La guerra olvidada de EE.UU.

Concluía mi comentario de la pasada semana expresando la preocupación que produce el hecho de que la mayor superpotencia militar del planeta sea capaz de desencadenar guerras en cualquier parte del mundo, sin que eso produzca entre sus ciudadanos especial preocupación. Lejos queda ya el profundo movimiento de rebeldía social que surgió como consecuencia de la guerra del Vietnam, que resquebrajó las columnas básicas sobre las que se asentaba el supuesto patriotismo del pueblo, dio al traste con el servicio militar obligatorio y dividió a una sociedad que discutía ásperamente sobre el pretendido papel privilegiado de EE.UU. en el concierto mundial de las naciones, como el nuevo pueblo elegido por Dios para propagar por el mundo la libertad y la democracia.

La guerra se ha alejado hoy del sentir cotidiano de la población de EE.UU., que considera que es algo que corre a cargo de los políticos de Washington, los militares del Pentágono y unos profesionales de las armas que, en no pequeña proporción, se alistan voluntarios en los ejércitos como medio de progresar en la cada vez más empinada escala social norteamericana.

En la campaña electoral presidencial que se abate sobre el sufrido ciudadano estadounidense, a golpe de millones de dólares invertidos en propaganda, apenas se hace mención a la guerra de Afganistán, la más dura a la que ahora se enfrentan las armas de EE.UU. El discurso de aceptación de la candidatura republicana que pronunció Mitt Romney ante la Convención Nacional de su partido contiene 4.086 palabras en su texto original, según el contador de Word. Si con el mismo programa informático se busca en aquél la palabra “Afganistán” ¡no aparece ni una sola vez! Por el contrario, “América” se repite 58 veces. Es fácil deducir que a los votantes republicanos el hecho de que EE.UU. siga combatiendo en Afganistán no parece importarles mucho o, lo que es quizá peor, dejan ciegamente en manos de su candidato a presidente cualquier decisión a tomar en el futuro sobre este asunto.

Obama, por el contrario, no tuvo más remedio que aludir a esa guerra en la que, al fin y al cabo a sus órdenes directas como Comandante en Jefe, siguen muriendo soldados bajo la bandera de las barras y estrellas y, aunque con la boca pequeña, habló del “éxito” alcanzado en ella. Afirmó que se había “frenado” el impulso talibán, sin atreverse a repetir lo que había establecido hace pocos meses como la misión definitiva: “romper” el impulso talibán. Pequeños matices de vocabulario que no engañan sobre la realidad a la que aluden.

Aparte de estas dos importantes alocuciones públicas que les confirman como participantes de la carrera electoral del próximo noviembre, ambos candidatos están de acuerdo en que las tropas estadounidenses deben haber abandonado Afganistán en 2014, pero ninguno se inclina por hacer declaraciones comprometedoras, al hilo de los programas electorales, relacionadas con el papel de EE.UU. como garante supremo de la seguridad internacional, el “policía global” al que Obama aludió hace pocos años.

La guerra afgana y su evidente empantanamiento, así como la dificultad para mostrar al mundo éxitos que incidan en un mayor bienestar de la población nativa que la está sufriendo, no constituyen, pues, materia de enfrentamiento electoral. Algunos periodistas han llegado a sospechar la existencia de una conspiración de silencio entre Obama y Romney para eludir esta cuestión, que no parece suscitar interés suficiente entre el electorado como para convertirla en asunto decisivo.

Por otra parte, sería razonable que hubiera surgido una inquietud entre la clase política sobre cuál será el futuro de Afganistán cuando las tropas aliadas abandonen un país en construcción, agrietado por fisuras étnicas y sociales, e inundado por una corrupción sin freno. Sobre todo, después de los esfuerzos y sacrificios que esta aventura bélica ha supuesto para el pueblo que ha puesto el “escenario” de la acción en sus ciudades, pueblos y campos.

La agencia estadounidense The Associated Press ha dado en llamar a la guerra afgana “La guerra olvidada de los americanos”. De todos modos, la percepción global de la capacidad de EE.UU. para regular la seguridad internacional ha cambiado radicalmente. Las guerras tecnológicas, los robots y los drones, y las unidades de operaciones especiales y clandestinas han dejado atrás la vieja imagen de un general Patton al mando de sus divisiones acorazadas, liberando de la ocupación nazi las poblaciones italianas o francesas, aunque en ellas no hubiera petróleo ni otros recursos naturales valiosos. Esta evolución parece irreversible y tanto EE.UU. como el resto del mundo habrán de irse adaptando a unos nuevos modos de hacer la guerra contra enemigos fluctuantes e imprecisos, frente a los que las viejas tácticas y estrategias poco pueden ya lograr y que los electores prefieren ignorar.