El bombardeo de Benigalup

Reproduzco a continuación un fragmento extraído de la página de sucesos del diario local “El Heraldo de la Penibética”:

En una oficina de la Caja Rural del Veleta, sita en Benigalup de la Frontera, poco antes del cierre de mediodía penetraron tres atracadores enmascarados. A punta de pistola encerraron en una oficina interior a una veintena de clientes y empleados. Un paseante percibió que algo raro ocurría en el local y llamó al teléfono de emergencias. Un vehículo de la Guardia Civil acudió en pocos minutos y su dotación bloqueó la salida de la sucursal a la vez que solicitaba el envío de refuerzos. A través de un altavoz, un agente de la autoridad conminó a los atracadores a liberar a los rehenes, entre los que había mujeres y niños, y a entregarse sin más dilación.

Sin previo aviso, unos disparos procedentes de la sucursal hirieron a un guardia civil. Lo que a partir de ese momento se desencadenó ha provocado un escándalo nacional. Identificados los atracadores como terroristas, las autoridades civiles pidieron ayuda al Ministerio de Defensa y poco tiempo después un cazabombardero de la base de Rota lanzó dos bombas tipo GBU-38 sobre el edificio, que quedó arrasado. Los tres pistoleros murieron. Un portavoz de Defensa declaró que “el incidente había sido resuelto eficazmente” y que todos los muertos eran “presuntos terroristas”. La oficina de prensa difundió un comunicado indicando que “al efectuar una valoración in situ de la operación se descubrió la presencia de dos mujeres heridas, no de gravedad, que fueron rápidamente evacuadas por los servicios hospitalarios de emergencia. Se ha iniciado una investigación para confirmar los rumores de que otras personas han fallecido en el incidente”.

No tardó mucho en saberse que habían muerto siete mujeres, cuatro niños y un abogado sevillano que estaba de paso. Cundió la indignación. Ante el Ayuntamiento y el cuartel de la Guardia Civil se arremolinaron los familiares de las víctimas, exigiendo responsabilidades. Al día siguiente, mientras las televisiones de todo el país transmitían los trabajos de salvamento entre las ruinas, el presidente del Gobierno, en una rueda de prensa, afirmó: “No se pueden tolerar estas acciones. Nada puede justificar un ataque aéreo que daña la vida y las propiedades de los ciudadanos”.

El Jefe del Estado Mayor de la Defensa acudió a las exequias fúnebres por los fallecidos y ofreció disculpas. Tanto en Defensa como en Interior rodaron algunas cabezas. El Congreso pidió comparecencias urgentes de las autoridades responsables y se concedieron generosas compensaciones económicas a los perjudicados. Se iniciaron colectas para construir un monumento en recuerdo de las víctimas. Justo una semana después, a la misma hora del bombardeo, las campanas de todos los pueblos de España tañeron al unísono y en el Congreso se guardó un minuto de silencio.

Aquí termina la noticia. Es evidente que, avanzada la lectura, enseguida se advierte su flagrante inverosimilitud. Esto nunca puede pasar en España, ni tampoco en la mayoría de los países próximos a nosotros, se dirá el lector, aliviado y pensando que se trata de una estúpida broma fuera de temporada. Broma que me he permitido adaptar a nuestro país y a nuestro idioma, pero cuya originalidad debo reconocer pertenece a Tom Engelhardt, el incansable analista de Tom Dispatch.

La cruda realidad es que algo muy similar a lo antes descrito sí ha ocurrido hace poco tiempo, pero en Afganistán. Lo describió desde Kabul, en el diario The Denver Post, la periodista Heidi Vogt. Lo que en cualquier país occidental hubiera ocasionado un escándalo de incalculables dimensiones y muy graves repercusiones, nos pasa casi desapercibido solo porque ocurre en Afganistán; y porque incidentes de este tipo vienen repitiéndose desde que, en diciembre de 2001, más de un centenar de afganos asistentes a una boda fueron aniquilados por las bombas guiadas de precisión, lanzadas por bombarderos estadounidenses.

Han sido numerosos los ataques sufridos desde entonces por ciudadanos afganos que, en bodas, funerales y otras ceremonias celebraban algo que nada tenía que ver con la guerra contra el terror que las potencias occidentales libran en su país. Las víctimas colaterales, como en el imaginario Benigalup, suelen carecer de interés estratégico para los audaces guerreros del antiterrorismo. Es más: solo son un necesario subproducto de errores fatalmente acumulados en su contra: un arma de quirúrgica precisión recibe datos erróneos o un analista de información confunde con un lanzamisiles el tomavistas de un invitado que está grabando la boda. Son las inevitables consecuencias de cualquier guerra. ¿No ardió Troya aunque sus sufridos ciudadanos nada tuvieran que ver con el rapto de Helena? ¿Qué son, pues, esas minucias en el fervoroso ambiente bélico con el que hoy muchos de nuestros dirigentes políticos se esfuerzan en combatir la lacra universal del terrorismo?