Afganistán: ¿repliegue acelerado?

El presidente Obama, y con él las personas y entidades que constituyen el Gobierno de EE.UU., tiene ahora un objetivo fundamental que va a modular la política interior y exterior del país durante estos meses: ganar las elecciones presidenciales de noviembre. Esto lo saben tanto los ciudadanos estadounidenses, por lo mucho que a ellos les afecta, como los gobernantes extranjeros que, desde distintas capitales, pugnan por sus respectivos intereses. Desde Teherán hasta Pionyang, y desde Moscú hasta Wellington, se observa con el rabillo del ojo a la Casa Blanca, y el factor electoral norteamericano se combina con todos los demás antes de tomar decisiones.

Una decisión adoptada precisamente en Wellington, de poca trascendencia pero bastante significativa, sirve para tomar el pulso al encenagado conflicto afgano: Nueva Zelanda ha decidido retirar sus 140 soldados desplegados en el país asiático, siguiendo el rumbo ya marcado por coreanos y franceses. Esta retirada ha tenido poco eco en los medios de comunicación, pues se ha realizado sin ostentación y, dada la pequeña entidad del contingente, apenas afecta a las operaciones que allí se llevan a cabo. Pero no son pocos los analistas de esta guerra que se atreven a vaticinar que, tras la cita electoral, EE.UU. pasará a ser “la Nueva Zelanda de las grandes potencias” y sospechan que el Pentágono no tardará en acuñar una nueva palabra mágica, “repliegue acelerado”, que dé al traste con los planes de retirada de las tropas de combate a finales de 2014, anticipándola en unos cuantos meses.

Sabido es que, tras la retirada de las unidades de combate, en las numerosas bases construidas en Afganistán por EE.UU. quedarán varios miles de instructores y consejeros militares, así como tropas de operaciones especiales para combatir la insurgencia, además del correspondiente apoyo aéreo (aviones, helicópteros y drones), indispensable para las operaciones terrestres. La finalidad remota de todo esto, que según el tratado vigente entre Washington y Kabul estará en vigor al menos hasta el año 2020, es organizar y reforzar el ejército y las fuerzas de seguridad afganas para que lleguen a funcionar de modo autónomo.

Aquí es precisamente donde se plantea un problema de difícil solución: ¿cómo van a esforzarse los instructores y consejeros aliados por adiestrar al personal afgano, si entre éstos se puede ocultar en cualquier momento el aspirante a soldado o policía que descargue su arma contra quien le está instruyendo? Durante el año en curso se ha producido una treintena de incidentes de este tipo, y 40 soldados aliados han sido asesinados por los afganos para quienes estaban trabajando, justo el doble que el año pasado, lo que señala una peligrosa tendencia. Solo las bombas de los talibanes han causado más víctimas en ese periodo.

Las normas de protección establecidas para evitar estos atentados parecen no servir de mucho; el ejército británico, por ejemplo, obliga a que, en cada grupo de trabajo, un soldado permanezca alerta con el arma siempre lista ¡incluso a la hora del té! (Se le llama “el ángel de la guarda” y todos los ejércitos aliados recurren a medidas de protección similares). Si se tiene en cuenta que el homicida es casi siempre abatido en el acto, el profundo odio suicida que revelan estas acciones empieza a calar en las tropas aliadas, por mucho que los mandos insistan en que se trata de casos aislados, producto muchas veces de malentendidos originados por diferencias culturales o simples rencillas personales.

Estos incidentes demuestran algo más grave: las tropas de ocupación son vistas como eso, ocupantes; no como benevolentes aliados que se esfuerzan por mejorar el bienestar la población. Parece como si el ancestral odio de los afganos hacia todo invasor extranjero, que la Historia confirma inapelablemente, estuviera alcanzando un nivel crítico que obligaría a reconsiderar los planes aliados. El asunto no es difícil de entender: bastaría con que los occidentales imagináramos cómo reaccionarían nuestros pueblos si fuésemos ocupados militarmente por ejércitos chinos, rusos o iraníes, que se empeñaran en ayudarnos, incluso contra nuestros deseos, en imponernos los candidatos políticos por ellos preferidos y en controlar todas nuestras actividades públicas, registrando de madrugada nuestros domicilios y deteniendo a los que parecieran sospechosos de ser resistentes. ¿Tan difícil es ponerse en el lugar de los afganos?

Empieza a crecer en EE.UU. la opinión de que quienes en 2001 fueron recibidos con entusiasmo por el pueblo afgano son considerados en 2012 unos intrusos molestos que se desea perder de vista. En esas circunstancias, el apoyo político a la continuación de la guerra se reduce aceleradamente y, finalizada la campaña electoral, es casi seguro que en Washington habrá decisiones al respecto, sea cual sea el resultado de los comicios.

Resulta pues, razonable y aun aconsejable, que los Gobiernos de países que, como España, colaboran en las operaciones afganas, en las que, además, apenas hay intereses nacionales en juego, permanezcan atentos a los más leves síntomas que en Washington anuncien un nuevo cambio de planes, que solo podrán significar el ya intuido “repliegue acelerado”. Que “los últimos de Filipinas” no se conviertan ahora en los últimos de Afganistán.