Torturas, helicópteros y… algo más

Lo que el espectador de “La noche más oscura” retendrá probablemente en la memoria al paso del tiempo es la impactante visualización de las variadas técnicas de tortura que la CIA aplicó profusamente en las cárceles secretas que fue abriendo por el mundo, para cumplir la misión asignada por su Gobierno en la “guerra contra el terrorismo”. Esto se debe a que no son muchas las personas que hayan podido presenciar in situ una sesión de “interrogatorio reforzado”, repugnante eufemismo utilizado por la Agencia para referirse al ahogamiento simulado, la humillación sexual, el aislamiento total, el terror inducido y demás artes imaginadas por eficaces y patrióticos funcionarios del Estado, a cuyo lado los métodos de la Inquisición parecen toscos trucos de principiante.

Pero el filme dirigido por la californiana Bigelow presenta otros matices, de más calado que el simple muestrario de las torturas de la CIA y que pueden pasar desapercibidos. La traducción al español del título original hace perder uno de ellos e introduce a la vez la dudosa afirmación de que la noche en que Ben Laden fue asesinado por un comando de la Navy fuese “la más oscura”. Atribuyámoslo a una licencia retórica, como la de aquella película que hace cincuenta años nos aseguraba que el “Día D” fue “el más largo”, aunque esto podía aceptarse mejor: faltaban pocos días para el solsticio de verano de 1944. Zero Dark Thirty es una expresión propia del argot militar de EE.UU., que atendiendo estrictamente al diccionario de la RAE se traduciría como: “A las tantas”. Así pues, el título original sitúa la acción en las horas en que se produjo, pero también, y lo que es más importante, la encuadra desde el comienzo en el ámbito militar. Resalta así la progresiva militarización de la CIA, que hoy combate a los supuestos terroristas con sus drones. Ya no es solo una agencia de intelligence: suplanta a las fuerzas armadas en algunas de sus misiones específicas.

Hay otro matiz que quizá pierda el espectador retrasado que busca asiento en la oscuridad con la que comienza la proyección, mientras se escuchan las angustiosas llamadas de los que van a morir en el atentado contra las torres gemelas. Sus voces van atenuándose mientras la imagen se abre sobre el torturado Ammar, violentamente manipulado por unas figuras enmascaradas que le cuelgan izándole por los brazos. El mensaje está claro desde los primeros minutos: “aquello” trajo “esto”, es decir, hay que torturar porque antes nos atacaron y ahora necesitamos descubrir a los culpables.

¿Sólo descubrir? No: eliminarlos. Un jefe de la CIA lo expresa con claridad: I want targets. Do your fucking jobs. Bring me people to kill. “Necesito objetivos; haced vuestro condenado trabajo. Traedme gente a la que matar”. Así pues, el corazón de la película se centra en dos núcleos: (1) la tortura permite descubrir a los terroristas, y (2) éstos no son poseedores de derechos humanos que les protejan de ser condenados sin juicio.

El primer asunto fue magistralmente tratado por Javier Ortiz en su monólogo teatral “José K. torturado” (Ed. Atrapasueños, 2010). Un terrorista apresado reconoce haber instalado en un lugar público una bomba que explosionará en breve. ¿Es lícito torturarle para evitar la matanza? ¿La tortura admite excepciones? Quien justifica la tortura una vez ¿no está abriendo una puerta que no podrá cerrar? ¿no inicia un “viaje moral sin retorno”? (Con palabras de Isaac Rosa en el prólogo a esta obra).

“La noche más oscura” explícitamente confirma que EE.UU. utilizó la tortura lo mismo que hicieron otros regímenes políticos (los de Hitler, Stalin et alii) a los que Washington consideró abominables. La alardeada excepcionalidad moral de EE.UU. no parece inmunizar a la “tierra de los hombres libres” contra esta aborrecible depravación. El protagonista agente de la CIA alecciona al torturado sobre la eficacia de sus métodos: “Al final todos se rompen, tío, es biología” (In the end, everybody breaks, bro’: it’s biology).

Condenar y asesinar sin juicio nos hace retornar a épocas pretéritas de una humanidad “deshumanizada”, a la que la Ilustración, la democracia y los derechos humanos enseñaron nuevos modales. Es el segundo aspecto a considerar en la polémica suscitada en EE.UU. por la película: ¿No era Ben Laden objeto obligado de un juicio internacional, como los que en Nuremberg condenaron a los asesinos nazis?

Merece destacarse, por último, el realismo de la película. Si el lector desconoce lo que se siente durante el vuelo rasante nocturno en un helicóptero militar con la tensión propia de una acción inminente, la secuencia en la que los dos comandos SEAL de la Navy vuelan desde la base afgana a Abbottabad es una de las grandes cumbres cinematográficas de la acción bélica. Y más verosímil que el famoso ataque aéreo de los helicópteros del coronel Kilgore en Apocalypse Now, sonorizado por Wagner. En fin: helicópteros y torturas pueden actuar en esta película como benéfica distracción respecto a la cruda realidad que encierra el episodio narrado: el asesinato de un terrorista descubierto en un país neutral, prescindiendo de cualquier consideración de derecho internacional y violando toda la legalidad vigente.