Los tortuosos caminos de la tortura

En mayo del año 1900, un soldado del 32º Regimiento de voluntarios del ejército de EE.UU., de guarnición en Filipinas, describía en una carta dirigida al diario de su localidad el tratamiento que se daba a los rebeldes capturados, para obligarles a revelar dónde escondían las armas: “Así se les da la ‘cura de agua’: Se les tumba sobre la espalda, con un hombre encima de cada mano y de cada pie, se les introduce un palo redondo en la boca y se vierte sobre la boca y la nariz un cubo de agua; si se resisten, se vuelca otro cubo. Se hinchan como sapos. Aseguro que es una tortura terrible”. La carta fue citada por Paul Kramer en The New Yorker, en febrero de 2008, en sus Anales de Historia Americana, cuando analizaba la relación entre la tortura y la contrainsurgencia, cuestión ahora de gran actualidad pero que ya fue discutida hace más de un siglo, durante la represión de los rebeldes filipinos, sublevados contra la ocupación de su país por EE.UU.

Por otro lado, Edward Peters, especialista en historia europea, sitúa en el siglo XIV los primeros documentos relacionados con el ahogamiento simulado, el waterboarding de la moderna CIA, conocido entonces como la “tortura por agua” o la “tormenta de toca”, en alusión al delgado velo con el que se cubría la boca del torturado. Éste se sofocaba y boqueaba en sus esfuerzos por respirar; cada cierto tiempo se suspendía el chorro, se alzaba la toca y se le conminaba a responder a los jueces. Si se negaba, continuaba el tormento. Según Peters, en aquella época la tortura era un trámite judicial, no muy distinto del interrogatorio al que un procesado se somete hoy durante la vista de su causa. El historiador sostiene que el hecho de que el ahogamiento simulado no deje huella en quien lo padece, a pesar de infligirle un enorme sufrimiento mental y físico, es lo que le convierte en una “atractiva” técnica de interrogatorio.

No es casual que las tropas de EE.UU. aprendieran ese método de tortura en Filipinas, puesto que allí había sido exportado por la Inquisición española. Su éxito fue universal: utilizado por los japoneses en la 2ª Guerra Mundial, por los franceses en Argelia, los Jemeres Rojos en Camboya o los estadounidenses en Vietnam. Los ingleses no fueron ajenos a él en Palestina y proliferó en Latinoamérica, sobre todo en las dictaduras militares de Chile y Argentina. Extrañamente, no hay pruebas de que se utilizara en la Alemania nazi o en la Unión Soviética, lo que es atribuible a la despreocupación de ambos regímenes políticos por la vida humana, que les permitía utilizar libremente otros métodos, aunque mutilaran o causaran la muerte de las víctimas. El profesor Darius Rejali, especializado en la historia de la tortura, es demoledoramente contundente al respecto: “El waterboarding ha sido la tortura preferida por las democracias del mundo”.

Así pues, algo que nació en Europa, perfeccionó la Inquisición y fue exportado al resto del mundo, es decir, el ahogamiento simulado cuyo uso por la CIA ha universalizado la palabra waterboarding (como nuestro idioma exportó “pronunciamiento” o “guerrilla”), ha sido otra vez estos días motivo de escándalo en los círculos políticos de EE.UU. Ocurrió durante la comparecencia ante una comisión del Senado de John Brennan, propuesto por Obama para dirigir la CIA. Por un lado, aseguró que el waterboarding le parecía rechazable y que, si él era nombrado para el cargo, no volvería a ocurrir: “Es algo que debió haber sido prohibido hace mucho tiempo”. Enseguida se constató que esto no se conciliaba con anteriores declaraciones suyas, cuando afirmó que los métodos de “interrogatorio reforzado” podían salvar vidas.

Todo el mundo puede cambiar de opinión y, si es en sentido positivo, bienvenido sea el cambio. Pero este no era el caso, pues al ser preguntado sobre si él consideraba tortura el ahogamiento simulado, declaró: “Yo no soy un experto en leyes y no puedo responder a esta pregunta”. Es decir, pasó por alto los innegables aspectos morales y éticos de la tortura, la imposición violenta ejercida sobre una persona para forzar su voluntad, a los que ningún ser humano puede ser ajeno, y se remitió en último término a lo que decidieran los “expertos en leyes”. Era obligado, ante tan evasiva respuesta, recordar aquel ignominioso memorándum que en agosto de 2002, a instancias del presidente Bush, preparó su asesoría legal, declarando legales los métodos de interrogatorio reforzado.

No le vinieron a la mente, claro está, las palabras de aquel juez militar que condenó a una multa y pérdida temporal de empleo a un comandante del ejército de EE.UU., que durante la guerra contra España aplicó “la cura de agua para obtener confesiones”, y lo justificó diciendo que “los Estados Unidos no pueden aprobar el uso de la tortura”. Quizá se sintió mas inclinado a recordar lo que por aquel entonces comentó el presidente Teodoro Roosevelt: “Los soldados han empezado a utilizar el viejo método filipino de cura de agua. Nadie ha resultado gravemente dañado”. La tortura ha seguido, en verdad, un tortuoso camino en su aplicación por el mundo, pero también se ha mostrado tortuosa la política del Gobierno que rige los destinos de un pueblo que un día se creyó el elegido por Dios para llevar al mundo la llama de la libertad y el respeto profundo por los derechos humanos.