La inevitable emulación armamentística

El titular de portada a toda página del último número del semanario británico The Guardian Weekly, avisa: “Se inicia la era de la ciberguerra”. Al pie de la fotografía se anuncia: “A por el control… China prepara un nuevo ejército de piratas informáticos y otros países pueden seguirla”. Para ser objetivo, diré que esa era se inició hace ya unos años: en junio de 2009 tuve ocasión de alertar sobre la evidente militarización del ciberespacio, como recordaba a los lectores de este diario digital el 26 de octubre del pasado año (“Atención a la ciberguerra”).

Pero no se trata de establecer, con mayor o menor acierto, el inicio de una supuesta nueva era, lo que permite a los medios de comunicación elaborar llamativos titulares, sino de reflexionar sobre los motivos de la preocupación que hoy aqueja a muchos Gobiernos. Para ello nada hay mejor que una ojeada a la historia de las guerras.

El 20 de noviembre de 1917 (durante la 1ª Guerra Mundial), en el frente de Cambrai el ejército británico utilizó por primera vez en la historia una formación de más de 300 carros de combate, que perforaron la llamada “Línea Hindenburg”. El aspecto con que irrumpieron en el campo de batalla esas “criaturas blindadas” fue “grotesco y aterrador” según escribía un testigo. Se les conocía entonces como tanques “macho”, si estaban armados con cañones de 57 mm en las troneras laterales, “hembra” si en su lugar armaban dos ametralladoras y “hermafrodita” si combinaban cañón y ametralladora. Por razones de seguridad frente al espionaje alemán, cuando fueron transportados por mar a Francia se les hizo pasar por depósitos de agua, y de ahí derivó el nombre de “tanque” con el que popularmente se les conoce.

Lo que en 1917 fue una innovación bélica británica -aunque otros países en guerra también construyeron vehículos acorazados- fue lo que en 1939 se convirtió en la pesadilla de sus aliados polacos, cuyos ejércitos fueron aniquilados en pocos días por los carros de combate alemanes, descendientes de aquellas “criaturas blindadas” de los ingleses, convertidas ahora en un eficaz instrumento de guerra en combinación con los ataques aéreos, en la táctica llamada de la “guerra relámpago” (blitzkrieg). Después, en mayo de 1940, los ejércitos de Holanda, Bélgica, Francia y el Reino Unido fueron arrollados sin paliativos por las divisiones acorazadas alemanas.

Lo que conviene retener de este breve repaso histórico es el hecho de que las innovaciones tecnológicas introducidas en el modo de hacer la guerra no quedan en propiedad del país que primero las desarrolla, ya que en este asunto no se respetan patentes ni derechos de propiedad intelectual. Así viene ocurriendo desde que las espadas de bronce fueron desplazadas por las de hierro. Además, no puede ignorarse que toda invención, si tiene éxito, es necesariamente copiada por los demás países, que no desean verse rezagados en esa carrera de armamentos en que la humanidad viene sumida desde tiempos muy remotos.

La primera bomba atómica utilizada en guerra, la que arrasó Hiroshima en agosto de 1945, mostró el camino a seguir por los países que no deseaban verse postergados a un lugar secundario en el escalafón de las potencias mundiales. Conviene tener presente que el principal motivo por el que algunos Estados aspiran todavía hoy a disponer de armas nucleares no es la sola ambición de poder o el oculto deseo de atacar a los demás, sino el hecho de que los científicos que hicieron explotar en Alamogordo el primer ingenio nuclear marcaron el camino por el que sería obligado avanzar si se deseaba conservar un cierto grado de soberanía nacional. Así pues, no son tanto el presidente de Irán o su homólogo norcoreano quienes alientan la carrera nuclear, como los científicos (Oppenheimer, Fermi, Von Neumann, Teller, etc.) que entre 1939 y 1945 desarrollaron el llamado Proyecto Manhattan y los políticos (Roosevelt et alii), que lo impulsaron e iniciaron la peligrosa emulación competitiva que hoy todavía prosigue.

No es otro el razonamiento aplicable a la ciberguerra. Los países de más avanzada tecnología informática se han servido de su ventaja para descubrir secretos ajenos, diplomáticos, industriales, bancarios o comerciales, desde que sus instrumentos lo permitieron. Los servicios de inteligencia de los Estados lo saben e intentan contrarrestar sus efectos a la vez que propician ataques contra otros más débiles. Así fue como EE.UU. e Israel atacaron los sistemas informáticos iraníes de la industria nuclear, dañando el funcionamiento de las máquinas centrifugadoras.

Ahora parece llegar el tiempo de las lamentaciones: ¿hasta dónde será posible avanzar por este camino? Un terrorista aislado, un grupo rebelde o un país enemigo pueden atacar “nuestras” infraestructuras básicas: distribución de energía, sistemas bancarios, tráfico aéreo, etc., y provocar inusitadas catástrofes. Un indignado profesor de EE.UU. ha proclamado: “Sería un acto de guerra, más allá de la civilización”. Parece paradójico que este lamento surja en el país que más innovaciones bélicas ha generado en los últimos tiempos. Es como si sus académicos ignoraran la simple verdad que encierra el título de este comentario, que también puede enunciarse diciendo que toda innovación bélica está sujeta al efecto bumerán. Habrá que buscar en otros terrenos, que no sean los simplemente tecnológicos, el modo de frenar esta infernal espiral.