Nuevo poder en Tiflis

Aparte de las numerosas bases militares oficialmente establecidas en muchas partes del mundo (Japón, Corea, Alemania, Baréin, España…), el predominio imperial de EE.UU. se hace sentir también a través de la influencia que ejerce sobre ciertos Estados, cuya máxima aspiración es contar con el beneplácito político de Washington y cuyos Gobiernos se esfuerzan por estrechar lazos con la superpotencia americana.

Uno de esos países, de reducida población (algo más de cuatro millones y medio de habitantes) y pequeña extensión (algo inferior a Castilla-La Mancha), pero de gran importancia geoestratégica es Georgia, donde unas recientes elecciones han producido el cambio de Gobierno. Aparte de ser un acontecimiento histórico, pues es la primera vez que los georgianos deponen en las urnas al Gobierno en ejercicio, el nuevo primer ministro, Bidzina Ivanishvili (conocido como el hombre más rico del país: 6.400 millones de dólares, según Forbes), ha asegurado que su primera visita al extranjero será a EE.UU. y no a Moscú, la ciudad donde a finales de los años noventa se enriqueció en empresas metalúrgicas y bancarias.

Por otro lado, el que ha designado como su futuro ministro de Asuntos Exteriores puntualizó: “Esta es la decisión de los georgianos: integrarse en las organizaciones europeas y euroatlánticas; proseguir y profundizar la colaboración estratégica con EE.UU., que sigue siendo nuestro principal socio; y establecer relaciones con Rusia”. Aclaró la última frase diciendo que uno de los principales objetivos del nuevo Gobierno es la restauración de la integridad territorial de Georgia, algo imposible sin la cooperación de Rusia, que apoyó con las armas y ha reconocido la independencia de las dos provincias georgianas, Abjasia y Osetia del Sur, que se independizaron en 2008.

Aunque Ivanishvili fue acusado de ser “un proyecto del Kremlin” durante la campaña electoral que le enfrentó al presidente Saakashvili, y aunque sus seguidores fueron expulsados al grito de ¡Fuera rusos! de una localidad habitada por los refugiados de las provincias secesionistas, se ha esforzado en mostrar su independencia personal, a pesar de que todo el mundo sabe que los magnates solo prosperan en Rusia si gozan del favor de Putin. Preguntado por sus vinculaciones con Moscú, Ivanishvili respondió recordando que en el último decenio había donado a Georgia 1700 millones de dólares: “Si esto significa que soy un agente del Kremlin, entonces el Kremlin tiene en mí el mejor agente para Georgia”.

Aparte de intentar mantener un delicado equilibrio entre la lejana superpotencia americana y el inmediato vecino ruso, Ivanishvili tendrá que gestionar unos meses de cohabitación al “estilo francés” como jefe de Gobierno, con un presidente, Saakashvili, del partido que pasa ahora a la oposición. Éste concluirá su mandato presidencial en 2013, cuando entrarán en vigor ciertas reformas constitucionales; entonces el Parlamento elegirá un nuevo jefe de Gobierno que asumirá algunos de los poderes ahora atribuidos al presidente.

En Rusia, por otra parte, ha sido bien acogido el triunfo de Ivanishvili, con quien se considera más fácil lograr un buen entendimiento y restablecer las relaciones que quedaron rotas tras el conflicto de 2008. Un portavoz del ministerio ruso de Asuntos Exteriores declaró: “Está claro que la sociedad georgiana ha votado por el cambio. Esperemos que también facilite el comienzo de la normalización y el establecimiento de relaciones constructivas y respetuosas con sus vecinos, lo que sería bienvenido en Rusia”.

No obstante, como se leía en los titulares del New York Times, “el nuevo líder georgiano irrumpe como un enigma”. Hasta que hace un año surgió como figura política de la oposición, Ivanishvili era considerado por los observadores extranjeros como un “oligarca recóndito”, que vivía criando cebras, practicando yoga y disfrutando en sus mansiones privadas de una colección de arte valorada en 1300 millones de dólares. Su inexperiencia política puede costarle disgustos. Nada más saberse ganador de los comicios exigió a Saakashvili que dimitiera en el acto, sin dejarle concluir su periodo presidencial. Admitido el error, tuvo que rectificar.

Esta ingenuidad política es vista con alegría en EE.UU. Un prestigioso analista de una institución política de Washington declaró: “Creo que él es como una página en blanco, políticamente hablando. Tiene un montón de espacios vacíos y está dispuesto a dejar que mucha gente escriba política en ellos. Es un verdadero regalo para EE.UU.” Aunque no para sus vecinos armenios, sobre los que en público preguntó por qué vivían en Georgia tantos de ellos “cuando su patria estaba al lado”, desliz que le obligó a dar inmediatas explicaciones. El analista antes citado concluía así: “Es un novato y tiene su lado bueno y su lado malo. Lo malo es que es imprevisible y dice cosas extravagantes. Lo bueno es que está aprendiendo, se corrige a sí mismo y acepta consejos”. Está por ver si el astuto y hábil georgiano, capaz de labrarse una fortuna en las turbulentas aguas del Moscú postsoviético, no acaba dando sopas con honda a sus consejeros de Washington y plantando cara al vecino de Moscú. No sería la primera vez que ocurre algo parecido.