Armas y amenazas

El logrado lanzamiento de un misil de largo alcance por Corea del Norte ha vuelto a poner de relieve la tendencia de muchos medios de comunicación a generar alarma allí donde razonablemente no la hay. En su gran mayoría han prescindido del más elemental análisis de lo que constituye o puede constituir un peligro sustancial. Parecen no advertir que una amenaza solo puede considerarse real en tanto que coincidan dos aspectos esenciales: la capacidad ofensiva del instrumento amenazante y la comprobada voluntad agresiva de quien lo ha de utilizar.

La potencialidad ofensiva del misil probado por el Gobierno coreano es tan discutible e imprecisa como la del programa nuclear iraní. Aquél afirma que la finalidad de la prueba es puramente civil: situar en órbita un satélite de observación y comunicaciones; de la misma manera, Teherán insiste en que su programa nuclear es de carácter comercial y no tiene el propósito de construir armas nucleares. Desde un punto de vista objetivo, es evidente que un misil de largo alcance que puede situar un satélite en órbita también es capaz de transportar una carga nuclear; es la misma versatilidad que hace posible que el material fisible que sirve para alimentar una central nuclear pueda transformarse en el corazón de una bomba.

Esta cuestión se debate en el mismo plano donde, a un nivel inferior de violencia, es fácil advertir que algunas armas “no letales”, usadas por ciertos cuerpos policiales, pueden funcionar en ocasiones como instrumentos de refinada tortura y muerte. Siempre existe un amplio terreno de indeterminación, abierto a la polémica y a la especulación, en lo que se refiere a las finalidades últimas de los medios agresivos.

Pero lo que confiere la verdadera peligrosidad a un artefacto agresivo es la voluntad de utilizarlo. En el escenario internacional son los servicios secretos de los diversos países los responsables de valorar este delicado aspecto, para que los Gobiernos puedan tomar sus decisiones sobre datos reales. Esto introduce un peligroso factor de incertidumbre al mezclar los datos o informes objetivos con los designios propios de los servicios de inteligencia, con sus ambiciones y corrupciones, tan frecuentes en las operaciones de estos organismos. La Historia está llena de ejemplos de valoraciones retorcidas, falsos informes, engaños, acciones encubiertas, propaganda negra e incluso violencia asesina, a cargo de los servicios secretos de los Estados. Parece, pues, muy remota la posibilidad de que la opinión pública llegue a conocer con exactitud cuándo un Gobierno extranjero tiene la decidida voluntad de utilizar sus armas.

Se trata de la misma decidida voluntad que el Pentágono y la CIA descubrieron en Sadam Hussein para utilizar unas armas de destrucción masiva que ni siquiera poseía, pero cuya búsqueda y supuesta destrucción condujeron a una guerra que generó sustanciosos beneficios a los implicados en la invasión de Iraq, salvo al pueblo que sufrió sus efectos.

Es cierto que son muchos los intereses que confluyen en un hecho como el aquí comentado. En primer lugar, los de las corporaciones del complejo militar-industrial que, cuando en cualquier parte del mundo aumentan los niveles de armamento, acogen el hecho como la mejor publicidad posible para sus productos, al mínimo coste. La manipulación de la amenaza suele ser también un útil recurso electoral, como se observa estos días en Israel, abocado a unas próximas elecciones generales. Y aunque muchas otras consideraciones podrían extraerse del revuelo que en los medios de comunicación ha causado la prueba norcoreana, no es superfluo hacer notar que Corea del Norte sigue el camino que muchos años antes mostraron las grandes potencias, al dar por sentado que su condición privilegiada (aparte del poder económico o la hegemonía política) también se apoya en la posesión de armas nucleares y de los vectores para lanzarlas contra supuestos enemigos. ¿No cumplen esta condición los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU?

Además de símbolos del prestigio nacional, armas nucleares y misiles muestran muy bien las distintas varas de medir usadas en las relaciones internacionales. Lo perciben mejor los países que intentan, desde abajo, sumarse al grupo de los privilegiados. Esto tiene especial aplicación en Corea del Norte, donde muchos piensan que, si no sufrieron en 2003 la suerte de Irak, cuando con este país y algunos otros formaban para Washington el abominable “eje del mal”, fue precisamente por el temor de que, de ser invadidos, los coreanos pudieran recurrir a la ultima ratio regum de las armas nucleares, por primitivas que fuesen.

Tampoco Naciones Unidas es inmune a estas percepciones distorsionadas cuando benévolamente aceptaba las pruebas y ensayos balísticos y nucleares de las grandes potencias, pasando luego a prohibirlos cuando éstas ya no los necesitaron más, porque disponían de medios más refinados para perfeccionar el armamento.

Es cierto que el pueblo norcoreano padece una opresiva dictadura y vive al borde de la penuria. Pero son precisamente esas circunstancias las que incitan a sus gobernantes a estimular el orgullo patriótico mediante triunfos tecnológicos en el campo del armamento. Siempre ha sido así y así seguirá ocurriendo.