Los nuevos jeroglíficos egipcios

No es fácil comentar la situación creada en Egipto tras el nombramiento del primer presidente elegido en las urnas por su pueblo. Convendría empezar aclarando que, contra lo expuesto con cierta ligereza por bastantes informadores, no se trata del primer presidente “democrático”, aunque su nombramiento, tras un proceso electoral aparentemente correcto, ponga fin a una lista de seis décadas de dictadores militares. Tampoco conviene anunciar con exagerado optimismo que Egipto ha iniciado el camino hacia la democracia, porque concurren en ese país circunstancias de gran complejidad y difícil evaluación, que obligan a utilizar la palabra “democracia” con mucha precaución, como se verá enseguida.

Es obvio recordar que elecciones libres no equivalen a democracia, puesto que son necesarios otros aspectos complementarios. Hay incluso factores que nada tienen que ver con la mecánica de un proceso electoral y que llegan a distorsionar hasta el sentido mismo de la expresión “elecciones libres”. ¿Son elecciones verdaderamente libres las que, como en el caso aquí comentado, solo plantean una limitada disyuntiva? Por otra parte, ¿se es libre cuando se vota desde la miseria, presionado por el hambre y las privaciones? ¿O cuando se vota forzado por la religión, el entorno social o el abrumador peso de un antidemocrático pasado inmediato?

Dejando de lado estas disquisiciones secundarias, los vectores que ahora han quedado de manifiesto en Egipto conforman un sistema de fuerzas de impredecible evolución. Intentaré señalar algunas de ellas. En primer lugar, Mohamed Morsi, protagonista, al menos por ahora, de la situación política, tiene varios frentes abiertos. El primero, muy cercano, casi íntimo: el de sus compañeros de partido que, alborozados por un triunfo tantas veces soñado, rechazan cualquier contemporización y exigen al nuevo presidente que empiece a dar los pasos que habrán de conducir a la nueva sociedad islámica propugnada desde siempre por los Hermanos Musulmanes.

El segundo frente, también próximo, es el del Ejército que, aunque ceda el poder presidencial en la fecha prevista, sigue conservando en sus manos las palancas más eficaces para la configuración de la nueva Constitución. La reciente disolución del Parlamento, la atribución de nuevos poderes a las Fuerzas Armadas, aparte del peso acumulado por éstas durante muchos años en importantes sectores de la sociedad egipcia, así como la amarga sensación que experimentan algunos mandos militares por entregar el poder a quienes han sido sus inveterados enemigos, son factores capaces de crear todavía serios conflictos interiores.

Un tercer frente, también interior, es el de quienes, participantes iniciales en las revueltas populares que derribaron el anterior régimen, lo hicieron desde presupuestos laicos y modernizantes, y temen una islamización de la sociedad, que no desean aceptar de buen grado y que perciben como el retorno a un pasado rechazable.

Pero no basta observar dentro de las fronteras egipcias para hallar factores de incertidumbre. Hay un vector dirigido hacia EE.UU., el principal y tradicional aliado militar de Egipto, porque este país juega un importante papel en la política imperial de Washington; política que también concierne directamente a Israel, Turquía e Irán. Siria y los países de la “primavera árabe”, son otros tantos vectores que también pesan en lo que en El Cairo se vaya decidiendo.

Que Obama se haya permitido aconsejar políticamente al nuevo presidente en su primer contacto con él -lo que evidentemente no haría con Putin ni con los más prestigiosos dirigentes de la Unión Europea- muestra su inquietud por la evolución de la situación en Egipto y por su repercusión en la campaña electoral en la que ya está sumido. Las relaciones de Egipto con Israel e Irán van a pasar por la Casa Blanca, mal que les pese a los Hermanos. Encontrarse en la disyuntiva de elegir entre Jerusalén y El Cairo es lo que menos puede desear Obama cuando sus compatriotas vayan a las urnas el próximo mes de noviembre.

El vector turco cuenta también, y mucho. El ejemplo de su régimen islámico moderado, como alternativa a Al Qaeda y sus derivados, satisface a EE.UU. y disgusta a los Hermanos Musulmanes, cuya tradicional política hacia Israel molesta, a su vez, tanto a EE.UU. como a Turquía. Y en este catálogo de actores vinculados, más o menos estrechamente, con la nueva situación en Egipto, no hay que olvidar la presencia de la medieval tiranía saudí y de los reyezuelos petrolíferos del Golfo Pérsico, a los que la “primavera árabe” causa pesadillas pero cuyo poder económico, abierto o furtivo, les permite influir en todo lo que se desarrolla en el mundo musulmán, desde el Atlántico hasta Filipinas.

Con tantas variables, y tan complejas, no existe fórmula alguna que pueda resolver este enrevesado problema. Ni ciencia política que posea los principios y teorías que permitan predecir la evolución de la situación. Así pues, permanezca el lector atento, porque el país de los faraones está presentando al mundo nuevos jeroglíficos de no fácil interpretación.