Estrategias inconexas en Malí

Con una estrategia clásica, la fuerza expedicionaria francesa en Mali, en colaboración con unidades del ejército nacional, ha recuperado la mayor parte del territorio que había caído en poder de los islamistas y los sublevados tuaregs. La ocupación de la simbólica Tombuctú, sin apenas oposición enemiga, ha puesto fin temporal a la fase más intensa del conflicto y parece haber dado la razón a las armas francesas, que han aplicado con éxito el manual típico de la batalla aeroterrestre: fuerte castigo previo de los medios enemigos mediante un intenso bombardeo aéreo, con el subsiguiente avance y posterior ocupación del terreno.

A ello también han contribuido -naturalmente de forma involuntaria- los rebeldes islamistas al pretender actuar como si fueran un ejército regular, ocupando ciudades e imponiendo en ellas su dominio material. Desde el momento en que unas fuerzas guerrilleras se hacen presentes de forma visible en lugares concretos y se guarnecen en ellos, pierden su principal ventaja, que es la de combatir sin frentes preconcebidas y la de permanecer embebidos y dispersos entre la población que desean dominar. Aun provistos del variado arsenal que puso en sus manos la catástrofe libia, carecían de todo lo demás que les hubiera permitido enfrentarse a las armas francesas: infraestructuras, logística, mandos, disciplina, comunicaciones y, por supuesto, aviación.

Al escribir este comentario, los informes indican que los rebeldes se han retirado hacia el norte del país, en la región de Kidal, fronteriza con Argelia, y al hacerlo han recuperado parte de las cualidades favorables a toda guerrilla, dispersándose y probablemente reorganizándose de otro modo para seguir manteniendo en jaque al Gobierno de Bamako y hostigar a los países contiguos. De ahí que la principal preocupación de París sea ahora dejar en manos de los Estados africanos la fase final del conflicto que, teóricamente al menos, debería “seguir el camino de la democracia y atender a la reconciliación nacional”, en palabras de Laurent Fabius, ministro francés de Asuntos Exteriores.

Esta fase posterior implicaría también ayudar al ejército maliense tanto en armas y pertrechos como en la formación y preparación para el combate, a lo que de diversos modos y con mayor o menor grado de implicación se han comprometido ya varios países. Hasta aquí, los planes previstos no presentan nada extraño y siguen la lógica normal en anteriores operaciones internacionales.

Pero hay algo que puede complicar bastante la resolución definitiva del conflicto: el pasado lunes se firmó un acuerdo entre EE.UU. y Níger para instalar en este país una base de aviones de ataque sin piloto (drones). Es un claro síntoma de que Obama pretende reforzar en el continente africano su personal guerra contra el terrorismo mediante ese tipo de aviones, cuya actividad tanto ha crecido bajo su presidencia. Hasta el presente, éstos han operado desde bases instaladas en Yibuti, Etiopía y Burkina Faso, pero Níger está mejor situado respecto a Nigeria y Argelia, países ambos donde parece reforzarse el extremismo islámico, a juicio de Washington.

La principal razón que se aduce para recurrir a estas aeronaves es la falta de elementos y órganos de inteligencia desplegados en la zona del Sahel, donde el espionaje de la CIA adolece de serias lagunas. Ya en julio del año pasado publiqué en estas páginas un comentario (“África en el juego internacional”) donde se mostraba la preocupación de Washington por la falta de información relacionada con Mali, tras el golpe de Estado de marzo de 2012, y los fallidos esfuerzos para penetrar en el desconocido país.

Ahora se trata de subsanar esa carencia recurriendo, una vez más, a los omnipresentes drones. Pero si su acrecentado empleo ha creado a EE.UU. problemas adicionales en Pakistán, Afganistán, Yemen y Somalia (países donde desde 2004, en más de 360 operaciones, han aniquilado a unos 3500 insurgentes y casi un millar de civiles inocentes), su previsible actividad en el Sahel hará más difícil la pacificación de la zona. Si en Pakistán la CIA dispone de informadores e infiltrados que desde tierra ayudan a determinar los posibles objetivos para los drones, los Estados del Sahel son una incógnita para la Agencia, y el contraproducente efecto de las víctimas “colaterales” podría dar al traste con la benévola disposición con la que, por ejemplo, los habitantes de Tombuctú recibieron hace un par de días a las tropas francesas.

Los estrategas del Pentágono deberían aprender de los errores hasta ahora cometidos en sus dos últimas guerras perdidas (Irak y Afganistán), la primera por negligencia en la previsión de lo que ocurriría “después”, y la segunda por conceder un casi exclusivo crédito a la fuerza de las armas, a “vencer sin convencer”. Contribuir a agitar el avispero islámico con indiscriminados ataques desde el aire no va a contribuir mucho a estabilizar una zona donde el fanatismo, la pobreza y la explotación forman el fértil substrato donde crece el terrorismo.