Canciones, televisión y política

Está a la vuelta de la esquina, guste o no, ese bochornoso residuo de ciertos nacionalismos vergonzantes que es el llamado Festival de la Canción de Eurovisión. Con él, algunos Gobiernos de los países participantes intentan enfervorizar a sus pueblos con un triunfo obtenido en ese mercadeo de votos en que se convirtió hace ya años semejante engendro musical. Cuando en la última edición, celebrada el año pasado en Dusseldorf, un dúo azerbaiyano se alzó con el triunfo, Bakú se convirtió en la sede del festejo para el año 2012, a celebrar este fin de semana.

Si el concurso apenas sirve para valorar, en sentido musical y artístico, las aportaciones de los concursantes, sí se convierte en un resplandeciente foco de atención internacional, dada su innegable repercusión televisiva. En nuestra era, la política se desarrolla sobre todo ante las cámaras (recuérdese el reciente paseo fluvial de Rajoy y Merkel, inmortalizado como simple imagen y desdeñando todo lo demás), y es posible que esto contribuya a su paulatino descrédito. La información televisual resalta la frase resonante, la expresión y el acento rotundos, y esa cualidad de “dar bien ante la cámara”, que se exige y se valora en los personajes públicos, aunque sean incapaces de encadenar dos argumentos inteligibles.

Una política que se desarrolla esencialmente en la televisión, en entrevistas, tertulias o comparecencias electorales, se ve forzada a eludir las razones bien elaboradas (¡qué pesadez!), la discusión sobre los matices inevitables en todas las cuestiones (¡para qué entrar en detalles!) y el tono razonado de quien dialoga pausadamente (¡duerme a la audiencia!), y sobrevalorará al energúmeno solo capaz de emitir juicios primarios pero contundentes.

Así pues, la política también ha llegado a Bakú, dado el carácter eminentemente televisual del acontecimiento. Desde que se supo su designación como sede del festival, los activistas azerbaiyanos de derechos humanos se organizaron para aprovechar el brillante foco que se proyectaría sobre su país y organizaron una campaña con el nombre de “Cantar por la democracia”. Esperaban, además, que el Gobierno, consciente de la repercusión de la cita musical, abriría algo la mano en lo relativo a los derechos humanos y la libertad de expresión. Nada más lejos de la realidad; el coordinador de la campaña aseguró hace unos días: “No solo no se ha producido ninguna mejora, sino que los abusos han aumentado lamentablemente”.

Desde el Gobierno se les tacha de antipatriotas y se les acusa de mancillar el nombre del país. Se atribuye la campaña a la intervención extranjera y a sus contactos con la oposición. Sin embargo, salen a la luz casos de claro hostigamiento a las organizaciones defensoras de los derechos humanos, como el Instituto por la Paz y la Democracia, y a numerosos periodistas. Esto atrajo la atención de Human Rigths Watch (HRW), que el pasado 3 de mayo publicó un informe, describiendo el “abismalmente negativo nivel de la libertad de expresión” existente en el país.

La portavoz de HRW declaró: “Las emisoras europeas de televisión no podrían desarrollar su tarea en Europa sin libertad de expresión. Pero en Azerbaiyán, ésta no existe. La Unión Europea de Radiotelevisión (UER) [organizadora del evento] tiene ahora una oportunidad de defender los valores que hacen posible la libertad en Europa. Es el momento de anunciar que la libertad de expresión es algo importante”. Amnistía Internacional se unió a la demanda: “En los últimos meses, periodistas y defensores de los derechos humanos han sido amenazados, hostigados y golpeados por funcionarios estatales hasta quedar inconscientes. A pesar de eso, la UER colabora con las autoridades del país. Esta supuesta defensora de las libertades ha sido incapaz de interceder por los periodistas azerbaiyanos y proteger los valores que dice sustentar”.

Cuando caiga el telón del festival, sea cualquiera el país que se haga con el trofeo, los espectadores de este banal producto televisivo harían bien en recordar el comentario del coordinador de la citada campaña: “El Gobierno tolera ‘Cantar por la democracia’ solo por la presión de los medios internacionales. En cuanto acabe Eurovisión, empezará a aplicar duras medidas contra los opositores, para comenzar el año 2013 sin preocupaciones. No desea que en un año electoral [con elecciones presidenciales] se planteen problemas sobre los derechos humanos”.

No se puede separar por la fuerza a la política de otras actividades sociales (sean festivales musicales o futbolísticos) cuando el pleno ejercicio de la democracia está restringido por las limitaciones arbitrarias impuestas a la libertad de expresión o por la vulneración de los derechos humanos. Si con violencia se expulsa a la política por la puerta, entrará de nuevo por la ventana.