Obama y el rayo de Júpiter

Aludí la semana pasada a la influencia que en la política internacional de EE.UU. empezaba a ejercer un nuevo modo de hacer la guerra que está cobrando importancia bajo la presidencia de Obama: el que se basa en el empleo de aviones no tripulados y fuerzas de operaciones especiales. Pero los efectos de esta innovación no se limitan al terreno militar y todo parece indicar que están incidiendo de modo más peligroso en la Casa Blanca que en el Pentágono.

El pasado 29 de mayo, The New York Times (TNYT) publicó un impactante y extenso artículo cuyo título revelaba el núcleo de su contenido: Secret ‘Kill List” Proves a Test of Obama’s Principles and Will (es decir: “La lista secreta de muertes pone a prueba los principios y la voluntad de Obama”). El documentado trabajo venía a revelar que era el propio presidente el que decidía personalmente quiénes eran las personas a eliminar mediante ataques con misiles Hellfire disparados desde aviones teledirigidos. Unas fichas resumen de cada posible objetivo, recopiladas por los servicios de inteligencia, ponían en sus manos los datos esenciales y dejaban a su arbitrio la decisión final: matar o no matar.

El asesor de seguridad nacional confirmó el hecho de que es Obama en persona el que decide: “Se ha propuesto ser él quien determine el alcance de esas operaciones [ataques con aviones no tripulados]. Opina que él es el responsable del lugar que ocupa EE.UU. en el mundo y está decidido a tener las riendas en su mano”. Las que en pasadas épocas eran operaciones de kill or capture (matar o apresar) se han convertido en asesinatos directos de aquellos a los que Obama designa como enemigos a destruir.

Si este endurecimiento de Obama tiene algo que ver con la campaña electoral en la que ya está inmerso, y en la que la reciedumbre del Comandante en Jefe es para muchos compatriotas un tanto a su favor, el caso es que numerosas voces se han alzado contra un modo de operar que ignora la “transparencia” prometida durante la campaña electoral que le llevó a la presidencia. Un anterior director de la CIA, partidario de la línea dura adoptada por Obama, declaró a TNYT que todo secreto implica costes, pero que la estrategia de Obama debería abrirse al escrutinio público: “Este programa se apoya en la legitimidad personal del presidente, lo que no es aceptable. He trabajado con alguien [Bush] que tomaba las decisiones basándose en informes secretos de su asesoría legal, lo que nos ponía en situaciones difíciles. Las democracias no hacen la guerra basándose en documentos legales guardados en una caja fuerte del Departamento de Justicia”.

Pero hay algo de más gravedad en este asunto. El público no se hubiera enterado de todo esto a través de un diario de gran tirada, si no fuera por una filtración supuestamente facilitada desde la Casa Blanca, donde se cree que la imagen de un presidente decidido a recurrir a todos los medios para ganar la guerra contra el terror aumentará su tirón electoral. En la misma línea está la difusión, procedente de fuentes oficiales, de que fue Obama el que ordenó atacar el sistema informático de las centrifugadoras iraníes, lo que se consideró una acción de ciberguerra que le hizo ser visto por sus compatriotas como un decidido defensor de la patria frente al eje del mal. El senador McCain, anterior candidato a la presidencia, acusó a Obama de poner en peligro la seguridad nacional revelando esos datos “para reforzar sus ambiciones electorales”.

Por otra parte, el Gobierno de Obama ha resucitado una vieja ley antiespionaje de la Primera Guerra Mundial, aplicándola en seis ocasiones contra funcionarios o periodistas que revelaron actividades ilegales, como el uso del waterboarding (simulación de ahogamiento) para obtener información de los prisioneros. En toda la Historia de EE.UU. antes de Obama, esta ley solo se aplicó tres veces. La práctica de filtrar lo que favorece y perseguir y hostigar a quien difunde una verdad incómoda no habla mucho en favor de la democracia de EE.UU. ni del Presidente que prometió “cambiar las cosas”.

“Obama no ha dado marcha atrás a lo que hizo Bush, sino que ha ido mucho más allá. Pero ha sabido envolverlo en un paquete más atractivo”, comentó un escritor estadounidense, especializado en asuntos de seguridad. Por otro lado, en la revista Foreign Policy, un alto funcionario experto en Oriente Medio escribió: “Barack Obama se ha convertido en un George W. Bush que toma esteroides”. Para Peter Van Buren, veterano funcionario del Departamento de Estado “esta es la simple realidad del momento: el presidente se ha declarado por encima de la ley (junto con sus asesores y los que ejecutan sus órdenes), tanto moral como legal. Él solo es quien decide quién vivirá y quien morirá bajo los aviones no tripulados, él es quien recompensará a los medios favorables con información privilegiada o aplastará a los periodistas que le molestan a él o a sus colegas. Lo peor de todo: él será el único que decida lo que está bien y lo que está mal”.

Así se ha transfigurado Obama, Premio Nobel de la Paz, el que prometió cerrar Guantánamo, mejorar sus relaciones con el mundo islámico y volver a encender el faro de la libertad y el respeto a los derechos humanos. En vez de eso, los drones han puesto en sus manos el rayo de Júpiter y se complace en utilizarlo según le convenga.