Las bombas nucleares son para el verano

Los calores del verano, al menos en el hemisferio boreal, están históricamente vinculados a los dos enormes hongos atómicos que en agosto de 1945 se alzaron sobre la tierra japonesa, aniquilaron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, y pusieron fin definitivo a la Segunda Guerra Mundial, que en Europa había concluido tres meses antes. Pero, a la vez que se cerraba el más sangriento conflicto bélico que jamás había conocido la humanidad, se iniciaba la llamada era nuclear, cuya especial característica era el enorme poder destructivo de un nuevo explosivo que no se basaba en las habituales reacciones químicas, sino que se servía de la enorme energía almacenada en las partículas elementales de la materia.

Su peculiaridad más notable era la capacidad para aniquilar el planeta entero, si se utilizaban armas nucleares en número suficiente. Éstas pusieron entonces en manos de los seres humanos la posibilidad de destruirse a sí mismos en un breve plazo de tiempo, lo que hasta entonces había sido sencillamente imposible. Sobre esa capacidad, y en función del enfrentamiento entre las dos superpotencias que surgieron al concluir la 2ª G.M., las armas nucleares pasaron a englobarse en las estrategias y tácticas de los ejércitos en todos los Estados. Hasta en las academias militares de países que, como España, estaban muy lejos de pertenecer al privilegiado club nuclear, se estudiaba el uso de las armas nucleares en el campo de batalla, del mismo modo que en anteriores épocas se había asumido el empleo de los carros de combate, reemplazando a la vieja caballería de sangre, o las tácticas de apoyo aéreo al combate terrestre. Para los ejércitos de todo el mundo, el arma nuclear era eso: un arma más, una innovación que había que esforzarse por utilizar mejor y con más eficacia que el posible enemigo.

En la teoría de la disuasión, lo nuclear generó nuevos conceptos, a cual más absurdo. La “destrucción mutua asegurada” era la teoría estratégica que nos llegaba de EE.UU. y preconizaba la posibilidad de un intercambio apocalíptico de destrucción y muerte, que fue lo que sostuvo la Guerra Fría, siempre al borde del desequilibrio fatal. Mientras allí proliferaban los refugios nucleares domésticos, organizados en los sótanos de las viviendas, lo que produjo buenos beneficios a los avispados constructores que supieron aprovechar el miedo generalizado de la población (sin contar con la enorme expansión del complejo militar-industrial, basada en una posible guerra nuclear), los españoles se limitaban a mirar de reojo y con desconfianza a las bases estadounidenses en nuestro territorio, previsibles objetivos de las armas soviéticas el día en que se desencadenara lo impensable.

Cuesta ahora recordar el tenso ambiente de aquellos años, las campañas contra los euromisiles, contra los submarinos nucleares, etc., que hicieron salir a la calle a muchos ciudadanos europeos. Es como si el fin de la Guerra Fría hubiera enterrado para siempre el temor a la guerra nuclear. Lo nuclear parece haberse desmilitarizado: solo aparece en los medios de comunicación cuando alguna central causa una catástrofe, cuando se plantea qué hacer con los residuos o se analizan los problemas del suministro energético para los países que aumentan su demanda.

Incluso, para mayor desconcierto de la opinión pública, las armas nucleares de las que se habla con más insistencia son unas que no existen: las de Irán. Sin embargo, según datos actualizados en mayo del presente año, en nueve países del hemisferio boreal existen unas 19.000 armas nucleares cuya finalidad no es otra que hacer la guerra o disuadir a un enemigo de iniciarla. Las cifras no se conocen con exactitud, como es natural, pero siguen revelando una enorme capacidad de destrucción, no siempre debidamente controlada.

Entre EE.UU. y Rusia suman unas 18.000 armas, a las que hay que sumar las más de 700 que poseen en conjunto China, Francia y el Reino Unido, miembros permanentes, los cinco, del Consejo de Seguridad de la ONU; quedan, pues, entre 200 y 250 en manos de países que no inspiran mucha confianza al resto de la humanidad. Un centenar de ellas están en Pakistán, y en cifras algo inferiores existen respectivamente en Israel e India; en torno a una decena se sospecha que forman el arsenal de Corea del Norte, que está desarrollando misiles de largo alcance que podrían dispararlas. India y Pakistán mantienen una inestable relación mutua; además, si aquélla mira con recelo a China, su incómodo vecino septentrional, la tortuosa vinculación de Pakistán con Al Qaeda y los talibanes da también motivos de desconfianza. ¿Y por qué Israel mantiene una anómala situación y se niega a firmar el Tratado de no proliferación?

Las armas nucleares siguen presentes y entre algunos de los Estados que las poseen brotan y rebrotan motivos de conflicto. Además, muchos grupos no estatales reivindican opciones políticas, religiosas o económicas a las que una amenaza nuclear dotaría de especial gravedad. Una vez más, es preciso recordar que el único modo de vencer el peligro de las armas nucleares es su eliminación definitiva; no solo las supuestas armas iraníes, sino todas las demás. En un mundo sometido a tensiones por rivalidades de todo tipo, ningún Gobierno es enteramente fiable en este asunto, no solo el de Teherán. Se necesitan pasos firmes y concretos hacia el desarme nuclear absoluto, no solo palabras y promesas que no se cumplen.