyo a Chechenia), radicada en Nueva York, cuya finalidad es contribuir al bienestar del pueblo checheno, tanto en el país de origen como en el de emigración, dentro de la más estricta independencia política. Es también colaboradora del Institute for War & Peace Reporting (IWPR), donde acaba de publicar un comentario sobre las dificultades que encuentran los jóvenes chechenos para integrarse en los países a los que se ven forzados a emigrar.

Lleva más de diez años trabajando con refugiados chechenos y ha penetrado en la psicología propia de este pueblo, que es el suyo de origen. Recuerda que cuando al padre de Tamerlan y Yojar (los terroristas de Boston) se le preguntó cómo sus hijos podían haber cometido tan horrendo atentado, insistió en su inocencia y añadió: “Mis hijos son blandengues; son como chicas”. Rochowanski se pregunta cuántas veces al día escucharían comentarios parecidos y cómo esto les haría sentirse culpables por no dar la imagen hipermasculina que en Chechenia es obligada para los “verdaderos hombres”, los que saben “mostrar quién es el que manda”.

Los jóvenes chechenos, sea en casa o en el exilio, oyen a sus mayores repetir cómo debe ser un hombre y qué debe hacer para lograrlo: ser fuerte, saberse respetado por los demás y no tolerar menosprecios. Debe controlar a “sus” mujeres o perder el honor si no lo hace; debe construir una casa, plantar un árbol, tener un hijo… y conducir un automóvil de lujo, mostrando su riqueza.

El concepto de “respeto” no es allí el mismo que en occidente, una mezcla de cortesía y educación. El hombre checheno respetado necesita ser admirado y obedecido por los que le son inferiores, mujeres y niños, y ser tratado con atención y deferencia por sus iguales. Si las compañeras de clase no se callan cuando habla un estudiante checheno, o si el profesor no se pone en pie cuando entra su padre en la clase, el joven cree que se ha violado el orden natural y esto llega a irritarle.

Ya adulto, el exiliado que habla mal el nuevo idioma y carece de formación suficiente para conseguir un buen empleo; que descubre que el coche y la vivienda soñados siguen eludiéndole año tras año; que no logra casarse y que es incapaz de cuidar de sus padres -lo que en Chechenia es cuestión de honor-, se siente estafado por la nueva sociedad a la que se ha incorporado y que no le valora lo suficiente. Por este motivo, a veces tiende a buscar atajos: el juego, la delincuencia, etc. La espiral de frustración y fracasos se acelera y agrava. Algunos penetran en un callejón sin salida en busca del éxito material o se radicalizan aceleradamente, porque así se sienten superiores a los demás y se creen autorizados a agredirles e imponerse a ellos.

Esto no es solo aplicable a los chechenos, sino a bastantes minorías de expatriados procedentes de culturas con valores similares. Al fin y al cabo, solo dos terroristas chechenos han surgido entre una diáspora que en EE.UU. se estima superior a los 100.000, y en un país donde las armas en manos de los nativos producen muchas más víctimas que el terrorismo foráneo.

La conclusión que CAN ha extraído del “caso Boston” es, según la autora, que no se debe menospreciar la sensación de alienación de los inmigrantes en la comunidad en la que se ven forzosamente insertados; que debe atenderse a los jóvenes que se sienten perdidos y esforzarse por comprender el modo como crecen y se socializan para convertirse en hombres, tanto en el país de origen como en los de emigración. Esto no es asunto de la CIA, ni del FBI, ni de los drones antiterroristas, tan apreciados por Obama. Tampoco es un problema a resolver con medios militares ni exclusivamente policiales. El lugar donde hay que plantearse este grave problema está en Naciones Unidas y en las organizaciones humanitarias de ella dependientes. Pero la incógnita es la de siempre: ¿posee la ONU los medios y la decisión suficientes para abordarlo?