Catar: un concurrido emirato

El emirato de Catar, asentado sobre un subsuelo de gas y petróleo en el Golfo Pérsico y poblado por apenas dos millones de habitantes en una superficie similar a la provincia de Murcia, es sede de muy peculiares actividades, que los medios de comunicación no desatienden.

No es la menor de ellas el previsto desarrollo del campeonato mundial de fútbol durante el verano del año 2022, lo que, dadas las asfixiantes temperaturas que el país soporta en esa época, nos promete presenciar el futuro desarrollo de modernas tecnologías capaces de refrigerar el espacio interior de los estadios cerrados que se construirán con esa finalidad.

No escasearán los recursos financieros para lograrlo, dada la enorme riqueza natural del país, que le pone, junto con Luxemburgo, a la cabeza de la lista mundial del producto interior bruto per cápita; mientras el diminuto granducado europeo alcanza esa titulación gracias a su actividad en los circuitos financieros internacionales, el emirato catarí la obtiene extrayendo y exportando los abundantes hidrocarburos con que le ha dotado la naturaleza.

El actual emir alcanzó el poder en 1995, arrebatándoselo a su padre mientras éste veraneaba en Suiza, y abreviando de forma no violenta el orden sucesorio al trono del emirato. En un reciente comunicado a la agencia EFE, la Casa Real española ha reconocido las vinculaciones entre ambos jefes de Estado, con motivo de los negocios que la empresa naval Navantia pretende llevar a buen término en el emirato.

Pero en Catar son posibles cosas todavía más curiosas. En un avión estadounidense llegó en 2010 al aeropuerto de la capital, Doha, un grupo de talibanes especialmente designados por sus líderes para iniciar negociaciones sobre los términos en que podría acordarse un tratado de paz con el gobierno afgano, para facilitar la retirada de las tropas de ocupación de este país en los plazos previstos.

Sin embargo, como informa el corresponsal del New York Times desde Doha, tres años después de su llegada no se ha dado un solo paso en firme para entablar conversaciones. Un diplomático afgano expresa su opinión sobre los talibanes residentes en Catar: “Ellos se limitan a vivir aquí, disfrutando del aire acondicionado, conduciendo automóviles de lujo, comiendo y ‘teniendo hijos’[sic]“.

La presencia de una decena de altos jefes talibanes residentes en Doha, acompañados por sus familias, se confirma en las raras ocasiones en que se dejan ver en público o, como dice el diplomático citado, cuando se acercan a la embajada de Afganistán para registrar el nacimiento de un nuevo vástago. Aunque eluden los contactos con la población local -y evitan declaraciones públicas, condición impuesta por el Gobierno catarí para aceptar su presencia-, se sabe que se trata de dirigentes de alto nivel, encabezados por el “jefe de Estado Mayor” del mulá Omar, así como antiguos ministros y embajadores del régimen talibán que gobernó Afganistán entre 1996 y 2001.

Las autoridades cataríes nunca han reconocido la presencia de la delegación talibana y la prensa gubernamental no la cita, aunque el Gobierno del emirato se ha manifestado presto a recibir a los compromisarios de ambas partes (Gobierno afgano y talibanes) para iniciar conversaciones de paz. El recrudecimiento de los combates en Afganistán al reanudarse con la primavera la “temporada de guerra” no crea ocasiones propicias para una reanudación del diálogo, ya roto anteriormente al fracasar un intercambio de cinco talibanes encarcelados en Guantánamo por un sargento del ejército de EE.UU. en poder de los insurgentes.

Los talibanes centran ahora su atención en el desarrollo de la lucha sobre el terreno y en preparar las condiciones que les lleven a una situación favorable cuando las tropas de combate aliadas se retiren en 2014 (permanecerán in situ unidades militares de protección propia y para adiestramiento de los afganos). Más de una veintena de grupos étnicos y religiosos se observan con desconfianza ante lo que pueda ocurrir cuando termine la ocupación extranjera. El presidente afgano se entrevistó recientemente con el emir de Catar, con vistas a establecer la infraestructura necesaria para iniciar conversaciones de paz, pero todavía no se ha dado ningún paso en este sentido.

La desconfianza es general. Karzai sospecha que EE.UU. dialoga con los talibanes a espaldas de su Gobierno; los talibanes desconfían de Karzai, en quien ven una marioneta de Washington; los diversos caudillos locales afganos se miran de reojo. Todos esperan el momento en que las tropas aliadas alcen el vuelo para situarse en la línea de salida de lo que haya de ser el futuro Afganistán. Y todos siguen manteniendo contactos en Doha, pues, como escribe un periodista afgano, a todos conviene: “A EE.UU., que quiere retirar a sus soldados; a los talibanes, que desean un descanso; a los pakistaníes, que desean aparecer alejados de los talibanes, y a los afganos, que desean aislar a los talibanes de Pakistán”.

Será conveniente observar con atención todo lo que se mueva en Catar de ahora en adelante, sin olvidar a los talibanes.