Guerras y asesinatos

Siete soldados de la Real Infantería de Marina británica, el cuerpo de élite de la Royal Navy, han sido arrestados la pasada semana, bajo la sospecha de haber incurrido en un delito de asesinato, en un enfrentamiento con insurgentes afganos en la provincia de Helmand en 2011.

El caso ha llamado la atención más de lo habitual porque además se trata de una violación del tácito “código de silencio” vigente entre los combatientes; un soldado, testigo presencial del hecho, denunció que un insurgente había sido abatido de un modo tal que se vulneraron las estrictas “reglas de enfrentamiento”. Estas son las instrucciones concretas que rigen el modo de combatir en cada caso especial y fijan los límites que no deben traspasarse para no violar los convenios internacionales sobre la guerra. En este caso, la denuncia se refería al asesinato de un insurgente que había sido hecho prisionero.

El asunto tiene aun mayor trascendencia porque el simple hecho de su conocimiento público es visto por las autoridades civiles y militares del Reino Unido como un regalo hecho a los talibanes, que lo utilizarán como propaganda para convencer a sus compatriotas de que las tropas de la OTAN desplegadas en su país solo pueden ser consideradas fuerzas enemigas. Por otro lado, el Ministerio de Defensa británico muestra su molestia porque ningún parte oficial dio conocimiento del hecho por el conducto reglamentario, y solo una denuncia privada sacó a la luz el incidente. Un portavoz del ministerio declaró: “La Justicia militar proseguirá las investigaciones. Estos arrestos muestran nuestra determinación para asegurar que los soldados británicos actúen siempre conforme a nuestras reglas de enfrentamiento y normas de actuación”.

La Historia de las guerras registra con precisión y ha analizado exhaustivamente varios factores que coinciden en el caso aquí comentado. El primero es la habitual confabulación entre los combatientes para no ponerse en evidencia unos a otros, sabedores de que la vida de cada uno depende de la coherencia interna del grupo y de su lealtad mutua: “primero, los compañeros de mi pelotón; y después, todo lo demás: los altos jefes, los generales, las leyes, la patria y las soflamas de los políticos”, decía un excombatiente de Vietnam.

En segundo lugar, miles de páginas se han escrito sobre el trato a los prisioneros. Cuando el general Yagüe conquistó Badajoz en agosto de 1936, en su avance hacia Madrid, al ser interrogado por un periodista americano sobre el asesinato de prisioneros a sangre fría, contestó: “Claro que los fusilamos. ¿Suponía que iba a llevar 4000 rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contrarreloj? ¿Suponía que iba a dejarles sueltos a mi espalda…?”. Algunos años después, un oficial británico explicaba el asesinato de prisioneros alemanes durante la 2ª Guerra Mundial, diciendo que no deseaba “desperdiciar soldados utilizándolos para llevar prisioneros a los centros de detención”. Un general estadounidense, antes de iniciar el cruce del Rin, ordenó a sus soldados “no hacer prisioneros”; posteriormente comentó que, si Alemania hubiera triunfado, él habría sido procesado en Nuremberg como criminal de guerra, en vez de los generales alemanes.

Por último, el tercer aspecto que este incidente pone de manifiesto se refiere a una inocultable hipocresía en ministerios, cuarteles generales y altos mandos, que por una parte dictan órdenes, directrices y normativas relacionadas con el cumplimiento estricto de la legislación internacional humanitaria sobre la guerra, y por otra hacen la vista gorda sobre su incumplimiento mientras las operaciones tengan éxito y los medios de comunicación permanezcan ajenos a lo que sucede; pero si en éstos se llega a denunciar alguna acción del todo injustificable, siempre tendrán preparado el comunicado que asegura que “la investigación competente está en marcha”.

Detrás de este complejo problema subyace algo que afecta a la formación de los combatientes. Cuando unos soldados de EE.UU. fueron acusados de asesinar en julio de 1943 a prisioneros enemigos en Sicilia, uno de los procesados citó en su defensa las palabras con que el general Patton les había aleccionado: “Si encontráis enemigos que os están disparando y luego, cuando os ponéis a 200 m de ellos, alzan las manos y quieren rendirse ¡nada! ¡Esos bastardos tienen que morir! Y vosotros tenéis que matarlos. Atravesadlos entre la tercera y la cuarta costilla. Vuestros hombres deben tener el instinto asesino. Nuestros enemigos nos reconocerán como matadores y los matadores son inmortales”.

¿Dónde está la frontera entre el asesinato punible y el combate legal contra un enemigo? Cuando se juzgaba a los soldados de EE.UU. por la abominable matanza de civiles vietnamitas en My Lai, desde los sectores más populistas de EE.UU. se clamaba: “¿Por qué se envían soldados a luchar en Vietnam y luego se les juzga por haber cumplido con su deber?”. ¿Dónde están los límites razonables del deber? Entrando en esos terrenos morales y filosóficos, ni siquiera los capellanes de los credos que supuestamente confortan a los combatientes saben encontrar respuesta: “El soldado cristiano hiere al enemigo en amistad, y en amistad le mata”, profería un clérigo durante la 1ª G.M. Ante tal fantasmal consuelo, no es extraño que algunos jefes aliados resolvieran el asunto declarando que “en tiempos de guerra, los países cristianos dejan de serlo”.