La sinfonía que silenció a la artillería

Se ha cumplido por estos días (el 9 de agosto) el 70º aniversario de un curioso e irrepetible fenómeno bélico-musical poco conocido en España. El contexto en el que se produjo explica en cierta forma tal desconocimiento: el sitio de Leningrado (hoy San Petersburgo) por los ejércitos de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. En general, en los países occidentales, y muy especialmente en España (que por entonces se situó política y militarmente en la órbita de Berlín), casi todo lo referido a la gigantesca contienda que, en la Europa Oriental, libraron los ejércitos soviéticos para rechazar y luego derrotar a los invasores nazis fue eclipsado por los prolongados efectos de la Guerra Fría y por la aplastante mitología literaria y cinematográfica, procedente del otro lado del Atlántico, que atribuía sistemáticamente a los victoriosos soldados de EEUU el esfuerzo principal en la derrota de Alemania.

El sitio de Leningrado ha pasado a formar parte de la más terrible historia de las guerras y de los pueblos que sufren sus devastadoras consecuencias. Desde los primeros días de septiembre de 1941 hasta enero de 1944, durante casi 900 días de asedio, los cerca de tres millones de ciudadanos leningradenses fueron sometidos a extremos de sufrimiento hoy inconcebibles. Cuando se liberó la ciudad, apenas quedaban en ella 700.000 habitantes; cerca de un millón y medio habían muerto de extenuación, hambre y frío, mientras otros habían podido ser evacuados. Se trata de cifras estimadas, ya que no existen datos exactos.

Entre los evacuados estaba el ya entonces conocido compositor Dimitri Shostakovich, que durante el principio del asedio había completado los tres primeros movimientos de su luego famosa 7ª Sinfonía “Leningrado”. Cuando fue evacuado y se estableció a orillas del Volga, en la actual Samara (entonces Kuibisheb), pudo completar la que sería luego la más famosa sinfonía concebida y creada bajo el fragor de las bombas, el horror de la muerte y la desesperación del hambre obsesiva de toda una población.

Aunque la sinfonía se estrenó oficialmente en marzo de 1942 en Samara, la capital temporal de la URSS mientras Moscú estaba amenazada por el ejército invasor, el verdadero estreno tuvo lugar unos meses después en la asediada Leningrado, el 9 de agosto de 1942, hace ahora setenta años. La partitura completa había sido enviada a la ciudad a bordo de una avioneta.

La reputada Orquesta Filarmónica de Leningrado había desaparecido, evacuada o diezmada por el bombardeo. Solo quedaba la más reducida Orquesta de la Radio de Leningrado, la emisora local que sostuvo la moral de la población gracias a unos esforzados locutores que leían las noticias envueltos en abrigos y bufandas y con los guantes puestos, difundiendo los avisos sobre alarmas aéreas y sobre los gramos de pan disponibles cada día para los sufridos ciudadanos.

La larga sinfonía, de casi 80 minutos de duración y con una gran carga emocional, exige todavía hoy una enorme entrega, física y espiritual, en los ejecutantes. Durante los ensayos, muchos de ellos desfallecían, extenuados e insomnes. Solo quedaban 15 profesores de la orquesta titular; se convocó a todos los músicos disponibles en la ciudad para cubrir las bajas. El director, Karl Eliasberg, exigía la asistencia a los ensayos aunque los familiares de los músicos estuvieran al borde de la muerte.

La víspera del estreno, el ejército soviético sometió a los alemanes a un intenso fuego de contrabatería. De este modo, cuando se inició el concierto, el frente estaba silencioso. Se habían instalado unos grandes altavoces dirigidos hacia las posiciones enemigas, para retransmitirlo. El pueblo de Leningrado escuchó con reverencia lo que la mente del compositor había trasladado a la partitura y se sintieron emocionadamente reflejados y comprendidos por lo que estaban escuchando.

Las crónicas narran que, cuando Eliasberg bajó la batuta, ni un solo disparó partió desde las líneas alemanas. El más estremecedor silenció perduró durante unos intensos minutos. La sinfonía había acallado momentáneamente a la artillería de los sitiadores, que todavía seguiría arrojando sobre la ciudad su mortífero fuego durante los largos meses que duró el asedio.

Sirva este recuerdo de una efeméride irrepetible para evocar las íntimas cualidades pacificadoras de la música. Poco tuvo esto que ver con la conocida confraternización navideña entre enemigos, que se produjo en las trincheras europeas el 24 de diciembre de 1914, donde la música solo tuvo un papel secundario. Y sin olvidar, por supuesto, las cualidades belicosas y excitantes de algunas vibrantes marchas militares, concebidas para sublimar el ardor guerrero de los combatientes. En el pintoresco cementerio moscovita de Novodevichi, una pequeña tumba ilustrada con un pentagrama, siempre adornada con flores, recuerda al genio musical cuya sinfonía fue capaz de silenciar a la poderosa artillería de los ejércitos alemanes.