Anverso y reverso de la CIA

Ha sido recientemente estrenada en España la película “Argo”, que con buena técnica y excelente interpretación sabe crear emoción en torno a un incidente secundario, relacionado con la llamada “crisis de los rehenes” en Teherán. El 4 de noviembre de 1979, medio millar de estudiantes chiíes asaltaron la embajada de EE.UU. en Teherán, instigados por el Gobierno del ayatolá Jomeini, exigiendo entre otras cosas la extradición del depuesto Sah, exiliado en EE.UU. para tratamiento médico, y la devolución de las cuantiosas sumas que éste había evadido al extranjero.

Todo el personal que se hallaba en la embajada en ese momento fue secuestrado salvo seis personas, que por azar pudieron refugiarse en la legación de Canadá, donde permanecían ocultos. La película describe las operaciones encubiertas de la CIA para organizar su salida clandestina de Teherán y su angustia ante el cúmulo de dificultades, casi insuperables, que habrían de enfrentar en el empeño. Es una loa a la eficacia operativa de la Agencia, personalizada en el protagonista, un agente que arriesga su vida en el cumplimiento de la misión que le ha sido asignada y la desempeña con total éxito. Las últimas imágenes del filme contienen también una alabanza a la cooperación entre EE.UU. y Canadá, naturalmente facilitada por el buen hacer de la CIA y sus agentes.

La película se detiene ahí. No narra acontecimientos posteriores relacionados con la crisis de los rehenes que, revelados años después al ser levantada la prohibición de consultar los documentos secretos relativos al caso, hacen aparecer otras perspectivas sobre la CIA y sus operaciones encubiertas, que dejan en bastante mal lugar a la famosa Agencia Central de Inteligencia.

El caso es que el panorama internacional se complicó mucho durante el invierno de 1979 y el posterior 1980. Las tropas de la URSS penetraron en Afganistán y la Guerra Fría se reavivó. En 1980 el presidente Carter ordenó una operación militar aerotransportada para rescatar a los rehenes, que fue un rotundo fracaso. Como escribe el historiador y diplomático brasileño L.A. Moniz Bandeira, en su muy documentado estudio “La formación del Imperio Americano” (Casa de las Américas, 2010), se sospechó que el fracaso fue propiciado por un sabotaje de la CIA. La Agencia discrepaba de la política de Carter, quien había reducido los medios asignados para realizar operaciones encubiertas de asesinato o intervención en países extranjeros. A tenor de lo que se explicará a continuación, esta sospecha tiene bastante fundamento.

La cuestión era que Carter, visto que por la fuerza no podía resolver la crisis de los rehenes, decidió utilizar vías diplomáticas y buscar un acuerdo con el Gobierno de Teherán: a cambio de los rehenes, prometió liberar una suma de 12.000 millones de dólares que el Sah había depositado en EE.UU. Teherán quería también recibir el copioso armamento encargado y pagado por el Gobierno del Sah, antes del triunfo de la Revolución Islámica, para poder enfrentarse a la invasión de los iraquíes, iniciada en septiembre de 1980, nuevo conflicto que agravaba la tensión en la zona. La muerte del Sah, ese mismo verano, eliminó uno de los obstáculos para el entendimiento entre Carter y Jomeini y parecía abrirse un camino a la resolución del problema.

Pero el conflicto que traería más graves consecuencias era puramente interno: en noviembre de 1980, los estadounidenses habrían de decidir entre reelegir a Carter o votar al tándem Reagan-Bush. Y aquí es donde la CIA volvió a trabajar en las sucias alcantarillas del poder. Porque mientras Carter negociaba con Teherán la liberación de los rehenes, George Bush y sus delegados se reunieron varias veces con otros representantes de Jomeini (el Hotel Ritz de Madrid albergó algunas de estas reuniones), utilizando los medios de la CIA, para prometer al Gobierno iraní un trato más favorable que el que le ofrecía Carter, si Reagan ganaba las elecciones. Un estudio de opinión había mostrado que, si los rehenes eran liberados antes de las elecciones del 4 de noviembre, la reelección de Carter era segura.

De ese modo se llegó a la llamada “Sorpresa de octubre” (October Surprise), cuando las negociaciones entre Carter y Jomeini fueron bruscamente rotas. Moniz muestra cómo los encuentros secretos entre los “renegados de la CIA” (los que apoyaban al candidato presidencial y traicionaban al presidente) y los republicanos por un lado, y la delegación iraní por otro, se pusieron de acuerdo para que Teherán no liberara a los rehenes hasta después de las elecciones, lo que ocurrió en los días que transcurrieron entre el 18 y el 20 de octubre, cuando el primer ministro iraní, de visita en Nueva York a la sede de la ONU, se negó a entrevistarse con el Secretario de Estado de Carter. La misma CIA que había liberado a los seis miembros de la embajada era ahora la que condenaba al medio centenar restante a un par de meses más de secuestro, solamente para favorecer las ambiciones electorales de Reagan y Bush y evitar la reelección de Carter.

A las 12.30 (hora de Washington) del 20 de enero de 1981, media hora después de la investidura de Reagan como presidente de EE.UU., partieron de Teherán dos aviones con los rehenes que habían padecido 444 días de cautiverio. Esto no lo narra la película comentada, pero forma parte de esos sucios albañales del poder que muy pocos directores cinematográficos son capaces de mostrar al desnudo.