De las Aleutianas a Guam

Ya en julio del pasado año tuve ocasión de comentar en estas página digitales (“Vuelve EE.UU. donde solía”) la llamada Nueva Estrategia 2012, aprobada por Obama a principios de ese año y que implicaba un notable cambio en las prioridades de EE.UU., que se proponía dirigir su principal foco de atención hacia el Pacífico, en relativo detrimento de lo que hasta entonces había concentrado los intereses estratégicos de la superpotencia: Europa y Oriente Medio.

Las alusiones que al respecto hizo Obama en su reciente discurso del estado de la Unión no son, por tanto, ninguna novedad. En un diario español, el que ha sido Secretario de Defensa de Obama durante su primer mandato, León Panetta, escribió el pasado 7 de enero: “Estados Unidos es y siempre será una nación del Pacífico”. Algunos analistas no han prestado suficiente atención a esta frase y justifican el vuelco estratégico hacia Asia por el deseo de olvidar definitivamente el fracaso de Vietnam -que tantas heridas morales y físicas causó a la nación americana- y por la decisión de restablecer la influencia de EE.UU. en el Este asiático, tan maltrecha durante la Guerra Fría.

Pero la presencia de EE.UU. en el Pacífico Occidental no es solo el resultado de su participación en la 2ª Guerra Mundial y de la subsiguiente Guerra Fría, que hizo desplegar las armas americanas en el continente asiático (desde Corea a Indochina), para contener lo que entonces se tenía como el imparable avance del comunismo, según la alucinante “teoría del dominó”, jamás fundada en realidades sólidas y nunca comprobada, pero que dominó la política exterior de Washington y de los países aliados.

Por el contrario, la historia muestra que la afirmación de Panetta no es de nuevo cuño ni fruto de la política seguida por EE.UU. desde mediados del siglo XX. Ya en 1867 EE.UU. compró Alaska a Rusia, junto con su prolongación en el Pacífico, el archipiélago de las Aleutianas, la cola de la flecha de penetración en el vasto océano que en 1513 había encontrado Núñez de Balboa.

Ese vasto espacio estratégico atrajo ya la atención de EE.UU. tras la depresión de 1893-95, con el propósito de alcanzar los mercados de China y del sudeste asiático, para dar salida a su creciente producción industrial, lo que hacía necesario establecer bases navales en el Pacífico occidental. En 1893 EE.UU. invadió las islas Hawai “para garantizar la seguridad y la vida de los plantadores estadounidenses”, que no parecían correr peligro alguno pero que contribuyeron a destruir la monarquía autóctona (que era la que estaba en verdadero peligro) y proclamaron la república; en 1898, al fin, el Congreso de EE.UU. declaró la anexión del archipiélago. La prensa isleña anunció triunfalmente: “Hawai se convierte en el principal puesto avanzado de la Gran América”, mostrando sin ambages el verdadero sentido de la operación.

La guerra contra España en 1898 completó la penetración estadounidense en el Pacífico occidental al poner en sus manos la isla de Guam (todavía hoy en poder de EE.UU. como colonia) y ejercer el dominio temporal (hasta 1946) del archipiélago filipino. Se completó de ese modo la penetrante flecha geoestratégica cuya cola se apoya en el vasto espacio abierto entre California y las Aleutianas y cuya cabeza está en Guam, el centro geográfico del vasto arco litoral sobre el que se abre Asia oriental.

Así pues, a lo largo del tiempo, Estados Unidos, cuyo pueblo creía ser el elegido de Dios y estaba convencido de que su “destino manifiesto” era proyectarse a través del Pacífico, acabó poseyendo una vasta plataforma de penetración en Asia, en una fase más de su expansión imperial tras arrasar con los restos de la Norteamérica española y mexicana. El presidente Wilson lo explicaba así: “Esta gran presión de un pueblo que avanza siempre hacia nuevas fronteras, buscando nuevas tierras, nuevo poder, la plena libertad de un mundo virgen, ha regido nuestro rumbo y ha sido el Destino lo que ha determinado nuestra política”.

Felizmente, el discurso del estado de la Unión de Obama no ha incluido ningún párrafo de ese estilo. Más bien, al contrario, habló así: “… lo que me permite seguir adelante y con ganas de luchar es que […] el espíritu de determinación, de optimismo y de decencia esencial que siempre ha sido la base del pueblo estadounidense, sigue vivo. […] Ese espíritu que ha sostenido nuestra nación durante más de dos siglos sigue vivo en vosotros, su gente.” Una vez más, parece necesario aferrarse a sus palabras, a pesar de los pasados desengaños sufridos por la disparidad entre lo proclamado y lo realizado por Obama.

Esa “decencia esencial” que proclama encaja mal con muchos aspectos de la política de EE.UU. en anteriores y recientes épocas -como la de Bush-, pero también con algunas actividades que Obama ha tolerado en el resbaladizo terreno de la lucha contra el terrorismo, y que tanto han dañado el prestigio moral de EE.UU. No es coherente predicar el control de las armas personales para reducir la violencia en casa y sistemáticamente recurrir a ellas (drones, comandos, etc.) para intentar resolver por la violencia los conflictos externos.