Revive uno de los monstruos de la CIA

No hay que ahondar mucho en la reciente historia de Oriente Medio para recordar que, a finales de los años setenta del pasado siglo, los “muyahidines”, palabra con la que son conocidos los luchadores en la guerra santa islámica o yihad, fueron un útil instrumento de la política de EE.UU., manejado por Zbigniew Brzezinski, el Consejero de Seguridad Nacional del presidente Carter.

La omnipresente Agencia Central de Inteligencia (CIA) reclutó unos 100.000 luchadores en los países islámicos del Norte de África y de Oriente Medio, no solo para derribar al gobierno comunista de Afganistán, sino para desestabilizar también a la Unión Soviética, influyendo negativamente en las repúblicas soviéticas centroasiáticas, de mayoritaria población musulmana. Así alude a esto en sus memorias Robert M. Gates, exdirector de la CIA: “Las operaciones encubiertas que comenzaron hace seis meses con un coste de medio millón de dólares, crecieron un año después a varias decenas de millones e incluyeron la entrega de armas”.

La CIA fue generosamente ayudada por los servicios secretos pakistaníes y contó con el apoyo financiero de Arabia Saudí y varios Estados del Golfo Pérsico; no vaciló en aprovechar los recursos del narcotráfico y llevó a miles de individuos marginales a campos secretos de entrenamiento del norte de Pakistán, en la provincia de Peshawar, la misma sobre la que ahora los drones de Obama se esfuerzan en destruir lo que entonces EE.UU. contribuyó a crear.

Los talibanes eran formados en una red de escuelas islámicas en Pakistán, de las que Osama ben Laden fue uno de los principales organizadores. Sus huestes, que algunos investigadores estiman en unos 10.000 mercenarios, fueron entrenadas en campos de la CIA; Washington los consideraba freedom fighters (luchadores por la libertad, como la “contra” nicaragüense) y eran instruidos por militares estadounidenses especializados en la guerrilla. Antes de que las tropas soviéticas invadieran Afganistán, informaba Brzezinski a Carter, sobre su proyecto: “Ahora tenemos la oportunidad de dar a la Unión Soviética su guerra del Vietnam”.

Aunque algunos analistas en EE.UU. discrepaban del triunfalismo de la Casa Blanca y advertían del peligro de estar creando un monstruo que podría resultar incontrolable, desde el Gobierno se aseguraba que “esas gentes [los talibanes] son unos fanáticos, y así lucharán contra la Unión Soviética más ferozmente”.

Precisamente ese monstruo está reviviendo estos días, tras haberlo hecho antes violentamente en otras ocasiones y de modos no previstos por la CIA, como ocurrió en Nueva York, en Madrid, en Londres, etc. Es un monstruo que cambia de cara para adaptarse a las circunstancias, y tanto aparece atacando al mundo infiel como luchando entre sí sus diferentes facciones, pero en todo caso está relacionado directamente con lo que EE.UU. cultivó y ayudó a crecer, para combatir a la URSS en Afganistán.

Ante la retirada de las tropas internacionales de Afganistán, prevista para 2014, un veterano señor de la guerra, Ismail Jan, ha sugerido reconstruir las antiguas milicias, aquellos grupos de muyahidines que combatieron a la URSS en los años ochenta y pelearon brutalmente entre sí en los noventa, hasta que bajo la supervisión de la ONU fueron desarmados a partir de 2001.

Jan asegura que las milicias combatirán mejor la insurgencia que el Ejército Nacional Afgano: “Lo he tratado en detalle con el presidente [Karzai], que fue un antiguo muyahidín, y estamos organizando listas de nombres y sistemas de reclutamiento para una formación de ámbito nacional”. Su propósito es “establecer un Consejo General de Muyahidines para asegurar el futuro del país y para mantener el sistema islámico”.

Atizando un poco más el fuego ya encendido, Ismail Jan ha acusado al actual Gobierno: “Se apoderaron de nuestra artillería y de nuestros tanques y los almacenaron por ahí como si fueran chatarra. A cambio han traído mujeres alemanas, francesas, holandesas, y hasta americanas armadas. Han traído soldados europeos blancos y soldados negros, y pensaban que podrían garantizar nuestra seguridad, pero no han sido capaces de hacerlo”.

Aunque algunos simpatizantes de Jan han salido en su defensa diciendo que sus declaraciones han sido “sacadas fuera de contexto”, desde el Gobierno de Kabul no se confirma la existencia de plan alguno para reconstruir las milicias. Por otro lado, el pueblo no olvida la guerra civil entre las múltiples facciones enfrentadas entre sí y teme una repetición de aquellas sangrientas calamidades.

No son pocos los que atribuyen este conflicto a una supuesta división del país en ocho zonas y a la pugna entre los antiguos señores de la guerra y los actuales gobernantes por hacerse con los mejores fragmentos del poder y procurar que los restantes queden en manos de sus fieles y allegados.

El monstruo que con tanta dedicación cuidó y alimentó la CIA, mientras le pareció dócil y útil para sus propósitos, se mueve ya libremente y no parece fácil volver a controlarlo.